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El Alto Bobalí se resiste al control del Estado

Los días son cortos en los escarpados cañones del Catatumbo, donde la tierra cae precipitadamente hacia quebradas caudalosas de agua clara y rápida. El sol sale tarde sobre Venezuela, al este, y toma tiempo para despejar las nieblas blancas del bosque nuboso antes de pegar en los techos de hojalata de las fincas dispersas, agarrando precariamente los caminos de herradura pisados por los caballos y las mulas. Tan idílico como su nombre sugiere, por su belleza natural, El Edén ha sido azotado en las últimas décadas por el largo brazo de los actores del conflicto armado en Colombia.

Pertenece al Alto Bobalí, del municipio El Carmen, una zona originalmente ocupada por los indígenas Barí, y luego por la colonización de migrantes campesinos que buscaban mantener su cultura campesina en un país que ofrece cada vez menos acceso a la tierra. Ahora el Estado intenta ejercer control sobre este territorio debido a su valor estratégico en la guerra y el narcotráfico, y sus abundantes recursos naturales apetecidos por las transnacionales.

La violencia, según cuentan los habitantes del Alto Bobalí, inició por la presencia del paramilitarismo en la región, en la que veían gran potencial para la producción de marihuana y amapola debido al clima propicio y la falta de presencia estatal. Estos grupos paramilitares usaban la violencia de forma indiscriminada, y las luchas por el control del territorio entre ellos se resolvían a disparos.

Un campesino que habita una vereda del Alto Bobalí recordó su experiencia como cultivador de marihuana cuando era adolescente. “Si decías que te querías ir y que te pagaran, [los paramilitares] te esperaban en el camino y te daban plomo. Delante de los otros trabajadores te decían que podías irte y te pagaban, pero después te esperaban para matarte y recuperar la plata”. Él pudo escapar gracias a la información que le dio un amigo. Pidió el dinero que le debían excusándose en la necesidad de comprar medicinas para su madre. Se fue dejando sus contadas pertenencias entre las que se encontraban una hamaca y unas botas de goma rosas.

Ahora, la raíz de la violencia es la presencia militar que ha impuesto el Estado en la zona. Antes de la dispersión de los grupos paramilitares, el Ejército protegía al paramilitarismo y cubría sus prácticas de bloqueo y extorsión hacia el campesinado. Desde entonces, el ejército ha retomado las prácticas paramilitares y ejercen un bloqueo a la región, instalándose en las vías de acceso para controlar la entrada y salida de personas y de productos, y amenazar al campesino con la quema de sus cultivos.

“No somos los dueños de esta tierra, pero somos los dueños de la memoria. Hemos resistido antes y podemos hacerlo de nuevo”, dice Giovanni* mientras mira hacia las montañas sin nombre y los profundos escarpados cañones del Catatumbo. Detrás de él, fuera de una escuela de una sola sala, construida con adobe y hojalata, otros campesinos bajan de sus caballos, cuelgan sus machetes y se preparan para una reunión.

Debido a la política estatal que margina el campesino y desvaloriza el trabajo en el campo, la coca ha supuesto la única forma de sustento para los campesinos de la región en los últimos años. Muestra de ello es que el dinero producido por la coca ha sido fundamental para construir la poca infraestructura existente. En este contexto, la organización comunitaria es la única respuesta eficaz disponible para los habitantes de la región, las Juntas de Acción Comunal han tomado un valor incuestionable en el Alto Bobalí. Cuentan los habitantes que las vías de acceso, y el colegio de El Edén, donde se hizo la reunión de Asojuntas, fueron construidas por las JAC con el dinero de la producción de coca, pues el Gobierno nunca invirtió dinero en la región.

Mirando a través del valle escarpado hacia un trozo de selva ardiente en la ladera opuesta, Giovanni explica que la tierra se está ‘limpiando’ para cultivar coca. “No hace mucho tiempo, aquí se cultivaba café, chocolate, plátano, aguacate y muchas frutas”, recuerda. En este momento hay una dependencia absoluta de este cultivo en la región, ya que “la coca da un mayor rendimiento por hectárea y hay más cosechas cada año. Los campesinos no necesitan viajar varios días para llevar café al mercado o pagarles a los arrieros la mitad del valor de su cosecha; las mafias vienen al campesino a comprar coca”.

Los acuerdos de La Habana prometieron un programa de sustitución de cultivos para los campesinos dependientes de la coca, pero el gobierno de Duque ahora obliga a los campesinos a dejar la producción sin ofrecer alternativas. Enfrentados a la necesidad de diversificar los cultivos debido a las amenazas de quema, y el retorno de las fumigaciones de Glifosato, buscan formas de emprender nuevas alternativas en la región, volver al auto-abastecimiento y a la producción sostenible. Las Juntas de Acción Comunal juegan un rol fundamental en este proceso.

“Hay una conciencia de que es necesario cambiar”, dice un líder del Movimiento de Trabajadores, Campesinos y Comunidades del Cesar (MTCC), “especialmente porque la presencia de la coca es una excusa para que los militares ataquen. El Estado quiere terminar con el campesinado y se niega incluso a reconocernos, como al menos lo ha hecho con los indígenas”.

“El campesino vive en una miseria diferente a la pobreza de las ciudades”, comenta un compañero. “En la ciudad la pobreza es desesperada, y los que están allá están desconectados de la tierra, des-plazados e individualistas. Aunque aquí el Estado nos olvida y se nos niega la oportunidad de avanzar –no hay electricidad, carretera, ni clínicas médicas–, al menos podemos organizarnos colectiva-mente para tratar de lograr una vida digna”.

En la oscuridad de la escuela que no tiene electricidad, la discusión se centra en organizar una cooperativa para compartir recursos. Emprender una minga para colectivizar el trabajo de las cose-chas, y construir un horno comunal para hornear pan. “Es una convicción ser un campesino”, reconoce una activista del Congreso de los Pueblos. “Una forma de resistir a los paramilitares durante el apogeo de la violencia, era ser autosuficientes durante las confrontaciones y el asedio. Pero con la coca esta forma de resistencia se ha perdido. Un nuevo retorno a la diversificación de los cultivos, al trueque en lugar de comprar alimentos comerciales, importados y poco saludables, un retorno a los mercados locales y la solidaridad, compartir con los necesitados, son actos de resistencia que fortalecerían la autonomía campesina”, argumenta.

“La lucha está aquí”, concluye Giovanni, “la lucha comienza aquí, con solidaridad entre todos noso-tros en estas montañas y con la esperanza de que todos compartamos"
*No se usan nombres originales por petición de las fuentes.

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