Y el agua se convirtió en chicha

Sin duda es la chicha una tradición muy antigua que nos une con nuestros ancestros, en la alegría de juntarse, de compartir lo místico-natural y lo político. Lo uno porque son verduras, frutas o granos que, con panela y tiempo, fermentan las ideas e impulsan un estado de conciencia diferente al cotidiano, y lo otro porque aparte de la resistencia que se genera al hacer, el hecho de tomarse un totumado de chicha, en lugar de una cerveza u otro licor, nos recuerda que en la cotidianidad se deben asumir posturas.

La modernidad hace mirar lo artesanal con miedo, desconfiando siempre de eso que no tiene códigos de barra, fórmulas o ingenieros tras su elaboración. Y es que si bien se ha querido acostumbrar a las personas a un sabor siempre igual, la monotonía de sabores y las seguridades que se creen tener al comprar, ahogan definitivamente las posibles diversidades alcohólicas que la ancestralidad propone.

La chicha medicinal, por ejemplo, es una conexión profunda que se hace desde el pensamiento individual y se propone a la conciencia colectiva de quienes participan del ritual, para sanar e intencionar la preparación del remedio. Diferentes personas y planos de conciencia se dan cita en el hacer, para cuando sea servida y tomada, logre el propósito que fue sembrado al revolver, en la espesura del calor desde las imágenes y senti-pensares.


Como en el ll Festival de la Chicha y la Cultura…
El 30 de junio, en El Santuario, Antioquia, se celebró un evento que pasó por su segunda entrega. Allí, entre el dar y recibir totumas, con inimaginables combinaciones de frutas con especias, de sabores y olores –¡uff, qué sabor! ¿Qué tiene esa de mora? ¿Canela?, ¿cardamomo? – se enchichó por un momento la realidad entre los árboles que se podían adoptar, las luchas que resurgen púrpuras, las abuelas sabedoras y sanadoras, vasijas sonoras, artesanías, libros, semillas, chichas y risas, cantares y danzares.


Arrancó el viernes 29 en una finca amiga con la batida de una chicha medicinal, guiada por la abuela Amtokatlnesli, donde muchas personas que acudieron al llamado se dispusieron a revolver sentipensares, fermentados colectivamente, siempre en busca de una intención sanadora, que se repartiría en la mañana del 30.

Así como se danzaba, la palabra iba y venía al igual que la chicha, con alrededor de 160 personas que llegaron a la Casa de la Cultura para aliviarse, hablando y tomando.

Ya en la tarde y por los diferentes estantes, las chichas más fermentadas amenizaron el encuentro, procurando la diversidad y la unidad, “porque eso es lo bueno de los que fermentan en Santuario, cada uno tiene su toque, que hace particular el sabor”, afirma un chichero, mientras acaba las últimas gotas que había en la totuma que recién recibía.

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Esteban Mercado
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