¿Quién escribe la historia?

La embestida de la derecha latinoamericana, si bien es preocupante, no es para nada novedosa. Lo vemos claramente en el discurso militarista e intolerante de Jair Bolsonaro en Brasil, la jerga neoliberal de Mauricio Macri en Argentina y en el triunfalismo lastimero de Iván Duque en Colombia. Y precisamente uno de los viejos proyectos de la oligarquía será reescribir la historia, fundar un relato, tener un control total sobre la memoria colectiva de cada uno de sus ciudadanos.

Es así como el nombramiento de Rubén Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica, avizora la puesta en marcha de una estrategia que tiene como fin borrar los últimos cincuenta años de conflicto armado y de lucha de los diferentes sectores sociales golpeados por el poder estatal en nuestro país. Así como María Fernanda Cabal negaba tranquilamente la masacre de las bananeras (1928), amplios sectores de la derecha han creado un relato oficial de la violencia según el cual, por ejemplo, Pablo Escobar patrocinó la toma del palacio de justicia por parte del M-19, o la violencia sicarial en Medellín comenzó cuando el mismo M-19 repartió las armas hurtadas al cantón norte en Bogotá, tal como afirman sendos académicos de las universidades sin ningún rigor histórico o apego a la verdad.

Acevedo niega el conflicto armado en Colombia, sus víctimas, sus actores y sobre todo sus beneficiarios en una dinámica de negacionismo que nos condena a repetir los ciclos de violencia de manera sintomática. Pero veamos cómo el proyecto de fundar un relato propio es parte del discurso de las oligarquías en nuestro país.

Relato nacional en clave heroica
El proceso de construcción de la mayoría de las jóvenes naciones americanas pasó por el crisol de la guerra. La guerra de separación norteamericana llevó a los sectores más proclives al capitalismo industrial depredador a hacerse con el poder, mientras que del río Bravo (sur de Estados Unidos y norte de México) hacia abajo los sectores más retardatarios impusieron patrias fragmentadas, feudos familiares, donde las buenas costumbres, la fe y la gramática marcaron el rumbo intelectual por casi medio siglo.

Las incesantes guerras civiles en Colombia conocieron su cenit con la llamada “Guerra de los Mil Días”, la cual impuso el proyecto conservador donde la fe tuvo un papel fundamental en su sostenimiento. La construcción de la Iglesia del Voto Nacional (1899) junto a la firma de concordato con la Iglesia católica (1985) y la creación de la Academia Colombiana de Historia (1902), se encargaron de imponer un discurso de paz de los vencedores y construir un relato nacional basado en un pasado heroico, donde los padres de la patria inauguraron el tiempo a la manera de patriarcas bíblicos.

Más allá de reflexionar sobre el pasado inmediato (la guerra civil), los textos escolares y disertaciones universitarias se trasladaron al grito de la independencia y la campaña libertadora. La figura de Santander se ató al progreso de la patria y a un proyecto donde las haciendas y los apellidos heredados de la colonia serían los que dominen la nación.

La Academia Colombiana de Historia (donde sus primeros cultores no eran historiadores) ha creado el nuevo relato nacional donde los valores son representados por el caballero católico (Kempis), fino en sus maneras (Carreño), orgulloso de su pasado heroico (Henao y Arrubla) y bien hablante de la lengua (Caro y Cuervo).

Reconciliación nacional y educación cívica
El asesinato de Jorge Eliecer Gaitán incendió el país en un periodo conocido eufemísticamente como “La Violencia”, verdadera guerra civil que terminó en una dictadura militar y un pacto de partidos o “Frente Nacional”. El pacto, redactado por las familias más poderosas del país en España, repartió el poder político y económico en periodos de cuatro años. Las estructuras partidarias ostentaron los cargos gubernamentales y redujeron la democracia al rito del voto.

En este contexto el Ministerio de Educación replanteó la enseñanza de las ciencias sociales en clave de educación cívica. La recuperación de los símbolos patrios, la historia leída en clave heroica, la urbanidad y las buenas maneras, unidas a la historia sagrada reconfiguraron el relato nacional. En este, las grandes diferencias aparecieron ya desde la independencia y se redujeron a la perniciosa influencia de las revoluciones en nuestro país: el nuevo enemigo hizo su aparición en una conjura que amenazaba nuestra nación y sus valores. La revolución francesa (1789) y la revolución rusa (1917) y sus agentes (masones y bolcheviques) eran aquellos a quienes había que derrotar a través de una adecuada guía de la escuela y la iglesia.

Durante esta etapa que se extendió a hasta comienzos de la década de los noventa, la élite recicló a intelectuales como German Arciniegas con un discurso hispanista, de rancio abolengo racista. Se construyó una visión de la historia nacional sobre un pasado heroico y en franca dialéctica con una pretendida conspiración bolchevique internacional.

Los noventa y la apertura hacia el futuro
La apertura económica de Gaviria de mano de los “Chicago Boys” puso de moda una nueva jerga dentro de los estudios sociales: gobernabilidad, coalición de clases, acción comunicativa, organización no gubernamental. El sueño revolucionario se cambió por la pesadilla del mercado. Pero fue durante la “política de seguridad democrática” del Álvaro Uribe Vélez cuando los intelectuales en masa se plegaron al poder sobre tesis como “en Colombia no hay conflicto”, o sobre la necesidad de derrocar un pensamiento que según “analistas” como Alfredo Rangel o Eduardo Pizarro, era la causa verdadera de la emergencia de la guerrilla en Colombia.

Por otro lado, comenzó la persecución contra líderes sociales, ellos intelectuales orgánicos al servicio de las causas de los campesinos, obreros, estudiantes, víctimas del terrorismo de Estado y paramilitar. Intelectuales como Alfredo Correa de Andreis, Miguel Ángel Beltrán, Liliani Obando, Javier Díaz, Patricia Sanabria, Carlos Medina Gallego, Renán Vega Cantor, entre otros, pagaron con su libertad y algunas veces con sus vidas su lealtad al pensamiento crítico y su oposición a las formas de pensamiento único que campean impunemente por la academia. La característica principal de estos es el compromiso inquebrantable con el saber, la negación a los discursos de moda, pero también actuando al margen o paralelamente con la academia, para la construcción de nuevos espacios para la verdad, para la militancia, para el pensamiento crítico.

El proyecto del Centro Democrático de sancionar a los docentes que “adoctrinen” a sus estudiantes, o la publicación de cartillas donde se ponderen los “beneficios” de la “Seguridad Democrática”, no es más que recalcar el proyecto de las élites de re escribir el relato nacional, de apoderarse del pasado para también poseer el futuro.
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Hoy día entre el ruido del post conflicto se avizora un conflicto viejo, soterrado y oculto por los medios y la academia: el conflicto social. Es tarea de los intelectuales el no dejar que “la paz” como discurso movilizador de sensibilidades frene la protesta social, el llamado a las conquistas de la clase trabajadora y, por qué no, el giro de Colombia hacia el socialismo del siglo XXI, porque bien entiende quien escribe estas palabras que, parafraseando la frase de Foucault con respecto a Deleuze, “el siglo XXI será socialista o no será

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Álvaro  Lozano Gutiérrez

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