Permanecer en el territorio: un reto para la población chocana de panamacito

Un equipo de periodistas viajó a la región del San Juan, en el departamento del Chocó, por invitación de una comunidad que quiere mostrar un lado más positivo de su territorio. Esta es una alianza Periferia – Zona Croma Comunicaciones.

El San Juan es uno de los ríos más importantes que tiene Colombia, aunque no sea tan mencionado como el río Cauca o el Magdalena. Nace en el Cerro de Caramanta, en límites de Antioquia y Risaralda, pasa por este último departamento, llega al Chocó y sigue su recorrido casi de manera paralela a la carretera Pereira – Quibdó, desde la vereda de Mumbú, a aproximadamente 50 kilómetros de Pueblo Rico, Risaralda. Luego de pasar por Istmina, sus aguas se convierten en la principal vía de transporte para muchas comunidades, que a punta de canalete o motor fuera de borda, se comunican entre sí y con el resto del país.

Siguiendo el recorrido por el San Juan, nos podemos encontrar diferentes comunidades, algunas organizadas en Resguardos Indígenas o en Consejos Comunitarios. En esta región el 95% de la población es afrocolombiana o negra, mientras que los mestizos, o paisas en el argot de la región, solo son el 3%, y los indígenas el 2%; sin embargo, las necesidades básicas insatisfechas golpean a todos por igual. Mientras bajamos por el río las casas hechas de cemento y ladrillo dan paso a casas hechas de madera, unas más grandes y elaboradas, otras solo con un piso y un techo de hoja de palma, todas ellas separadas del suelo por un metro o más, previendo el aumento del caudal del San Juan en época de lluvias.

Luego de algunas horas de viaje por el río, pasamos por varias comunidades, en donde nombres españoles se mezclan con nombres indígenas: San Miguel, Noanamá, Fujiadó, Potedó, Panamacito. En esta última comunidad nos quedamos por invitación de Willington Murillo, quien reiteró que “aquí estamos disponibles a que vengan a conocer, que se den cuenta de la realidad que vivimos nosotros acá, y que no es lo que muestran afuera, somos unas comunidades acogedoras con disponibilidad de prestar atención a todo el que llegue”.

Desafortunadamente, en esta parte del Chocó el conflicto armado ha sido lo único que los medios masivos han mostrado en los últimos años. Pero la situación no es fácil, después de la cabecera municipal de Istmina, por el río San Juan, hacen presencia diversos actores armados, la Armada, la Policía y el Ejercito; los paramilitares o bandas criminales como las llamadas Autodefensas Gaitanistas, y además la guerrilla del ELN; anteriormente también hacían presencia las FARC, pero luego del Acuerdo de La Habana con el gobierno de Santos no quedaron ni las disidencias. Por ahora, porque en esta parte del país, como en muchas otras, su riqueza ha sido un imán para los grupos armados, en una mezcla explosiva: oro, madera, coca y difícil acceso por lo adverso del terreno.

Pero Willington no quiere hablar de la guerra, sino del cambio. “Invitamos a todas esas personas que hoy quieran conocer una cosa tan especial que tiene el Chocó, que es su naturaleza, a que vengan y que se lleven una imagen de este paisaje tan hermoso que verdaderamente muchos no conocen”. En un recorrido por la comunidad, él nos cuenta que allí se produce arroz y tienen una trilladora donde procesan no solo lo que ellos cultivan, sino lo de otras comunidades cercanas. Con algunas familias intentaron un proyecto de Sacha Inchi, el maní Inca, pero las dificultades del transporte y posterior comercialización, sumado a la falta de apoyo por parte del Estado, dejaron pausado el proyecto. “Aquí se cultiva el arroz, se cultiva el maíz, todo se cultiva aquí, nosotros compramos el arroz cuando se nos acaba el de la cosecha, del maíz hacemos envueltos, hacemos mazamorra”, nos narra Josefina Murillo, una habitante de Panamacito, mientras su hija le hace trenzas en su canoso cabello.

En el camino nos encontramos con Clemente Perea, docente de la comunidad, y nos comenta que “las principales problemáticas de esta comunidad se refieren a la cuestión de la energía, el problema económico, el problema del transporte, el problema de la educación”. En ese sentido, Willington dice: “¿Problemáticas? El abandono del Estado, las malas condiciones de los centros de salud, no hay hospital, estamos sin vías de comunicación”. Doña Josefina nos cuenta otra situación que viven los habitantes de Panamacito: “...el problema es que aquí en el Chocó, los niños apenas terminan la primaria y el que quiera seguir estudiando por obligación se tiene que ir. A la mamá que no quiera dejar ir a su hijo solo, pues le toca irse también, por eso, por falta de esas cosas, se están quedando los campos solos, porque todos los niños, el papá o la mamá que quiera ver estudiar a su hijo, tiene que mandarlo que pa' Cali, pa' Istmina, el niño se puede ir llorando porque no se quiera ir, pero se tiene que ir porque no hay cómo terminar el bachillerato, entonces eso es algo que nos afecta mucho a las comunidades”.

A pesar de las dificultades que viven las comunidades, son pocos los que realmente quieren irse de sus territorios, pero ante la falta de alternativas, no son muchas las opciones que le quedan a las familias que han vivido por generaciones en esta comunidad, como el caso de doña Josefina, que nació y se crio en la comunidad de Panamacito, sigue allí desde hace 63 años y dice que no se quiere ir, ni quiere que sus hijos o nietos se vayan de esta región.

Contrario a los deseos que tiene la población, las casas se van quedando sin habitantes, abandonadas, no solo en esta comunidad, sino en muchas otras del Chocó; pero no es la violencia del conflicto lo que los está desplazando, sino la falta de oportunidades para progresar. ¿Cuáles son las garantías que le brinda el Estado? Muy pocas según comentan los habitantes en una reunión que convocó Willington horas después de nuestra llegada, en donde las voces de reclamo se multiplicaban y se podían resumir en una frase: “abandono estatal”. Piden mayor acompañamiento para iniciar proyectos productivos que funcionen a largo plazo, quieren vías de acceso, comercialización de productos. ¿Para qué lo piden? Para organizarse en asociaciones o cooperativas que les permitan mejorar sus condiciones de vida, quieren poder vender lo que producen y no tener que recurrir a la economía ilegal, pero sobre todo quieren que el Estado cumpla con sus obligaciones y les garantice sus derechos básicos.

 

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