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¿Jair, y ahora?

En un artículo de mayo de 2017, año anterior al de las elecciones en Brasil, escribimos: "Dado el fracaso venidero de este gobierno, quedarán solamente tres fichas de apuesta: la de la farsa estética, la de un gran pacto, o la de la fuerza. [...] La apuesta más certera de las clases dominantes para 2018 sería la de establecer un candidato que no se atreviera a retroceder al proyecto de Temer, pero que le diera una nueva actitud y ofreciera también aparentes beneficios al pueblo. [...] El problema, naturalmente, será mantener la farsa estética suficientemente luminosa, para cegar al pueblo de su dura realidad cotidiana. [...] Agotadas las posibilidades anteriores, quedará solamente la suspensión de las fachadas democráticas, que puede ocurrir de varias maneras – más o menos institucionales – y es la opción más peligrosa, aunque la más lucrativa”.

Pues bien: este primero de enero asumió la presidencia el capitán reformado Jair Messias Bolsonaro, elegido tras recibir cerca de 58 millones de votos en las elecciones de octubre de 2018. Es el presidente de la farsa estética por la promesa de la fuerza. Y, como sistematizamos en mayo, cuando la primera se disuelva, la última triunfará.

El Datafolha da cuenta de algunos datos interesantes en cuanto a la expectativa de los brasileños con el nuevo gobierno. Primero: el 65% tiene una expectativa óptima o buena en el nuevo gobierno. Aunque parezca alto a primera vista, el número es el más bajo desde Fernando Collor (71%), pasando por Fernando Henrique Cardoso (70%), Lula (76%) y Dilma (73%). Además, en lo que se refiere a las malas valoraciones o pésimas, Bolsonaro bate récord, con el 12% (Collor tenía un 4%; FHC, 5%; Lula, 3%; Dilma 6%). Segundo: la mayor parte de los brasileños (46%) cree que es en el combate a la violencia que el nuevo gobierno actuará más.

Es decir: desde 1990, Bolsonaro es el presidente que menos cuenta con uno de los componentes fundamentales de Brasil: la buena expectativa. Y, por otro lado, es el que más desconfianza tiene por parte de los brasileños.

Del marrón globalizante al mar de barro…

Hasta un niño pequeño sabe identificar que al mezclar muchos colores y tonos, todo se vuelve marrón, un lodo sin vivacidad. Y fue contra ese marrón de la mezcla de tonos que Bolsonaro hizo sus motos y llegó a la Presidencia.

En la economía, el vacío se caracterizaba por una política que estimulaba el consumo sin estimular la producción. Millones de brasileños accedieron a bienes que nunca habían tenido antes –básicos o superfluos, es bueno resaltar, sin que hubiera una política de desarrollo productivo (sea industrial, sea en la infraestructura básica). El resultado es que, por un lado, Brasil profundizó su dependencia, mientras que, por otro, se convirtió en un nuevo gran mercado consumidor. A pesar de las aparentes ganancias con el crecimiento económico, se hacía imposible mantener el cálculo económico acertado, ya que la generación de empleos se perjudicó, al menos en lo que se refiere a la calidad. En otras palabras: lo que doña María, a los 60 años, pasó a comprar, es lo que su hija, a los 30, no producía. Los bienes más relevantes para el desarrollo del país eran aquellos que Brasil más importaba. Para pagar la cuenta, producía y exportaba productos básicos que, para un proyecto de desarrollo nacional, no tienen gran relevancia. Tal vez el esfuerzo pudiera dar resultados en 30 o 40 años, pero en este continente el mundo político parece siempre girar más rápido que el económico.

En la política, este vacío se caracterizó por el acuerdo, por el amansamiento, por la negación de las diferencias conflictivas en favor de una afirmación de diferencias que supuestamente comulgan. Y si esto fue verdad en la "alta política" de los acuerdos infinitos de los gobiernos Lula, y en su continuación en los gobiernos Dilma, que llegó a intentar concederle al enemigo casi en absoluto en su segundo gobierno, para que este dejara de avanzar (y su falta de éxito hoy nos prueba que en este país las diferencias de hecho no comulgan por milagro divino), en la "baja política", en las costumbres, eso también fue real. La percepción de que hubo un cierto salto ideológico en Brasil durante los gobiernos petistas (del Partido de los Trabajadores), en especial entre los más jóvenes, aunque sea absolutamente exagerada e incluso falsificada por Bolsonaro y su campaña, tiene razón de ser.

