Mamacoca: fuerza de los pueblos que luchan

“Por la fuerza que nos da el sumo creador sobre nuestra madre tierra,
con el acompañamiento del sol, la luna, los páramos, los ríos,
nuestros espíritus celestes,
la verraquera tierna de nuestros mayores,
los de aquí, los que se quedaron allá, los que están en el más allá,
con esa fuerza de la mujer generadora de vida,
con la alegría de nuestros niños,
con el entusiasmo de nuestros jóvenes, de nuestras señoritas,
conjuramos y exorcizamos nuestras semillas, nuestra hoja de coca,
nuestro territorio, nuestros pasos para subir al cerro,
para que a través de esta energía perviva en nuestros territorios”.
Herney Ruíz.

En Lerma, lo ancestral no es cosa del pasado. Por decisión de sus habitantes, las tradiciones y la cultura se recrean día a día, como una forma potente de hacerle frente a los problemas y cambiar el curso de su propia historia. Campesinos como Herney Ruíz trabajan a diario por recuperar las semillas propias, y por arraigar nuevamente el uso medicinal y nutricional de la coca, planta que años atrás se convirtió en el flagelo y la desesperanza de este pueblo. Hoy Lerma es un territorio campesino que contagia de la energía creadora y la fuerza transformadora de sus líderes sociales, de su misticismo y, sobre todo, de su amor y respeto por la hoja de coca.

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Lerma es un corregimiento de Bolívar, Cauca, ubicado sobre el macizo colombiano, y adornado con su cerro, uno de los miradores más importantes de esta región. La historia de este pequeño caserío, investigada y apropiada minuciosamente por sus habitantes, da cuenta de un territorio que, entre 1838 y 1851, se pobló con indígenas, afros y colonos que se mezclaron entre ellos. Café, garbanzo, maíz y yuca eran la base del sustento económico, y la coca un alimento y medicina. Lo más importante de estos años es que en Lerma, a pesar de ser un territorio olvidado, se vivía con calma.

En 1979 sobrevino la desgracia. Los Cuerpos de Paz, agencias estadounidenses que llegaron a Colombia con la misión de pacificar y hacer trabajo social, paradójicamente trajeron consigo la violencia a este territorio. Estos forasteros de ojos azules, cabello rubio y habla diferente, como se refieren a ellos los abuelos campesinos, se encargaron de enseñarle a la comunidad (igual que en otras zonas del país) a transformar la hoja de coca en cocaína. Y es que según explica Luis Alberto Gómez, profesor de Lerma, “hasta entonces nosotros no sabíamos que de la coca se sacaba cocaína. De un momento a otro empezamos a ver que la gente ya no la vendía tostada, para mambear, sino que la empezaba a comerciar cruda, pero no se sabía para qué era”.

Así empezó la bonanza cocalera. La libra de coca que se vendía a cinco centavos tostada, empezó a venderse a 50 centavos pero cruda, y luego a cinco pesos, hasta llegar, a finales de los 80, a valer 500 pesos. Por este flujo de dinero que generó la coca, los cultivos tradicionales se acabaron. Todo se vendía, todo se compraba. En cada casa (para entonces no eran más de 150 viviendas) había un carro o una moto, y también una empleada de servicio. Aunque no había energía eléctrica, había nevera. Y la mejor forma de divertirse era “echando plomo al aire”, porque cada uno portaba su arma.

La abundancia que pensaron duraría para siempre, se acabó cuatro años después, en el 83, cuando llegó la primera erradicación y la coca bajó de precio. El dinero dejó de circular como antes, y “como ya no había plata empezaron a robar entre ellos mismos. Pero si a mí me robaban yo estaba armado, y respondía con violencia. Empezaron las primeras muertes entre nuestras familias”, explica Luis Alberto. La población también empezó en un proceso de drogadicción, dado que por la falta de dinero, a los trabajadores se les pagaba con bazuco; niños, hombres y mujeres lo fumaban, y muchos no pudieron dejarlo. En este pequeño caserío había 15 cantinas, cinco griles y dos estancos, y a los extranjeros de los Cuerpos de Paz solo se les entendía cuando exclamaban “¡fuma, fuma, fuma!”.

