Más allá de la noche

Cuando el reloj marca las 5:30 de la tarde la ciudad se prepara para la rutina, ambientada por los ruidos de los automóviles. Luces de color rojo y amarillo inundan el centro de la localidad. Se siente el agitado ritmo como señal de regreso a casa después de largas jornadas de trabajo. Mientras tanto, cuando el sol empieza a esconder su rostro, Agueda López se dispone a iniciar su trayecto como 'escobita'.

Ella, con una sonrisa genuina y espontánea, caracterizada por sus rasgos oporapeños, deja al descubierto la felicidad que rodea su alma. Con sus ojos claros y brillantes percibe en las noches la tranquilidad, o afán de la ciudad, mientras realiza sus labores junto a 12 mujeres y un hombre, distribuidos en el interior del municipio de Pitalito, Huila.

Llega el ocaso y Agueda se pone su overol color azul oscuro, que en la parte inferior lleva dos cintas reflectivas que le permiten ser visible frente a cualquier fondo. Portarlas puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Sus zapatos bajos y oscuros la acompañarán a recorrer un camino que espera por ser relucido. Se ajusta su gorra y acomoda un tapabocas que solo deja ver su tranquila mirada.

Acompañada de una mochila pequeña colgada sobre su espalda donde guarda las bolsas plásticas, y una escoba hecha con bejucos secos y un tubo plástico, emprende a pie su recorrido desde el barrio Villa del Prado hasta la carrera segunda del centro. Mientras saluda a sus compañeros de trabajo observa a su alrededor la basura que algunas personas han dejado en el suelo durante el día, y como de costumbre, desde su rol de coordinadora, organiza su equipo y lo distribuye en todo el centro del municipio. Entre ellos una mujer particular, doña Dioselina, quien a sus 70 años barre y con vivacidad levanta carretas llenas de bolsas de basura. “Hay que darle la oportunidad porque uno no sabe cuándo me toque a mí, que no me quieran dar trabajo”, comenta Agueda.

Se oye el ir y venir del roce de su escoba con las calles. Hojas de color otoño descienden de las grandes ramas de los árboles, y mientras barre el impetuoso viento se convierte en su mayor rival.

–La ciudad a ninguna hora está quieta–, dice mientras amontona unas cuantas hojas combinadas con bolsas de alimentos.

Barre, limpia y recoge. Cruza cada una de las calles de la zona central del municipio, se detiene para dar un respiro, limpiar su sudor y continuar su labor. A su vez supervisa el trabajo de sus compañeras que se encuentran unas cuadras más adelante. Agueda las reúne para firmar asistencia y empieza a entablar una amena conversación sobre los quehaceres del día. En medio del momento ella dice algunas ocurrencias para que el tiempo pase rápido. “Conmigo viven contentas, uno el rato se la pasa chévere”, afirma con una sonrisa.

Con temor recuerda una noche mientras se encontraba barriendo y de momento vio caer un hombre muerto. Sintió miedo. Una persona se acercó y le dijo: “usted no ha visto nada”. También, con alegría en su rostro llegan a su pensamiento bonitas experiencias con su equipo de trabajo, como cuando celebran el mes del amor y la amistad. En una oportunidad visitaron el Parque Acuático de Playa Juncal en Palermo, Huila, y disfrutaron de los termales en el municipio de Rivera.

Desde su rol como mujer protectora siempre está pendiente de amparar a sus compañeras para que los habitantes de la calle no las molesten. Menciona que en alguna ocasión se enfrentó con uno de ellos porque tenía la costumbre de robar las bolsas que les suministraba la empresa para recoger la basura.

Agueda afirma que gracias a su trabajo como escobita ha logrado darle el estudio a sus cuatro hijos. El mayor es auxiliar contable, el segundo es conductor, su tercera hija es psicóloga y su hijo menor cursa actualmente sexto semestre de Derecho. Se siente feliz de brindarles la oportunidad de estudiar. Oportunidad que ella no tuvo debido a la situación económica que vivía su madre. Como hermana mayor debió trabajar desde temprana edad para colaborar con los gastos de su casa y ayudar a sus hermanos. Sin embargo, en el 2012, gracias al proyecto de gobierno en alfabetización para adultos 'Viva la Letra Viva' logró graduarse como bachiller, en el mismo año que lo hizo su hijo menor.

Mientras las escobitas trabajan, en el lugar se percibe la inseguridad. Los domingos, cada 15 días, su jornada inicia a las 2 de la mañana. “Solamente Dios nos cuida”, dice mientras recoge unas hojas en el parque principal. Expresa que le duele ver cómo en Pitalito se está dañando la juventud, y que desde su percepción no es culpa del Estado porque los padres tienen la responsabilidad de infundir valores desde temprana edad. A pesar de la situación que viven los jóvenes sumergidos en el consumo de alucinógenos, Agueda conserva la esperanza de una ciudad mejor, con más oportunidades, dado que “es una ciudad bonita, progresiva y de gente muy amable”.   

 Desde el año 1994 inició su trabajo como escobita. Antes se dedicaba a lavar ropa y a hacer limpieza en casas de familia. En otro tiempo se ocupó en la recolección de café. Junto a su esposo de 49 años, maestro de construcción, logró formar a sus hijos, que hoy la llaman desde la capital del país para estar pendientes de ella.

–Doña Agueda, ¿cuál es su mayor sueño? –, preguntamos.  

Sin dudar, en un instante responde que es poder ver a su hijo graduado como abogado, “me doy por bien servida”, afirma satisfecha. “Los años van pasando, uno se va sintiendo cansado”. Pero con el proyecto de terminar su casa de dos plantas, que durante 22 años ha estado construyendo junto a su familia, a sus 52 años toma su carrito y herramientas para salir a trabajar cada noche. “Ahí vamos haciendo, poco a poco”.

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