En la medida en que las demandas tradicionales y concretas de las izquierdas fueron un tanto paralizadas por el estímulo al consumo y el burocratismo inmóvil del Partido de los Trabajadores, las demandas de las llamadas minorías crecieron y se fortalecieron, siguiendo un movimiento más o menos alineado globalmente. Primero porque pobres, negros y mujeres pasaron a otra situación social, aunque no tuvieran un gran salto económico. Los primeros fueron ampliamente insertados en el mercado consumidor, y todos tuvieron un avance inmenso  en el acceso a la enseñanza superior. Pero ¿a qué enseñanza superior? ¿Ha habido una propuesta de reforma educativa amplia, por ejemplo? ¿Una dirección, por parte del Partido de los Trabajadores, de esa masa que pasaba a politizarse en las universidades? No.

En la ausencia de un direccionamiento ideológico que chocara en lo real con la dominación a la que son sometidos, estos grupos fueron revestidos por la ideología dominante, pero por una línea ideológica que abraza, o al menos que aparenta abrazar sus demandas: una concepción de "activismo" típica del primer mundo cosmopolita, en que todos los problemas deben ser resueltos por la “iluminación de los incultos” y por la “modernización de los atrasados” (pero ni en el primer mundo esto parece ocurrir, y la victoria de Trump sobre Hillary Clinton es un indicativo de esto). Tal fue la magnitud de este proceso que hasta la Red Globo de Televisión, aliada del régimen durante la dictadura militar, pasó por un proceso de "modernización" en este sentido (la reportera Renata Vasconcellos presionando a Bolsonaro en cuanto a la cuestión de los salarios desiguales, la temporada de una telenovela juvenil cuyo gran motivo era "abrazar las diferencias", etc.).

Este es el primer punto: el embate político real fue desalentado, y en su lugar triunfó un embate ideológico que, bajo los auspicios de una cierta concepción de modernidad, no fue capaz de conversar con el país, al mismo tiempo que infló, en el nivel ideológico, la reacción conservadora.

El segundo punto es que no hubo una alteración, bajo los gobiernos petistas, en las relaciones concretas de esos grupos con la sociedad en general (de nuevo: porque fue meramente ideológica y, aún más, sin dirección). Los asesinatos masivos de jóvenes negros no cesaron, ni hubo una política amplia y radical de enfrentamiento al feminicidio. Las relaciones de trabajo, para ambos, tampoco fueron alteradas: mujeres y negros no pasaron a otra situación económica, aunque cada vez más estuvieran cursando la enseñanza superior. No hubo una reforma política que estableciera un mínimo de candidaturas provenientes de esos grupos, ni una reforma en las policías en cuanto al trato dado a ellos.

En el discurso, las demandas de estos grupos se convirtieron en el centro. Pero, en realidad, siguieron marginados. Un ejemplo más lúcido: el principal programa de vivienda de los gobiernos petistas fue el Minha Casa, Minha Vida ("Mi Casa, Mi Vida"). En este programa, el Estado financiaba o subsidiaba la compra de apartamentos, construidos por empresas privadas. ¿Y dónde se construyeron los apartamentos para las familias más pobres, que, en Brasil, son formadas mayoritariamente por la población negra? En las periferias, literalmente marginadas del centro.

La esperanza era que, tras algunos cambios sociales, los conflictos se resolverían por sí mismos. Pero el gran estadista no espera nada de nada. No espera que ciertos estímulos basten para que la economía se ajuste, ni calcula en treinta años los cambios que, a su pueblo, son urgentes. El gran estadista dirige, y dirige con puño firme, teniendo siempre en mente el enfrentamiento. Hay que crear orden a partir del caos. Y, cuando el orden presente no agrada, ha de transformarlo en caos, por la convicción contenciosa e intransigente, para establecer un nuevo orden. Imaginar crear un nuevo orden a partir del orden de ayer: este fue el pecado del PT. Crear un ordenamiento aún más duro, pintando como caos lo que era orden: esta es la virtud de Bolsonaro. Esta es la farsa estética.