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Cuando la bonanza cocalera empezó, Herney Ruíz tenía 11 años. Él y su mamá regresaron a Lerma, su lugar de origen, para sembrar con coca el cuarto de hectárea que tenían de herencia. A Herney le gustaba el campo, por eso cuando se terminó la bonanza y su mamá se fue, Herney “se rebeló” y decidió quedarse a vivir con sus tías. La violencia comenzó, y de manera inevitable se vio involucrado. Dice que recuerda haberse fumado, a esa edad, 250 cigarrillos de bazuco, pues a él como a todos le pagaban con base de coca. Sin embargo, la formación que recibió de su mamá lo llevó pronto a entender que eso no era bueno. “Ese humo que se iba uno como que lo quería atrapar, otra vez cogerlo, entonces llegó un momento en que decidí no ir a trabajar más, y esa fue la única manera de salirme de eso”, recuerda.


La vida en Lerma se ponía cada vez más difícil por la violencia interna. Pero él y un grupo de muchachos se resguardaron en el fútbol; construyeron en su vereda una cancha, y mientras la gente se mataba ellos jugaban. Herney se convirtió en el capitán del equipo que formaron y ese, recuerda muy bien, fue su primer liderazgo.

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La violencia en Lerma, que duró cinco años, dejó más de 120 muertes violentas; una cuarta parte de la población si se tiene en cuenta que para entonces el casco urbano tenía 400 habitantes. El panorama era crítico y algunos, cansados de la situación, clamaban para que llegara alguien que pudiera ayudarlos a salir del problema.

Fue así como Walter Gaviria, un lermeño que había logrado salir, estudiar y hacerse filósofo, regresó a Lerma en 1988 con la esperanza de hacer algo por su pueblo. Convocó a las juntas de acción comunal, a los pocos profesores de primaria, al inspector de Policía, a comerciantes, artistas y madres comunitarias, para encontrar salidas conjuntas a este problema. Discutieron, dieron ideas como por ejemplo revivir el puesto de Policía que se había acabado o instalar un batallón, pero las sabias palabras de un “gallero” llamado Roberto Quiñones fueron la base de la transformación en Lerma: “con los huevos malos ya no hay nada qué hacer, tenemos que anidar nuevos huevos para sacar nuevos pollos y verdaderos gallos de pelea”.

Entendieron así que necesitaban crear un colegio y fortalecer su proceso educativo con los niños y jóvenes. Además, que era necesario recuperar el sentido de pertenencia y la identidad a través del arte, la danza, el teatro y la cultura. También, que todo esto sería posible si mantenían intacta esta organización comunitaria. Y como este era un trabajo de largo aliento, también decidieron emprender acciones inmediatas: se dieron cuenta que se mataban entre ellos cuando estaban borrachos, por lo que autónomamente decidieron cerrar las cantinas y todos los sitios donde se expendiera licor. Durante diez años que estuvieron cerradas las cantinas, en Lerma hubo cero muertes violentas. Dejó de ser conocido como el pueblo donde se mataba o se robaba, para reconocerse por ser un territorio donde se construía paz.

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Cuando Walter Gaviria inició los talleres con los jóvenes, a Herney ya lo había picado el “bichito” de la rebeldía. Por eso se metió a hacer teatro y a aprender guitarra. “Uno no sabe si la cultura nace o se hace, pero ahí estaba en medio de esa violencia”, dice Herney, quien además empezó su propia escuela de estar preguntando: “Bueno, y yo quién diablos soy, por qué nací en Lerma, cómo hizo para poblarse Lerma, por qué nos encarcelan, por qué nos persiguen, por qué mascamos coca y cuáles son sus usos. Me agarré a investigar y a hablar con mi mamá, con unos tíos, con un tío de mi mamá, y me contaron historias bonitas, tristes, de guerra, por ejemplo que a la abuela le tocaba internarse en la montaña cuando se llevaban a los hombres, y que ella comía tal planta o la otra porque no se podía cocinar”.

