“La vuelta está cuadrada”

Retrato del actuar de la Policía en la Comuna 13

 

El miércoles cuatro de julio un joven fue asesinado en la Comuna 13, al parecer, por miembros de la Policía. La muerte del muchacho, llamado Arley Steven Zuluaga, no se dio en medio de uno de los enfrentamientos entre bandas que ocurren en la Comuna, sino que hace parte de un conjunto de irregularidades que involucran directamente a la Policía del sector.

“Casi que no matamos ese delincuente”
Iban siendo las dos de la tarde cuando Arley Zuluaga, padre del joven, recibió la noticia. A su hijo, Arley Steven Zuluaga, un barbero de 23 años que trataba de terminar sus estudios secundarios, lo habían asesinado. Cuando llegó al lugar –en la vereda Corazón-El Morro, en el corregimiento de Altavista, cerca de Belencito–, a reconocer el cuerpo, fue recibido por un grupo de policías que señalaron a su hijo. “Casi que no matamos ese delincuente”, dijo uno, que no solo tachaba a su hijo de delincuente, sino que admitía haberlo matado. Arley no ocultó la rabia que sintió en aquel momento: “al que mataron es al hijo mío, a mí me duele lo que están diciendo, eso demuestra una complicidad en el hecho”.

James Zuluaga, reconocido líder de derechos humanos de la Comuna 13, hermano de Arley y tío de Steven, tampoco ocultó su molestia con los comentarios. James, que había llegado con Arley al lugar, le preguntó al policía que si de verdad era un delincuente por qué no lo había capturado. Un sargento que estaba presente intervino al ver que los ánimos estaban exaltados, y que varios de los policías se sentían culpados por el asesinato de Steven. “Nos están metiendo a nosotros”, decían. Y justo cuando el policía que hizo el comentario se retiraba de la zona, un amigo de Steven intervino diciendo que la semana anterior ese policía los había individualizado y los había amenazado, diciendo que los iba a matar y que él mismo les iba a hacer el levantamiento.

¿Todo empezó con un juego?
Antes del asesinato, Steven ya había tenido problemas con la Policía del sector, que no solo lo perseguía, sino que lo llegó a agredir en varias ocasiones. Para el padre de Steven, la persecución de los oficiales hacia su hijo tiene origen en un juego callejero. Steven vivía con su abuela materna cerca de la vivienda de un cabo de la Policía del sector, y un día un hijo de este, que jugaba en la calle con un balón, golpeó las rejas de la casa de Steven, y la abuela de este salió y lo regañó, a lo que el muchacho, hijo del policía, respondió insultándola.

“El muchacho la trató mal, y a esa señora la estiman mucho porque ha sido muy servicial. A los días, lo cogieron saliendo del colegio, lo golpearon, y le dijeron que respetara a la gente. Luego dijeron que el hijo mío le había mandado a pegar”, cuenta Arley. Lo malo vino unos días después. Steven llegaba a su casa de madrugada después de una fiesta, y lo cogieron varios hombres por detrás, lo derribaron y lo golpearon. “Eran policías que estaban de turno mandados por el cabo Montero. Lo dejaron como un monstruo, le dañaron toda la cara”, cuenta.

Así empezó la persecución hacia Steven. Varias veces lo retuvieron y le quitaron sus documentos sin motivo. El último problema que tuvo con la Policía fue un par de semanas antes de su asesinato, el día que un uniformado lo amenazó de muerte. El cabo que vivía cerca de la casa de Steven fue trasladado y al lugar llegó a vivir otro oficial, “un agente Morales”, precisa Arley. Este “agente” lo retuvo, le quitó los documentos, y le reclamó por un dinero que llevaba, por lo que salió la abuela y le explicó al oficial que el dinero se lo había dado ella, y que era producto de unos arriendos. Pero el oficial, molesto con Steven, lo golpeó, lo insultó, y profirió contra él la amenaza que recordó su amigo el día del asesinato: “Le dijo que él se iba a morir y que ocho días le ponía como máximo”.

“Quédese ahí que la vuelta está cuadrada”
En la comunidad han circulado varios rumores que involucran tanto a los oficiales de la Policía como a los soldados del Ejército que trabajan en la zona. Uno de los testimonios que llegó a oídos de la familia de Steven asegura que a pesar de que el asesinato fue cerca de la base del Ejército que hay en el barrio, de esta no salió nadie cuando se escucharon los disparos. “Incluso alguien me comentó que cuando sonaron los tiros, un soldado iba a salir, pero un compañero le dijo: no, no, quédese ahí que la vuelta está cuadrada. Eso escuchó alguien de la comunidad que pasó por ahí, pero la gente no declara porque le da miedo”.

Ahora, tanto Arley como James están llevando a cabo todo el proceso para realizar las denuncias y procedimientos legales con los que buscarán justicia por la muerte de Steven. “Espero que los policías y soldados que estuvieron involucrados sean destituidos de su cargo mientras se hace la investigación. Que se esclarezcan los hechos y sean castigados los culpables”.

No es un hecho aislado
El asesinato de Steven ocurrió un día después de que oficiales de la Policía y miembros de una banda del sector patrullaron juntos zonas de la Comuna 13, amenazando ciudadanos, ingresando a viviendas sin órdenes legales, y sacando jóvenes de sus casas, como sucedió en el 2002 en la Operación Orión. Al día siguiente, por la presión de los periodistas y de la ciudadanía que pedía explicaciones, se realizó una rueda de prensa en la que el secretario de seguridad de Medellín, Andrés Tobón, “explicó” que se estaban realizando operativos en la zona, que había aumentado el pie de fuerza, y que “estaban trabajando de la mano de la comunidad”, lo que contrasta con los testimonios de los ciudadanos que aseguraron –incluso en la misma rueda de prensa–, que desconfían del actuar de los uniformados y que no es la primera vez que pasa algo así.
La Comuna está viviendo una guerra entre bandas –como La Agonía, La Torre, El Coco y Betania–, que explica el alza en un 100% de los homicidios, en comparación con el mismo periodo del año anterior: pasaron de 23 a 46.

Entre las principales denuncias que hacen los líderes de la Comuna está que en ocasiones los policías retienen a los jóvenes, les quitan sus documentos, y los llaman desde el CAI pidiendo entre cien mil y doscientos mil pesos por devolverlos. Otras veces, según el líder James Zuluaga, los oficiales detienen a los jóvenes que van en moto y les piden dinero, si no tienen llaman al Tránsito para inmovilizar las motos, o golpean a los muchachos y les quitan los documentos.

Otra denuncia, más grave que las anteriores, es que ha pasado que los oficiales cogen a los muchachos y los llevan en sus motos o en las camionetas oficiales a otros sectores para que “los que mandan” los identifiquen. “Cogen un pelao de este sector, se lo llevan y lo pasean donde está la otra banda enemiga. Los enemigos están ahí porque ya tienen todo cuadrado. Los llevan en la moto o los montan atrás en las camionetas. Los bandidos están por ahí pilas viendo cuándo bajan a alguien, para mirarles la cara y después asesinarlo”, afirma un habitante de la Comuna.

“Son los uniformados que por lo general llevan aquí de cinco a diez años. También conocemos casos concretos de policías que viven aquí mismo en la zona, y la esposa termina siendo hermana o prima de uno de los duros del combo, lo que se presta para esas connivencias”, complementa James.

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Juan David Guerra

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