Navidad en Marquetalia

El 23 de diciembre, la señora María se alista para salir. El “Willis”, único medio de transporte desde la vereda “Las Gaviotas” hacia el casco urbano de Marquetalia, solo pasa tres veces al día; María no puede perder el turno de las 8:20 a.m.

–Súbase, mijita–, me dice cariñosamente cuando el transporte llega.

La señora María es mi abuela. Vamos al pueblo para hacer las compras de la noche buena

Contrario a lo imaginado, no vamos a comprar regalos para nuestros familiares; emprendemos una búsqueda por alimentos para preparar buñuelos y natilla. Los ingredientes del tradicional sancocho de gallina están listos.

Marquetalia es un pueblito ubicado en el oriente de Caldas, que normalmente es asociado con el nacimiento de las FARC producto de una confusión: ese también es el nombre de la vereda del municipio de Planadas, Tolima, donde ocurrió la génesis de este grupo y existió una “República independiente”. El municipio caldense tiene una vocación cafetera, por lo cual, conseguir los ingredientes para elaborar unos buñuelos y una natilla implica el desplazamiento hasta un supermercado: muy pocos campesinos tienen vacas o comercializan lácteos en las veredas.

El supermercado está atiborrado de gente, en los pasillos no cabe un ser más. Solo es posible ver las manos desesperadas de los compradores en un confuso acto de arrebatamiento de productos. Finalmente, lo logramos: llevamos la leche, el queso, la masa y las cajas de natilla.

Nos sentamos en una cafetería para tomar “pintadito”. El turno de regreso sale a la 1:30 p.m.

–Mijita, yo les voy a hacer también de esta natilla, pero yo tengo mi maíz remojado, usted sabe que la natilla de verdad se hace con el maíz–, suelta una carcajada. Ella tiene razón, su receta tradicional de natilla, elaborada con maíz, panela y canela (al que adiciona un poco de leche para darle el toque mágico) es única y el resultado es delicioso.

–¿Quién le dio esa receta, abuela? –, pregunto.

–Mi mamá me la enseñó cuando tenía nueve años. Como yo soy la mayor, desde pequeña le ayudé con los quehaceres de la casa y a cuidar a mis hermanos. Todos los 24, desde temprano, las dos empezábamos a moler el maíz y así aprendí a hacer la natilla. No hay un año en el que no la haya preparado–.

Finalmente, emprendemos el camino de regreso. En casa, esperamos la llegada de algunos familiares que viven en otras ciudades. Uno tras otro van llegando, hasta que la casa se asemeja a ese supermercado que visitamos más temprano. Los niños corren, las hermanas se reencuentran y las risas no paran. La sonrisa de mi abuela se queda grabada en su rostro.

–Abuela, te noto muy contenta–, le susurro en el oído.

-Sí, mijita, mucho. Esta es la verdadera navidad, ver a mis hijitas y compartir con ellas momentos felices. Ni el sancocho ni la natilla importan mucho, la navidad es la única fecha que nos reúne a todos… eso no lo cambio por nada.

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Estefanía Ospina

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