Herney empezó a profundizar principalmente en los conocimientos alrededor de la coca. Por la misma época, fuertes movilizaciones surgieron en esta región agobiada por el olvido estatal, en las que él y otros tantos campesinos de Lerma participaron motivados por un mismo ideal. Nació el Comité de Integración del Macizo colombiano – CIMA-, y sin dudarlo se articularon. Esto fue importante para el fortalecimiento de su estructura organizativa, y para mostrar el proceso de Lerma hacia el resto del país. Gracias a esto, en 1993 Lerma fue reconocido como la mejor experiencia de autogestión comunitaria por el premio Luis Carlos Galán Sarmiento. Años después, en el 2013 y 2016, fue reconocido por el municipio y el departamento, respectivamente, como un Territorio de Convivencia y Paz.

Con el legado de Walter y los líderes del CIMA, Herney emprendió su liderazgo. Terminó su bachillerato, se hizo promotor de salud con la alcaldía, y luego con la empresa comunitaria Salud Bolívar de cuya creación también participó. Estudiar en una universidad se le hacía difícil, entonces se inscribió a la universidad de la vida, como él la llama, y se dedicó a estudiar “los secretos de los abuelos porque se están muriendo y se están perdiendo; la medicina tradicional porque nos hacen el paseo de la muerte y también es responsabilidad de nosotros, que cambiamos nuestros hábitos culturales de vida; la alimentación propia porque ahí está la esencia de la vida; también nuestros mitos y leyendas, los juegos tradicionales, entre otros”.

En estas, salió electo como concejal con la cuarta votación más alta de todo el municipio. Dice que fueron los cuatro años más largos de su vida por el conflicto armado en los territorios, y la persecución hacia los líderes sociales que lo obligaba a andar con miedo. Terminó su periodo, y con la formación recibida continuó desde el CIMA promoviendo el reconocimiento del uso tradicional de la hoja de coca para los campesinos. “La ley lo reconoce para los indígenas y no para los campesinos. Pero si uno mira la historia de nosotros que somos de Bolívar, se da cuenta que cuando todavía no había carretera para Popayán, ya nos llamaban bolsiverdes, porque los campesinos iban mascando coca, y de tanto mascar la bolsa o picha se volvía verde”.

Desde eso, Herney se ha encargado de llevar la coca a todo lado, a las reuniones, a las movilizaciones y encuentros. Ha logrado que muchos campesinos dejen de esconderse y sentir vergüenza por mascar la coca, y en ese proceso ya se conocen en Lerma 150 mascadores de coca. No deja de investigar sus usos y hoy, a través de una escuela agroambiental que se conserva desde los Laboratorios de Paz, tiene un proceso con 50 familias que directa e indirectamente se dedican al rescate de las semillas, al mambeo de la hoja y a la trasformación de la coca en productos y artesanías. Esto se suma a toda la estructura organizativa de Lerma, compuesta por la institución educativa, la Junta Territorio, Convivencia y Paz, las JAC, las iglesias, los grupos de mujeres, los guardianes de semillas, y el consejo afro.

Herney tiene su tienda donde comercializa productos como galletas, harina, hoja tostada, pan, artesanías y algunas postales de Lerma. Dice, y no hay que dudarlo, que en cualquier encuentro de coca en el país, si no está Lerma no hay coca, y ha logrado que los indígenas de la región dejen de pelearse el derecho exclusivo a mambear, demostrando que en su territorio la coca es el elemento transversal de su proceso de vida y resistencia.

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Sara López

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