Barro rojo

Los gobiernos petistas, tanto en lo que se refiere al campo económico como el político, significaron por lo tanto un cierto intento de mediación de los problemas brasileños entre dos mundos (el de los ricos y el de los pobres) que el fortalecimiento de uno de esos mundos. Bolsonaro se eligió precisamente por eso: porque esta mediación representaba una gran mezcla de tintas que, al final, se vuelve marrón, vacía, sin significado. Triunfó en ese vacío para reafirmar, por la violencia, el mundo de los ricos.

En la economía, Bolsonaro de hecho no propone nada. Quien lo hace es el responsable por la cartera, Paulo Guedes, con sus planes milagrosos de ultraliberalización. Privatizaciones de estatales, recorte de gastos, retirada de derechos: las pautas preferenciales de los ricos, con el apoyo esperanzado de la clase media (que compró esos discursos con la esperanza de mejores empleos, salarios etc.), contra los pobres.

En la política, promete una nueva cruzada moral (y eso aparentemente hace bien, a diferencia de los gobiernos petistas: quiere promover una escuela con partido único –aunque apodada “Sin Partido”–, hacer comunicación propia, etc.), confrontar con países disidentes y combatir a la criminalidad que, como vimos, es la esperanza de muchos.

Y así nacen los problemas, porque los sueños de una noche de verano de Paulo Guedes, aunque compartidos por las clases medias, pronto comenzarán a decepcionar. Después de todo, son los sueños de la élite. Hay una variable: a depender de lo que el gobierno escoja hacer (por ejemplo, liquidar en los próximos cuatro años las reservas internacionales de Brasil y/o conseguir préstamos con los norteamericanos), la revuelta de las clases medias podrá ser contenida momentáneamente. La de los pobres, sin embargo, es cierta. La nueva "cruzada moral" también pronto se desvanecerá (sea frente a un desastre económico, sea frente a la dura realidad que insiste en demostrar que ese tipo de "cambio", la farsa estética, poco altera la realidad). Por fin, el tan esperado combate a la criminalidad será inocuo. No sirve de nada estimular los deseos más violentos de la policía y de la sociedad, ni proveerlos de armas, mientras exista la intención de vivir con dignidad así sea necesario entregar el cuerpo a una celda o a los gusanos de la tierra. Y Pablo Guedes se encargará de aumentar cada vez más esta intención.

Si el proyecto de Bolsonaro fuera momentáneo, podría triunfar con relativo confort. Pero las élites quieren deshacerse por algún tiempo de los pactos. Cuando la fiesta termine, la luz se apague, el pueblo desaparezca y la noche se enfríe, se levantarán las revueltas (dirigidas, si actuamos con decisión, o difusas, si no lo hacemos) y solo será posible seguir con sus planes por medio de la violencia abierta, por la suspensión de los principios democráticos que lo hicieron presidente, por la guerra. Es probable que los planes sean asegurados hasta sin Bolsonaro.

¿Jair, y ahora?

Ahora viene el prometido mar de barro, que en estas tierras es rojo sangre. Si de 2015 a 2017 era necesario enfrentar al enemigo y sacar el poder de la iniciativa de sus manos, la tarea ahora parece imposible: ahora tiene toda la iniciativa, todo el aparato del Estado, la promesa de la radicalización y el uso de la violencia y, por encima de todo, la tan amada "legitimidad de las urnas".

En la izquierda, el Partido de los Trabajadores se desmorona. Su principal (¿o sería único?) líder está preso y así permanecerá; sus organizaciones de base se enfrentan cada vez más al sofocamiento económico; su nuevo líder (o algo así) insiste en las tesis ya comentadas sobre la “iluminación de los incultos” y “la modernización de los atrasados”. Mientras tanto, los sectores liberales de la izquierda quedarán cada vez más aislados. Primero porque el descontento que surgirá, de aquí en adelante, será más económico y concreto, y menos político e ideal. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno va a avanzar en el campo ideológico, restringiendo el terreno de estos sectores (al tiempo que los utilizará en sus tácticas de cortina de humo).

Solo los que se presten atención a las demandas concretas que surgirán, que fortalezcan y expandan sus bases, y mantengan una posición ideológica radical podrán enfrentar a Jair Bolsonaro. El tiempo urge.

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