Editorial 103 Febrero (2015). La universidad pública agoniza

El proceso de privatización de la universidad pública no ha dejado de avanzar desde el momento mismo en que se aplicó la ley 30 de 1994, para adecuar la educación superior a las necesidades del capital internacional en la era del neoliberalismo, bajo la imposición de la OMC. Las 10 mil becas que el gobierno ha destinado para los bachilleres de estratos bajos con mejores pruebas Saber 11° (Icfes) no son más que la estocada para una universidad pública que agoniza. No tienen como propósito facilitar el acceso de los pobres a la educación superior sino todo lo contrario: a través de la transferencia de recursos de la universidad pública a las universidades privadas acelerar el deterioro de las primeras a la vez que debilita la lucha de la sociedad por mantenerlas.

Con esto no se hace más que cumplir el programa propuesto hace quince años por el gobierno de Pastrana, que buscaba desfinanciar la universidad pública, otorgándole créditos a los estudiantes sin importar si se matriculaban en una universidad pública o en una privada. Los créditos educativos, aunque se disfracen de becas como es el caso actual, no son más que una estrategia mediante la cual el Estado se sacude la obligación con la educación y prepara el subconsciente de los colombianos para aceptar la muerte de la universidad pública, al tiempo que fortalece financieramente la universidad privada. Y es que ante las dificultades para pasar a la universidad pública por los estúpidos exámenes de admisión, que no son más que un colador disfrazado de garante de calidad, los estudiantes que acceden a créditos u obtienen una beca terminan matriculándose en las universidades privadas, llevando hasta allí los fondos del Estado.

Todo esto no puede hacernos perder de vista que la verdadera fuerza privatizadora de la universidad pública viene desde adentro. El trabajo más habilidoso del gobierno ha sido nombrar rectores títeres que han terminado por desviar a la universidad en sus objetivos, ignorando sus compromisos con la comunidad académica y con la sociedad en general. Hoy en los consejos superiores de las universidades públicas tienen más peso los empresarios privados que los estamentos estudiantiles y docentes. Y eso se refleja en el hecho de que la lógica de la universidad se asemeje cada vez más a una empresa privada con ánimo de lucro que a una institución educativa.

Por ejemplo, los trabajos de extensión e investigación cada vez tienen menos que ver con servicios concretos a la comunidad que con necesidades del sector empresarial que puede financiarlos. La conexión entre universidad pública y sector privado se está haciendo tan íntima que dentro de poco la Universidad de Antioquia y la Ruta N, un complejo para la investigación y promoción del emprendimiento, serán la misma cosa. De hecho, esta universidad ha construido un sofisticado edificio, separado de la ciudad universitaria, en donde la investigación funciona como un negocio aparte. Como si fuera poco, también los posgrados tienen una sede distinta, y funcionan con una lógica distinta, resguardados de las alteraciones que sufre la ciudad universitaria por los conflictos que todavía se atreven a destapar los estudiantes de pregrado.


En términos generales, los posgrados ya no funcionan en ninguna universidad bajo la lógica de la educación pública. Sus costos ya no tienen nada que ver con los ingresos de los estudiantes y en promedio se acercan cada vez más a los costos de las universidades privadas. Algunos estudiantes de posgrado, incluso para financiar sus investigaciones cuando requieren instrumentos y equipos, deben recurrir a la empresa privada. En concreto, una persona pobre difícilmente puede acceder a un posgrado, pues éstos se han convertido en verdaderos negocios lucrativos para las universidades, públicas y privadas.

Hay además otras formas en que estas fuerzas administrativas actúan desde adentro para aniquilar la universidad pública, transformando su cotidianidad. El año pasado, por ejemplo, estuvimos en un evento académico en la Universidad Nacional- sede Bogotá, en la Facultad de Ciencias Económicas. En la tarde quisimos entrar a la biblioteca, aprovechando que estábamos justo a la entrada y necesitábamos revisar un material. Pero los celadores nos lo impidieron porque no teníamos carnet de la universidad. El hecho nos sorprendió sobre todo porque creíamos que aquella situación solo se vivía en la Universidad de Antioquia. Aquel día comprobamos que las estrategias de control de la vida cotidiana que se impusieron a la fuerza en la Universidad de Antioquia se estaban adoptando como modelo en el resto del país.

La situación de la Universidad de Antioquia es caso aparte. Hace pocos años la rectoría naturalizó allí la militarización de la vida con el pretexto de acabar con las plazas de vicio que funcionaban adentro. Hoy las plazas continúan allí desarrollando tranquilas su negocio, pero la fuerza pública ha logrado domesticar de alguna manera la vida en la universidad y, sobre todo, la administración logró cerrarle el acceso a los habitantes de la ciudad, que ni siquiera se movieron para defender su alma máter. Hoy para ingresar a algún evento de la universidad sin carnet hay que hacer, con varias horas de anticipación, una serie de trámites para inscribirse en la página de la Universidad, lo que prácticamente disuade a la gente de intentarlo, por más atractivas que sean las conferencias o los foros. A la biblioteca central también le pusieron torniquetes que solo se mueven con el chip del carnet. Así que la situación hoy es que la fuerza pública se puede mover tranquilamente por la ciudad universitaria, tumbando inclusive sus rejas, como ha hecho en múltiples ocasiones, mientras los ciudadanos deben pedir permiso con antelación, sin que sea seguro que lo obtengan.

Pero también a los estudiantes se les estrechan las puertas para su formación. Más allá de las cámaras de seguridad que se han puesto incluso en los baños, la academia misma se ha sometido a las groseras estrategias de control de la administración. Ahora se les ha ocurrido prohibir a los estudiantes asistir a cursos en los que no estén matriculados y a los profesores se les ha prohibido recibirlos. El argumento es de lo más superficial del mundo, pero su aplicación es temeraria. Según la administración la medida se debe a que muchos estudiantes llegan de asistentes a los cursos y después obligan a los profesores a asentarles sus notas. En su burda lógica de control la administración no puede concebir que un estudiante de verdad quiera aprender y buscar el conocimiento allí donde logra identificarlo. La administración cerrada a los escenarios de conocimiento es la máxima expresión de privatización de la educación y tiene hoy su expresión más explícita en la universidad pública.

Hasta ahora los estamentos de estudiantes y docentes se han movilizado fuertemente contra las políticas privatizadoras que se expresan en reformas concretas. Pero no parecen haber identificado todavía la fuerza privatizadora en la transformación de la vida cotidiana en la universidad. Tal vez este sea uno de los frentes donde tenemos que defender hoy con más compromiso no solo la universidad pública sino la vida toda, pues intentan privatizarla y mercantilizarla a cualquier precio.

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