Un viaje por Cuatro Esquinas

Llegas a aquel sitio que se ha convertido en patrimonio cultural de Cocorná, Antioquia. Nadie lo sabe, casi nadie. Encuentras un perro lamiendo una bolsa negra abandonada. Ante cualquier señal de movimiento, los gallinazos se abren para no volver, y la miseria permanece inmóvil. Allí donde solo llegan toneladas de basuras, donde se reúnen las historias a conversar, donde el ojo humano solo ve destrucción, advierto, al observar por unos minutos, el despreciable entorno que muy pocos se atreven a visitar. Concluyo enfático que lo que un día estuvo en nuestras vidas ahora muere lentamente en boca de los gusanos, los insectos y los gallinazos que se pelean por un alimento descompuesto que para ellos representa la necesidad su supervivencia.

Corea y sus cuatro esquinas: el cementerio, el matadero viejo, el burdel y el relleno sanitario. Aquí también vive la calma, una que llegará para quedarse y terminar en otros brazos.

Pasa que en Corea nadie tiene vida, lo percibo mientras me encuentro debajo de una sombra que sale todos los días a esta misma hora como señal de acompañamiento. ¿Vida? Pero si estamos en la tierra. Hay vida cada cinco minutos cuando pasa una moto manejada por una joven, cuando don José Luis sale a la puerta con su bastón y una mujer a extender una muda de ropa al sol. De repente todo vuelve a la normalidad. Otra vez Corea se queda fúnebre.
De lejos un cúmulo de objetos decora el apartado lugar. De cerca un olor fuerte sofoca mi paciencia. Caminas y ves abandono, por momentos quisieras detenerte y morir. Me pregunto por qué llegué hasta aquí, ¿será que el destino me llevó a hablar con la soledad ahora que estoy vivo?

Todo el mundo solía evitar bajar hasta Cuatro Esquinas, donde convergen los contrastes. Los lunes, por ejemplo, se escucha la maldición de un vocabulario adaptado al machismo; los martes y los viernes la brisa despierta la intranquilidad producida por nuevos olores; los jueves los recicladores se llevan lo poco que queda, y los sábados el sepulturero se encuentra con esos que murieron para luego existir.

Relleno sanitario
Se puede considerar a Cuatro Esquinas como un terreno miserable y triste, al que le han dado la espalda y se la seguirán dando. Allí ha llegado la dignidad propia de un país injusto que solo reconoce a su gente humilde cuando está viviendo una tragedia.

Claro que ya hay una tragedia, invisible, tibia. Unos metros al oriente, hacia la vereda San Antonio, las gallinas se la pasan picoteando las hojas de guayabos, acechando a sus presas. Detrás, a unos diez metros, doña Rumelia Jaramillo coge sus dedos y los pasa por su cabello de arriba a abajo para armar una trenza. Verse bella a pesar de sus arrugas. Su marido, Manuel Giraldo, coge la radio al tiempo que pasan las motos esquivando las piedras. Hasta luego –me despido de ellos y continúo el camino–. Bueno, a la orden, que le vaya bien y vuelva.

Si me devuelvo y camino un poco más de diez minutos, ya no son las gallinas, sino el rugido de unas motos manejadas por unos niños que no sobrepasan los trece años. En un pueblo pequeño la ley se mantiene escondida, las normas no se cumplen, y los policías transitan por las calles como simples observadores.

A tan solo unos metros está el relleno sanitario. Veo partes de televisores, colchones arrugados, juguetes incompletos, todo lo que estuvo en unas manos. Cosas que terminaron abandonadas por nosotros. Aquí la justicia no existe, tal vez porque al final de cuentas el discurso del capital consiste en decirle a las personas, “consuman aceleradamente” y digan “hasta aquí llegue”.

En Colombia un relleno es un simple avatar de la vida, una palabra conjugada con los más deshonrados calificativos, un lugar que cuando llueve se desquita con los habitantes, los animales y los muertos que habitan a Cuatro Esquinas. Si eres turista, ambientalista o un curioso que quiere indagar sobre el proceder de las basuras, te dirán: Cuatro Esquinas, o Corea. Son y significan lo mismo. Solo cambian las referencias. Se llama Corea porque el padre de una de las primeras familias combatió en esa guerra y al volver quedó este apodo en alusión a su trabajo. Por su parte, el nombre de Cuatro Esquinas proviene de un antiguo prostíbulo, cuyo auge permaneció constante hasta tomar fuerza y convertirse en testigo de varias peleas.

