Una madre del territorio

Mamá últimamente estaba muy feliz por lograr motivar a las familias de la vereda a participar en las iniciativas de defensa y protección del territorio. Esta tierra le recordaba la paz y la tranquilidad de aquellos años cuando vivía con mi papá. Estaba muy ilusionada y convencida de que la vereda podía ser productiva y autosostenible.

Mamá aprendió a fondo los vericuetos de la ley de víctimas. Se capacitó y enseñó a otras mujeres los procedimientos necesarios para reclamar el cumplimiento de sus derechos. Reivindicó siempre los derechos de las mujeres afrodescendientes. Y participó activamente en las diferentes iniciativas de memoria adelantadas por la Mesa de Víctimas de Santa Marta.

Nació el 26 de septiembre de 1958 en La Jagua de Ibirico, uno de los yacimientos de carbón más importantes del país ubicado al norte del Cesar. Maritza Isabel Quiroz Leyva, mi Mamá, pasó su niñez dedicada a las labores del campo. Se levantaba a las cinco de la mañana para ir al colegio. Como no había energía eléctrica en el pueblo, la gente alumbraba con mechones. En la tarde se quitaba el uniforme y salía a vender cocadas, caballitos y otros dulces hechos por su tía.

Cuando la tía entró en crisis económica, y Mamá tuvo que buscar otras alternativas, ganó una beca otorgada por el colegio. Con el dinero de la beca solventaba los gastos de transporte y adquiría los libros necesarios. Siempre fue una alumna destacada, se graduó con honores, y cosechó muchas amistades.
En esa época, la modistería, oficio al que se dedicaba una de sus primas, despertó en Mamá una pasión. Poco a poco perfeccionó el arte que practicaba con dedicación en la máquina de la prima. Años después conoció una amiga en Barranquilla y se fue para su casa. A cambio de ayudarle en los quehaceres del hogar, la amiga la recompensaba con tiempo y dinero para que cursara una técnica en modistería. Mamá aprovechó también para cursar algunos semestres de inglés.

La amiga barranquillera le presentó una pareja joven que tenía dos hijos y una finca en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. La invitaron a pasar una temporada en la finca y Mamá, que siempre amó la tranquilidad del campo, aceptó encantada. Visitaba con frecuencia la finca, hasta que un día decidió quedarse definitivamente. Estando allí descubrió que muchos niños y jóvenes de la región no podían acceder a la educación por vivir lejos de la ciudad o del municipio más cercano. Ayudada por los padres de familia, Mamá creó una escuela en la que le enseñaba a los niños a leer y a escribir.

En la Sierra conoció al padre de su primer hijo. Después del nacimiento y la ruptura con el papá del niño, Mamá se mudó a Santa Rosalía, vereda de Ciénaga Magdalena. Años después se trasladó a Santa Marta y luego a Aruba en busca de mejores vientos. Las condiciones inesperadas la obligaron a retornar. De nuevo en la Sierra floreció el amor. Formó un nuevo hogar y tuvo cinco hijos, yo soy la tercera de ellos. Los primeros años la familia sorteó muchas dificultades. Con arduo trabajo logramos pactar con el dueño de la finca la repartición por partes iguales de las utilidades de la finca sembrada de frutales y cultivos de pancoger.

Tras 12 años de empeño, decidimos invertir en un terreno propio. Preocupada por el difícil acceso educativo, Mamá contactó al rector de San Javier de la Sierra, el pueblo más cercano ubicado a diez horas a lomo de mula, para acceder al material educativo con el cual ella pudiera educarnos a nosotros y a los niños de la zona. El rector además se comprometió a que una vez finalizado quinto de primaria, el colegio realizaba las pruebas saber y demás exámenes necesarios para certificar a los estudiantes.

Mamá logró que en 2003 los pequeños que aprobaron quinto pudieran continuar sus estudios secundarios por medio de casetes que tenían grabadas las lecciones de ciencias sociales, español, inglés, religión, matemáticas y ciencias naturales del bachillerato radial emitido diariamente a las seis de la tarde por Inravisión.

La familia gozaba de gran prosperidad económica, estabilidad emocional, laboral y familiar en esa época. La producción abundaba, gozábamos de paz y tranquilidad, teníamos todas las necesidades satisfechas. Inesperadamente la violencia derrumbó todo. La muerte de mi papá y un tío nos obligó a dejar nuestra tierra y la vida que soñó Mamá; todos sus planes y esperanzas quedaron destrozadas.

“La mejor herencia que se puede dejar es el conocimiento”, decía Mamá. A pesar de las dificultades que afrontamos en Santa Marta, batalló, interpuso infinidad de tutelas, desempeñó oficios de modistería, labores domésticas en residencias e instituciones, educó y alfabetizó población adulta, trabajó la tierra, y defendió los derechos de las mujeres rurales y la población víctima para que nosotros pudiéramos estudiar y ser hoy en día técnicos, tecnólogos y profesionales.

El 26 de diciembre del 2013, mediante resolución 14435 del INCODER, Mamá y las familias de ocho mujeres accedieron a un subsidio integral para la compra de tierras, el cual hicieron efectivo con la compra del predio El Diviso, ubicado en la vereda San Isidro de Santa Marta.

Inicialmente pensaron trabajar el predio de manera colectiva, pero por algunas diferencias decidieron parcelarlo para que cada familia trabajara su parte. Esta no fue la única dificultad. El subsidio contemplaba la entrega de las tierras y un capital que nunca llegó. Las semillas que nos dieron eran de productos que no se pueden cosechar en la región. Además de esto, necesitábamos sistemas de riego pues la finca contaba con pocas fuentes hídricas. Y al entregar el predio, las medidas no correspondían a las reales, las familias tuvimos que contratar topógrafos para corregir las medidas.

A pesar de todo, Mamá era feliz con esas tierras, quería que visitantes de otros lugares conocieran el campo, se enamoraran de él y comprendieran la importancia de cuidarlo, de destinar recursos para trabajarlo. Decía que esto era un gran tesoro que no estaba siendo aprovechado, porque muchos en lugar de sembrar lo explotaban en busca de minerales, destruyendo el futuro de todos por riquezas pasajeras.

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Ariadna Bérmudez Quiroz

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