Colombia, 2018

Mamá, estos últimos cuatro meses he aprendido lo que es luchar por la universidad, por los derechos, por la vida. Sabes que la educación superior está en crisis, pero millones de manos de maestros y estudiantes se han unido para construir una fuerza inquebrantable ante el Gobierno, somos una misma causa reflejada en un clamor que profiere que nuestras justas exigencias sean cumplidas. El Estado, con sus directrices mercantiles, ha hecho que nuestras universidades agonicen; nosotros, abrigados con resistencia, queremos evitar que esto continúe sucediendo. El desgaste físico empieza a notarse, pero mi mente está más inquieta que nunca. Sí, mamá, ya sé qué es la frustración, la impotencia, sé qué es levantarme agotada para ir nuevamente a la universidad, sé qué es una discusión de más de diez horas donde nos pensamos un país mejor. Ya sé lo que es resistir y todo lo que ello implica, sé lo que es trabajar en conjunto, salir de la universidad con una sonrisa en el rostro y una determinación inefable, lo que es saberse acompañada y actuar de la misma manera. Estos últimos cuatro meses no he visto ni una sola clase. Todo, mamá, lo he aprendido fuera del aula.

Me rehúso a la quietud, a la indiferencia. No soy la misma después de estos meses, siento que en mí habitan todos, que mis pasos son los pasos de un niño, que la voz con la que grito en las calles en cada marcha es el designio de un futuro. Cada día constato más aquella frase de Rimbaud, el poeta francés que te gusta: “yo es otro”, que esta lucha se traduce en todos y es para cada uno el anhelo de un porvenir con justicia. Mamá, la educación lo es todo, es donde construimos y deconstruimos, donde nos pensamos, dudamos y cuestionamos las grandes verdades, es la posibilitadora de sueños, de vida, de horizontes. Mientras grito las arengas y veo las personas que me rondan aspiro que cada una de ellas tenga una educación con calidad, que el dinero no sea limitación para hacer realidad sus sueños, que tenga la oportunidad de habitar y ser en un lugar como lo es la universidad. ¿Cuándo podremos ver sonrisas genuinas, verdadera felicidad en este país de huesos arrumados? La educación que pedimos es el único camino para ello, ¿no lo crees, mamá? Nos hemos caminado un lugar donde nuestro futuro tiene cabida, no imaginas el ahínco de todas las ciudades, bajo diferentes acentos en diferentes paisajes de nuestro país se están gestando las ganas del cambio profundo y real, el eco de estas voces hace retumbar la tierra.

Hemos triplicado las fuerzas internas que anhelan el cambio, intentamos crear y creer en medio de la turbulencia. Pero a pesar de esto, nos señalan por querer cambiar nuestro país, por ser estudiantes, por tener la esperanza como bandera. No sé si alguna vez se llegó a ver al Estado como protector de nuestros derechos, sabes que nunca he confiado en él, pero hoy –más que nunca– lo siento como mi enemigo; desconfío y temo profundamente de sus fórmulas enmascaradas. En este país se asesinan las ilusiones, el ESMAD es un escuadrón que representa la muerte, sus armas han acallado voces de quienes buscan justicia, hieren las pieles que están repletas de sueños, atentan la mirada, la respiración, la voz de quien se pronuncia ante las formas déspotas; en los mismos corazones en los que se cosecha esperanza ellos siembran terror.

El Estado ha desbordado su fuerza represiva, ¿es posible que nos maten por querer justicia, por querer reivindicar nuestros derechos, por querer darle un poco de luz a un país en sombras? Sí, mamá, nuestra geografía está cubierta de sangre, las grandes ideas reposan bajo tierra, la historia de Colombia se ha escrito con muertos, con ideologías atrasadas e inhumanas. Por eso temo por mi seguridad y la de mis compañeros. Intentando no retroceder, recuerdo las tantas detenciones arbitrarias que en esta coyuntura ha habido, los cientos de abusos y violaciones de derechos de la fuerza pública e incluso las agresiones por parte del mismo pueblo que defendemos. Vi en Popayán cómo niños se veían afectados por los gases lacrimógenos del ESMAD, vi cómo se reprimieron manifestaciones en menos de diez minutos, vi cómo en Bogotá golpeaban brutalmente a un estudiante, vi su cara cubierta de sangre, vi cómo cuando una marcha llegaba era atacada indiscriminadamente, vi a estudiantes resguardados en un establecimiento público temiendo por la violencia de las fuerzas estatales y cómo los medios de comunicación le hicieron creer al pueblo colombiano que los estudiantes eran criminales, estos mismos medios que hacen ver nuestras movilizaciones como actos vandálicos y deslegitiman nuestra causa.

He visto tantos abusos, mamá, la fuerza pública le rinde culto a la violencia y temo cuando el mismo pueblo colombiano la avala. Pero persistimos, sobreponemos nuestras fuerzas ante la podredumbre de un Gobierno que convierte nuestros derechos en servicios, que nos vulnera, que nos ataca. Y a pesar de que hay días donde flaquean las fuerzas, donde el cansancio se apodera de nuestros cuerpos y entra una debilidad que parece ponderar, aparece poco a poco una insospechada esperanza que nos cubre y nos dice que cada gota de sudor que dejamos en la calle vale la pena, que cada discurso emancipa una mente y que cada día que nos hallamos enfrentando a un gobierno represivo es un día más en el que podemos emprender vuelo, en el que moldeamos nuestras exigencias por la educación que por derecho debemos tener.

Estoy segura de que estos meses, y los que vienen, quedarán inscritos en la historia. Hoy siento que tengo mi esperanza intacta y que iré hasta donde sea necesario en esta lucha por nuestros derechos. Por eso, mamá, quiero que sepas que si algún día no vuelvo el culpable fue Estado; el único que por mantener sus intereses infectos podría agotar una vida.

Aquí sigo y aquí estaré siempre resistiendo.

Con amor,
Tu hija.

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