Duni: el cine, el mito y el hombre

No hay un cine tan necesario en este momento como el de Duni, ni un cine tan invisible en el pasado como el mismo. Sus películas son reflejo de esa realidad turbada y negada en Colombia, y su vida es una epopeya que raya a veces con la ficción, y es sustentada en el testimonio de sus pupilos y amigos, que, tras su muerte, reconstruyen su aporte al cine de un país sin aparente interés en él.

 

Finalizaba la década del 60 cuando Dunav Kuzmanich –o Duni– trabajaba en la producción del noticiero “Chile en marcha”, el cual se grababa en formato cine y se proyectaba cada semana en teatros antes del inicio de las películas del momento. En este noticiero quedó registrado ese país en tránsito hacia la unidad popular, que luego sería gobierno con Salvador Allende. Durante esta época, Duni terminó trabajando en el Ministerio de Comunicaciones, luego de su experiencia en varias producciones televisivas y cinematográficas.

Pero pronto estalló la tragedia que acabó con el proyecto democrático de Allende y con la vida de miles de personas que le apostaron a este, y que cambió también la de otros miles, que en el exilio tuvieron que dejar lo que hacían en su país. Sin embargo, aunque el destino de Duni cambiaría de patria, continuó por los caminos del cine. Después del golpe de Pinochet, Duni fue capturado en Antofagasta por agentes de la DINA, pero afortunadamente consiguió que diplomáticos cercanos a amigos intercedieran por él, y así terminaría por aterrizar en Colombia para el año de 1974.

Este otro país del sur no era extraño para él. Conocía parte de su historia, gracias a su amistad con el escritor y director Pepe Sánchez. Ambos habían participado anteriormente, en 1965, del rodaje de “Riochiquito”, el emblemático documental de Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel que retrató aquel germen de resistencia de las autodefensas campesinas en territorios autónomos, que darían paso a las guerrillas colombianas como las conocemos. Durante este rodaje, Duni asistió la realización, y desde entonces se interesó por el perfil de estos hombres que tomaron las armas, pero específicamente quien llamaba su atención era la figura del guerrillero liberal de un par de décadas atrás, Guadalupe Salcedo, con su gesta durante el periodo de la Violencia.

Fue así como, al radicarse en Bogotá, apostó todas sus energías en retratar el conflicto y violencia, y entonces comenzó a rodar la historia que retomaría su inquietud por Guadalupe Salcedo y por las negociaciones de paz entre la guerrilla y el Estado. De esta manera en 1981, vería la luz de los cinematógrafos “Canaguaro”, la historia dirigida por Duni sobre el viaje de un grupo de guerrilleros liberales por los llanos orientales, que en medio de un proceso de negociación de las élites resultan traicionados.

En pleno Estatuto de Seguridad, solo 15 días bastaron para que el entonces presidente, Julio César Turbay Ayala, comprara la conciencia del productor, y a su vez protagonista de esta película, Alberto Jiménez, quien terminaría por sacarla de circulación y archivarla en el olvido para el beneplácito de Turbay. Durante muchos años se habló de Canaguaro como una película que partió la historia del cine colombiano y de la cual solo existía una copia desgastada, que alguien consiguió grabar con una betacam mientras duró su exhibición en cines, la cual fue compartida clandestinamente de generación en generación.

Así fue como se inscribió el destino trágico en la vida de Duni en Colombia: ser un director no visto, y vivir la paradoja de ser talentoso y meticuloso en la producción cinematográfica, pero sin suerte para los negocios, menos con una clase empresarial como la colombiana. "Duni era un loco que no sabía hacer negocios, sabía hacer cine, era un soñador", afirma Rafael Escobar, quien fue su pupilo y ahora hace parte de la corporación Dunav Kuzmanich, encargada de recoger y difundir su legado. Para Rafael, Duni era un hombre adelantado a la época que tenía una visión 30 años en el futuro, y por esto considera que sus películas son de especial importancia en este momento que atraviesa el país.

Un maestro de la coherencia
Si bien a la delgada figura de Duni hay que seguirle el rastro en diferentes momentos de la historia colombiana y de su cine, del relato de Rafael toma mucha más fuerza su personalidad a partir de su traslado a Medellín a mediados de los 80's. Y es que en esa ciudad es que lo conoce un par de años después, cuando Duni llega ante una camada de realizadores rebeldes como profesor en un curso de vacaciones de la UPB.

Como maestro pasó por varias instituciones con su propuesta “De la idea a la realización”, en la cual se apreciaba todo el conocimiento y experiencia que construyó en torno a la realización audiovisual. Su apuesta era aprender haciendo, y a partir de un tema construir una idea. De allí nació una nueva generación de cineastas antioqueños alentados en sus enseñanzas.
El grupo de estudiantes del que hizo parte Rafael pronto se convirtió en su círculo de amigos, y luego, cuando Duni se pasó a vivir a un parqueadero en el occidente de la ciudad, lo acompañarían constantemente en la que llamaron “La Dunicueva”, en donde se hablaba de cine, de política y de fútbol. A modo de anécdota, Rafael cuenta que curiosamente solo vio una vez una película de Duni con él en vida, y es que, para él, el maestro más que el cineasta, fue el hombre. "Duni era un tipo absolutamente consecuente, con un sentido de la dignidad, pero muy grande y coherente", dice.

