José Antonio Osorio Lizarazo, el escritor que narró la miseria humana y terminó en el olvido

Hay hombres y mujeres de futuro, quienes viven con gran preocupación por el pasado y habitan con vehemencia su presente. José Antonio Osorio Lizarazo fue de estos: un escritor colombiano que se dedicó a develar la realidad ante una sociedad que volvía invisibles a quienes vivían en sus márgenes. Lo paradójico es que ahora la pregunta por el olvido de este personaje es inevitable entre quienes lo han leído y estudiado.

Cronista, novelista y periodista. Nació a inicios del siglo XX y antes de dedicarse al oficio de las letras tuvo que vivir en las carencias que luego representaría su obra. Criado en el seno de una familia de artesanos en Bogotá, afrontó en su infancia una educación clasista que convoca a unos pocos al conocimiento y a la dirección, y al resto a las más ruines condiciones de explotación. La novela Garabato, publicada en 1939, retoma su experiencia en el Colegio de San Bartolomé, en donde el hijo humilde de un artesano tiene que lidiar con una educación ortodoxa y con los malos tratos de sus compañeros destinados a ser presidentes de la República.

En la realidad José Antonio Osorio compartió aula en este colegio con el dramaturgo y escritor Luis Enrique Osorio, quien en 1943 publicó un artículo sobre él, partiendo de la injusticia que le representaba la falta de reconocimiento del país hacia sus intelectuales. En esta entrevista que se convirtió en relato, Luis Enrique reconstruyó los pasajes de la vida de José Antonio antes de llegar al periodismo: al hacerse bachiller saldría a buscar mundo y terminaría en Caldas, allí trabajó como vigilante y en labores varias en minas de oro, luego en Marmato como minero y después regresó herido a Bogotá a comerciar café, donde generó una gran empatía por el campesinado. Su figura para este año, según Luis Enrique, era la de un hombre “como siempre, muy delgado, algo torcida la mandíbula, un tanto acre y nostálgica la mirada”.

Su llegada al periodismo tuvo al azar de su lado, al escribir bajo el seudónimo de Jansol (la abreviación de su nombre) una carta a un periódico de Manizales sobre la situación política del momento, la cual resultaría publicada, y ante esto decidiría presentarse en el medio como el autor, siendo así contratado como editorialista. Después siguió el camino del periodismo fundando el periódico El Reivindicador –el cual fracasó–, pasó por los diarios Mundo al Día y El Tiempo en Bogotá, dirigió El Heraldo y escribió en La Prensa, en Barranquilla.

Durante su carrera como periodista escribió un cuerpo de crónicas que presentan a personajes lanzados al olvido por la gran prensa, como lo revelan algunos de sus títulos: “Biofilo Panclasta: el anarquista colombiano, amigo y compañero de Lenin, que conoció los horrores de la estepa de Siberia”, “La vida extraordinaria de Jacinto Albarracín, el primero que en América ensayó un gobierno de soviet” o “Pablo Emilio Mancera: el hombre que durante 40 años publicó un periódico del que era el único lector”, son solo algunas de estas crónicas que también retomarían sus empatías hacia personajes que lucharon pero fueron derrotados en algún sentido.

Sus novelas podrían catalogarse de un realismo trágico, o como él mismo dijo en su correspondencia, su obra total podría tomar el título de “La Miseria Humana”. “Yo he tenido la afición, un poco tonta y pesimista, de escarbar entre esas almas que presentaban algo extraordinario o irregular, pero esta afición se ha situado por lo bajo y me gustan más esos espíritus humildes y sinceros que llevan una pobre vida de probaciones y de dolor, que lo que se ha llamado gentes de selección”, escribió en “La vida misteriosa y sencilla de Julia Ruiz”.

El historiador Oscar Calvo, quien ha estudiado su obra y publicado varios trabajos y recopilaciones sobre ella, y además organizó su archivo en la Biblioteca Nacional, reconoce en su novelas momentos específicos de la vida del escritor “de su labor en varias empresas de comercialización de café, La cosecha; de su experiencia en la redacción del periódico Mundo al Día y su enfermedad, El criminal; de su apasionada aventura con Blanca Restrepo, La casa de vecindad; de su recorrido por las dependencias del Estado, Hombres sin presente…”.

En sus novelas habita la Bogotá de las chicherías, los burdeles, las cárceles, la desigualdad y el hambre, lejos de esa imagen de la Atenas suramericana que se proyectaba para mediados del siglo, en donde vive la indígena esclavizada y maltratada por una sociedad que abusa de su inocencia (El día del odio); también existe el minero que es explotado en la oscuridad de los socavones durante la semana y que para sacarse el diablo se embriaga los domingos, a la espera de que alguno de sus compañeros lo convoque a matarse a puñaladas (El hombre bajo la tierra).

No sería preciso afirmar que José Antonio fue un escritor que vivió en el olvido, este hombre participó en medios nacionales, incluso fue servidor público en varios ministerios y ganó varios reconocimientos, pero fue debido a su constante empeño por sobrevivir de la escritura lo que lo llevó a tener una amplia cantidad de títulos, algunos encargados por personajes de la política nacional e internacional que muchas veces lo trampearon y desilusionaron, como es el caso del partido Liberal o del dictador Trujillo, quien ni siquiera le pagó lo que debía por escribir su biografía. Sin embargo, su obra, la de sus preocupaciones íntimas y en la que se ciñó al mandamiento de “amar al pueblo sobre todas las cosas”, tuvo poca distribución a excepción de algunos casos. Hoy en día solo algunos títulos se han reeditado y es poco lo que se habla de este autor.

En las novelas de Osorio Lizarazo se encuentra el arte en su capacidad de avizorar las tragedias de la humanidad. La casa de vecindad, por tomar un ejemplo, se convertiría después en el cartucho, “¿y qué atención le prestó Bogotá a esto?”, fue la pregunta que lanzó el sociólogo Edison Neira, quien ha estudiado su obra desde el tema de la gran ciudad, durante el reciente lanzamiento de una nueva edición de este texto. Este cuestionamiento valdría la pena volcarlo sobre toda la obra de José Antonio para preguntarnos: ¿qué atención ha prestado Colombia a la miseria humana?

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Miguel Ángel Romero

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