¡Es domingo de feria digna!

Rosmery Agudelo vive reproduciendo lo que aprendió de su padre, Juan Agudelo, de 80 años. Madrugar antes de que salga el sol, cumplir con la rutina hasta que se esconda la tarde, profanar las oraciones de la virgen, levantarse tomando agua panela, criarse con regaños incluidos, y darle la bienvenida a la noche para retomar, de nuevo, a las 4:30 a.m.

Para ella, trabajar lo representa todo. Y el descanso es el resultado de un esfuerzo ganado. “El cuerpo me acostumbró desde niña a trabajar a diario”, comenta Rosmery. Por eso, en su casa está prohibido refunfuñar. “¡Si usted se queja no sirve!” Aprendió que el silencio es indispensable para equivocarse menos.

En San Francisco, Antioquia, las normas del campo se deben practicar con rectitud y sin mediocridad. Lo más importante para esta mujer, con aproximadamente 40 años de edad y dos hijos, son los domingos de feria campesina. Mientras hablamos, no para de señalarme que pocas veces ha dejado de participar en la feria, y que cuando lo hace es por fuerza mayor. Desde el 2011 participa con otras madres de familia en este mercado campesino. “Pasé de vender la yuca, el plátano, el limón, el frijol, a transformar esos mismos productos en una bandeja paisa que me dejará mayores ganancias”. La bandeja paisa viene acompañada de una tazada de limonada hecha en la mañana de cada domingo de feria.

- ¿A cómo vende el plato de bandeja paisa? -. Se retrae por unos segundos: “El frijol con el que hago la bandeja paisa se llama Lima y lo cosecho en la finca de mi esposo”, me cuenta mientras golpea con las manos un cortaúñas. “¿Ha probado la tinta del frijol? Trato que el plato quede tintudo para darle al arroz un toque distinto”. ¡Ahora sí –concluye–: vale 6000 pesos la bandeja!”.

El cacao de la Maravilla
“Nuestra devoción se cumple antes de acostarnos, y a las cuatro de la mañana me voy para donde tengo los santos y rezo. A las siete escucho la misa por la radio. Reflexiono. A los tres dulces nombres ­–Jesús, María y José–, les entrego las labores del día. Ellos son mi guía, mi compañía a donde quiera que vaya. Jesús, José y María. Que nos libren de todo mal y peligro”. Esa es la devoción diaria. Así comienza el amanecer de Margarita Daza en la vereda La Maravilla, bajo la protección de sus oraciones. Vive con el temor de que le estanquen el agua cristalina que riega a San Francisco, rincón de cascadas y promotor del turismo ecológico.

A Margarita la despierta la costumbre. Si a las cuatro de la mañana la alarma no ha sonado ella le sale adelante. El cantar de los gallos nunca falla, desde la una de la mañana están dando lidia, descansan de las dos hasta las tres de la mañana, y a las cuatro retoman su canto hasta las seis.
– ¿Cuál es el producto típico de la vereda?
–Ha escuchado el cacao de La Maravilla.
–No señora.
– Mira, sin cacao la feria no es lo mismo. Si no fuera por el cacao no hubiéramos dado el primer paso para potenciar la seguridad alimentaria. Es transformado por quienes conformamos la Asociación de Familias Guardabosques (Asofagua). La persistencia a la hora de fabricar este típico producto nos enorgullece y es un ejemplo claro de los procesos organizativos liderados por la Asociación Campesina de Antioquia –ACA–­.  

Aquí el cacao manda la parada, porque hay motivación y ganas de salir adelante. Sin embargo, todo lo bueno lleva un proceso minucioso y lleno de paciencia. Son seis pasos que requieren varias horas de trabajo. Al final, el producto estará en el mercado y la pasta de chocolate se remojará en la batidora con agua o en leche caliente. Cuando el palo de cacao ha cumplido dos años después de la siembra, empiezan a germinar los primeros granos, que son seleccionados según su grado de madurez. Tuestan el grano en un sartén y lo pelan. Quitan la cáscara del cacao hasta quedar en almendra. Muelen la almendra en la máquina de la ACA y sacan el licor del cacao caldudo como si fuera tinta de chocolate. Ese caldo se echa en el diseño del molde y finalmente lo ponen en el refrigerador durante varias horas para empacar el cacao y comercializarlo en el mercado.

Pueden preguntar por el toldo de Margarita y Socorro. Seguramente la buena atención ayuda a que los vendedores y los compradores se sientan identificados con la fiesta del trueque. Mientras tanto, Margarita improvisa una oficina para la recolección del dinero ganado con el sudor de la frente.

Las Soñadoras del Pajui
Entre mujeres se entienden. Tienen un sueño en común. Llevan reunidas diez años. En el 2008 les llamó la atención trabajar en grupo las huertas campesinas. Cuando dialogan, la palabra les ofrece cambio. Cada una tiene el derecho a ofrecer nuevas ideas. Se reúnen los jueves antes del domingo de mercado campesino. Hablan pausado, seguras de que la lucha nunca acaba. Sus tareas son varias, y tienen prohibido utilizar cualquier conjugación en negativo, piensan que si lo hacen comienzan los problemas. Caminan hacia el mismo lado, sincronizadas. De ahí parte el principio fundamental de las Mujeres Soñadoras del Pajui: buscar un fin colectivo que potencie las capacidades individuales. Para las Soñadoras la unión es el valor central del grupo. Nancy, la presidenta, guía este proyecto integrado por 10 mujeres.

¿Qué le podría faltar a la feria campesina? Ya está la bandeja paisa, el chocolate y la mazamorra. Pero… ¿Y el sancocho? Estas mujeres se encargan de preparar el mejor sancocho de San Francisco. Cuesta solo 7000 pesos. Trae arroz, ensalada, papa, plátano, limón... El domingo, a las seis de la mañana, se encuentran para preparar el delicioso plato. Y cuando cae la tarde reparten los beneficios colectivos de la venta, que serán destinados –­aseguran- a los regalos de navidad de sus hijos.

Cuando a Nancy la ponen a hablar de la feria dice, entre risas: “Con la feria campesina me voy a pensionar. Yo nunca he dejado de participar”.

*Artículo original publicado en la edición nº 4 del periódico del Movete.

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Carlos Mario Palacio

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