Este hombre que hizo de Colombia su hogar era de izquierda, pero se definía como uno del pueblo. Odiaba la burocracia, la tramitología, que le robaran la comida al pobre; tenía como filosofía que un Estado debía responder por los derechos básicos, y fue consecuente al punto de que su vejez la pasó sin poder contratar como profesor por no renovar la cédula, ya que consideraba que un ciudadano no tendría que pagar por esto. También sin salud, porque creía que el Estado debía cubrir este derecho y no podía ser un negocio de privados.

Y esta consecuencia le generó todo tipo de problemas. Una vez diagnosticado de cáncer en 2007, comenzó a enfermar, y en una ocasión que tuvo una decaída física, al no tener servicio de salud, un grupo de amigos lo ingresaron al hospital con el único poder que ostentó alguna vez Duni: el de una cámara en la mano. Así lo recibieron bajo el nombre de “Daniel Guzmán”. Pero los vicios del oficio de contar historias nunca los perdió, y mientras estuvo en el hospital todo el tiempo planeó su fuga, cual película, haciendo cómplice de esta a todo quien lo visitaba.

Tampoco perdió la disciplina, por esto al saber de su enfermedad comenzó a escribir las últimas escenas de su obra. Entonces dejó la Cartilla de Narrativa Audiovisual, donde intentó condesar su propuesta para el proceso de realización de una historia, y el guion, según Rafael, del posconflicto titulado “Vuelta a Colombia”.

“El cine es el mensaje, no la estética”
A pesar de los problemas en la realización de cine propios del contexto, sus películas se concretaron. Aunque según cuenta Rafael, no faltaron las ocasiones en que algunas de las personas que participaron del rodaje, o inversores del mismo, se llevaban las latas con el material filmado creyendo que con esto no se terminaría la película. Por esto, algunas de ellas salieron con problemas de montaje, pero Duni con su conocimiento logró llevar a cabo sus historias. La experiencia de Duni en la realización y su método fue un importante aporte a la siempre naciente industria cinematográfica colombiana ya que, como él, pocos cineastas han conseguido dirigir cinco películas en un corto periodo de cinco años, y muchos ni siquiera durante toda su vida.

De esta forma, en la década del ochenta y con la existencia de FOCINE, Duni consiguió sacar adelante, con algunos tropiezos, cinco películas que le hablan a Colombia de sí misma: después de “Canaguaro” (1981) realizó “La agonía del difunto” (1982), la historia de la triquiñuela de un latifundista para burlar la toma de tierras de un grupo de campesinos en la costa; luego sacaría “Ajuste de cuentas”, sobre la terrible relación entre el poder político y el narcotráfico; posteriormente “El día de las mercedes”, sobre un pueblo que vive bajo el control militar y que un día decide rebelarse; y finalmente realizó “Mariposas SAS”, sobre unas prostitutas que llegan a un pueblo y sus confrontaciones al llegar a este. Estas historias suceden en cualquier pueblo de Latinoamérica, pero retratan en específico la violencia que ha afrontado y aún afronta Colombia. Para Duni, el cine tenía ese quehacer, el de contar una historia para mostrarle al espectador una realidad, hacia dónde se dirigía la sociedad.

La media vida de Duni en Colombia la entregó también a otros proyectos, como la realización del conocido programa televisivo Don Chinche; a la escritura de guiones de otras producciones cinematográficas como “Cóndores no entierran todos los días” (1984), “La nave de los sueños” (1996), “San Antoñito” (1986), y a la producción de otras como “Apocalipsur” (2007).

El cine de Duni es un compromiso con mostrar la realidad social. En palabras del crítico de cine Oswaldo Osorio, escritas en el marco de un homenaje que se le realizó a Duni en el 12° Festival de Cine Colombiano de Medellín, para él “hacer películas es apenas una parte y la consecuencia de una visión mayor, ante la vida, ante sus obsesiones o preocupaciones y ante la historia del cine en general y el poder de la imagen en movimiento en particular. Dunav Kuzmanich era este tipo de cineasta, así como un misterioso personaje de cuyas contradicciones emanaba el talante de su obra y la mística de su personalidad: era librepensador y radical, comprometido ideológicamente y escéptico, generoso con todo aquel que se le acercaba y huidizo de las convenciones sociales e institucionales”.

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El pasado 10 de julio, la plazoleta de San Ignacio, en el centro de Medellín, se llenó de sillas plásticas en fila y de una pantalla, que hicieron las veces de teatro. Allí se proyectó Canaguaro, la cual tomó por sorpresa a varios de los asistentes por lo actual que parece en este momento la historia de traición del Estado. Duni murió sabiendo que su cine no era visto, pero convencido de que este tendría su momento. Ahora Rafael, y un grupo de amigos, están en la tarea de que aquel hombre tenga un lugar en la memoria del cine de este país, que también fue el suyo, y a pesar del olvido, ahí están sus películas para retarnos como colombianos a mirarnos en el espejo del cine.

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Miguel Ángel Romero

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