El antiguo matadero
El verbo matar hizo parte de la idiosincrasia de Cocorná. Es un símbolo que aún guarda una estrecha relación con la mayoría de los habitantes. Y como la muerte, también el matadero es cuestión del pasado. Quizás a los cocornenses nos afectó tanto la violencia que no queremos saber nada de ella.

Según Mioriente, en el año 2017 no se presentaron víctimas por actos de intolerancia. En el 2018 ha sido distinto. En marzo acribillaron con arma blanca a una pareja de abuelitos. El pueblo marchó dos veces con banderas blancas: una el día del entierro, y la otra, el sábado 21 de abril. Somos un pueblo unido socialmente, pero dividido políticamente.

Las rejas del matadero todavía se conservan, ya no como matadero, pero sí como la feria ganadera que se realiza los lunes cada quince días. Por ser un pueblo rodeado de praderas tupidas de bosques, ganado y agricultura, y cuya población es de descendencia campesina, el lunes se viste para la ocasión: de sombrero, poncho y sogas de cuero.

Los ganaderos montan en sus caballos muy de noche. Las reses son traídas de las veredas a punta de rejo para ser intercambiadas al mejor postor. Los gallos traídos de San Francisco, Santuario y Cocorná se preparan para el círculo de rechifles. Algunas reses se devuelven con el amo, y algunos llegan al extremo de sacrificarlas en otro matadero porque el de Cocorná ya cerró sus puertas.

El cementerio
Muy pocos asimilan lo sagrado que es un cementerio para un católico. Por obligación pensaría que, así como los domingos se visita la iglesia, se debería también visitar el cementerio donde reposan los que un día estuvieron en nuestras vidas. Sería un acto para pedir por el descanso eterno de quienes ahora están en los recuerdos.
El cementerio, una negligencia convertida en abandono. El blanco del cementerio está invadido por el verde del musgo que sale por el deterioro propio de la intemperie y el olvido. Veo los dos ángeles que tocan un instrumento de viento, los reparo, no son lo mismo que antes. ¿Qué pasa con el cementerio? ¿Es ahí donde voy a parar algún día?

Sin embargo, se ven avances adaptados a la era tecnológica. Las cámaras de seguridad cuidan el entorno, aunque se mantengan apagadas. Las rejas están aseguradas por una cadena gruesa difícil de violar. A un lado, en la entrada, las ramas caen de a poquito. Ya no hay huecos disponibles. Los NN oscilan entre los 50 y 60. Nadie los reclama, unos ya pasaron los cuatro años, otros los veinte.

En la parte de atrás permanecen tres lápidas con sus respectivos cadáveres que cargan el peso de su peregrinaje por la tierra. Probablemente las familias no se acuerden de ellos. O esperan que la Fiscalía proceda a llevárselos; o que continúen allí indefinidamente.

Mientras tanto, el sepulturero –de gorra, chaqueta reflectora, y botas cafés–, transita conmigo al tiempo que el frío se asienta y los pájaros comienzan a cantar.
–Un día me tocó venir a las seis y media de la tarde. Tenía que cerrar la llave del agua que estaba abierta. Miraba de reojo hacia mi espalda, pero no vi nada raro. Al cabo de unos días, mi otro compañero me dijo que se le había aparecido una mujer con una bata blanca. Se salía y se metía del hueco donde estaba su cadáver.

El burdel
Los envases de cerveza se convirtieron en la fiel compañía. Cuando la gente parte de Cuatro Esquinas deja el recuerdo abandonado. Por el calor que está haciendo me dan ganas de comprar una cerveza y dejar mi recuerdo. Nada de eso. Prefiero limpiar que ensuciar. Proteger que contaminar. No todo es paupérrimo como muchos creen. Cuando hay muerte, también hay espacio para la vida. En Cuatro Esquinas han crecido familias numerosas. Solo don José Luis levantó a dieciséis hijos: cuatro mujeres y el resto hombres. Ahora las familias oscilan entre los tres y cuatro hijos.

En el año 2000 el ruido lo promovía el intercambio de disparos, en medio de un conflicto que nos arrebató el derecho a dormir en paz. Ahora la bulla proviene de dos cantinas.

–Yo no le paraba bolas a la bulla. Llevo treinta y cinco años viviendo en Cuatro Esquinas–, dice José Luis. Me mira y remata: -Vea estas canas, mire el pie como lo tengo, detalle la casa en la que vivo, la gente de Cocorná es como si nada. Solo tengo un par de panela, media caja de huevos y un machete encima del escaparate. ¿Podés decirle al Alcalde que me regale unos cuantos bulticos de cemento para cuadrar la entrada?- Creo que la vejez es el reflejo de los actos que uno construye con el paso de los días.

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Carlos Mario Palacio

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