SINTRAIAS; la mecha que se enciende

Mientras vamos marchando, marchando a través del hermoso día
Un millón de cocinas oscuras y miles de grises hilanderías
Son tocados por un radiante sol que asoma repentinamente
Ya que el pueblo nos oye cantar: ¡Pan y rosas! ¡Pan y rosas!

A medida que vamos marchando, marchando, traemos con nosotras días mejores
El levantamiento de las mujeres significa el levantamiento de la humanidad
Ya basta del agobio del trabajo y del holgazán: diez que trabajan para que uno repose
¡Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas!

Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte
Los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos
¡Pan y rosas, pan y rosas!

Las luces de colores, las fachadas de pueblo y los ruidos estridentes de las discotecas de Itagüí, dan vuelta a una callejuela en la que la pujanza empresarial paisa se desmorona a pedazos. Tras empinadas paredes de ladrillo blanco, las obreras se amontonan frente a sus viejas máquinas: la fábrica devora sus días con pávida indiferencia. El sereno paisaje es interrumpido al fondo del corredor, sobre una reja amarilla se suceden carteles rojinegros que llaman a la huelga, tras ella, el mundo al revés: un grupo de mujeres ocupa la fábrica a la que hace 92 días el patrón no entra.

Desde el pasado 27 de junio las obreras de IAS –Integrated Apparel Solutions, en español Soluciones Integrales de Indumentaria– empresa del sector textil manufacturero, que contrata con marcas como Leonisa y Zumba, tienen tomada la fábrica a la que dedicaron 30 años de sus vidas. Hace aproximadamente 10 años, el patrón (Federico Arriola Moreno, primo segundo de Lina Moreno, esposa de Álvaro Uribe) dejó de pagarles oportuna y cabalmente sus salarios; solo la tercera parte de este era entregado a las operarias en fechas cada vez más distantes. La liquidación de las cesantías tampoco llegó, igual suerte corrieron las primas de junio y diciembre y la indemnización de una vida de labor. A esto se sumó el no pago de los meses de abril y mayo de este año, y el proceso de liquidación de la empresa, declarada en bancarrota.

Este es un cierre planificado, conscientemente ejecutado por la administración de IAS, para deshacerse de sus obreras vinculadas sin reconocer sus acreencias laborales. Arriola Moreno, dueño, Francisco Díaz, contador, Joaquín Cabrera, jefe de producción, y Gloria Álvarez, jefe de planta, intentan desde 2009 desangrar la empresa y justificar una masacre laboral desobligante. En 2008, IAS se llamaba Codintex, 1400 obreros hacían mover sus máquinas y los contratos llovían a granel. Un año más tarde, 900 empleados fueron despedidos y la empresa cambió su nombre en una sustitución patronal. Los rumores de crisis fueron ampliamente difundidos entre el personal; cada 30 días las obreras recibían un salario equivalente a 10 días de labor; los objetivos de producción aumentaron en cantidades drásticas; las jornadas se prolongaron, y las horas extras fueron pagadas ilegalmente según el número de prendas producidas.

Mientras el salario de las obreras desaparecía, las producciones eran ejecutadas cabal y puntualmente para las marcas contratistas; a la par, la administración compraba fincas en el Oriente antioqueño y montaba una comercializadora de aguacates para exportación. En los 10 años siguientes, las condiciones de explotación se agudizaron y los recortes de personal se sucedieron. Los patrones montaron nuevas empresas a las que trasladaron los activos de IAS; máquinas, insumos, contratos y trabajadores temporales, fueron traspasados a fábricas vecinas con evidente argucia. Si bien estas empresas emergieron con una razón social y un dueño diferente, fue abiertamente sabido que pertenecían a los propietarios de IAS, incluso hoy, utilizan la misma planta energética que usaba la fábrica.

Me matan si no trabajo y si trabajo me matan
Eran las cinco de la mañana y un rechinado timbre anunciaba la entrada. Las mujeres avanzaban en multitud pasmosa hacia el inmenso salón repleto de máquinas. Del cielo de zinc resbalaban infinitas luminarias que envolvían el lugar en un aire lúgubre y sofocante. Oxidados ventiladores botaban más ruido que aire. En la planta, las obreras se agrupaban por zonas: pantys, conjuntos, resortes. Un tablerito por sector comparaba las expectativas de producción con las unidades ejecutadas, en un inhumano índice de eficiencia. 1200 cinturas en un día: con 200 cinturas se hacían el día las siete compañeras del módulo ¿Lo otro? Se lo apropiaba el patrón. Los turnos para el desayuno comenzaban a las 7:00 a.m., 15 minutos para comer, ir al baño y lavarse los dientes. Las llamadas estaban prohibidas. Los permisos, rotundamente negados. Las jornadas llegaron a extenderse por 24 horas, y hubo meses en los que se les obligó a trabajar los domingos a cambio de los pasajes de la semana. El sueldo de los demás días nunca llegó.

La fatiga de años se apoltronó en sus músculos, un falso e infundado amor a la empresa nubló sus conciencias, la servidumbre se materializó en sus cuerpos y la fábrica devoró sus vidas. Con llanto en los ojos recuerdan a los niños dejados en casa, tres años y tres teteros envueltos en una toalla, o al esposo y la hermana que murieron solos porque no les dieron permiso. Recuerdan la vida que se escurrió entre las manos para construir un futuro. Y eso que el futuro es ahora. “Si no trabajaba me moría de hambre, y si lo hacía, también me moría”, manifestó una operaria.

Cuando muere el miedo nace la libertad
Dice así un cartel al interior de la fábrica. Ante una vida de abusos y explotación, las mujeres de IAS decidieron organizarse en sindicato el pasado 18 de mayo, dos días después, a las 5:00 a.m., 18 trabajadoras fueron despedidas, 14 pertenecían al sindicato. Sin embargo, resisten y pelean por lo que les pertenece. La vida las hizo hermanas de lucha y así se reconocen. La solidaridad sindical, estudiantil, barrial y popular no se hizo esperar. La toma de IAS es una llama que se enciende ante un capitalismo cada vez más cruel e inhumanizante.

De domingo a domingo, las 24 horas del día, estas mujeres se organizan para proteger los activos que garanticen su indemnización. En turnos de ocho horas, y con responsabilidades como la seguridad, la cocina, las finanzas y los procesos legales, dan muestra de disciplina y convicción. Hoy, celebran la organización y celebran la unión, reconocen que el sindicato les permitió conocerse como compañeras y que a partir de la toma pudieron habitar la fábrica como un espacio de encuentro, para conversar y reír, para llorar y luchar. “Gracias a dios por 92 días de bendiciones y lucha”, reza otro cartel. Si bien el camino es largo, estas valientes mujeres tienen claro que ya han ganado, les ha quedado lo más importante: su dignidad.

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Oriana Uribe

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