Un laboratorio de paz en las profundidades de la patria

—Toda mala vida en el fondo tiene su gozo— dice alguien que es importante, pero no en esta historia.
—No, esto es bueno –responde Areiza–, pero sí hay que mejorar algunas cosas que se hacen difíciles aun siendo uno de este territorio. Con decirte que en este tiempo de verano, que los ríos están secos, hay que caminar una, dos, tres horas hasta la tapa para cobrar el sueldo. Y si no tienes alguien en Turbo que te haga el favor no puedes hasta que… las urgencias, que si se enfermó alguien... y así.

Luz Areiza Salazar es licenciada en etnoeducación con énfasis en antropología. De lunes a viernes Areiza enseña español, matemáticas, biología, química y demás materias a los grupos de básica primaria de Quebrada del Medio, comunidad cercana a la zona humanitaria Nueva Esperanza en Dios, adonde Areiza viene todos los fines de semana; al origen, su lugar en el mundo, ubicado en el medio Atrato, en el Valle del Cacarica, Chocó.

—A mí esto me gusta y siento que lo hago bien. Pero hay necesidades que tenemos que satisfacer para que la educación sea más eficiente, y también para que los chicos se sientan mejor. Yo trabajo en una comunidad donde apenas tengo los marcadores, el tablero y ya. Los niños no tienen un balón de futbol, no hay un hula hula, no hay una bolita, no hay nada para jugar, entonces se hace un poco rutinario y eso hace que uno hasta se desilusione del trabajo.

Cuando Areiza sonríe, se ilumina y se enternece todo el valle cuarteado por el Atrato y sus afluentes. La sonrisa de Areiza parece indestructible, es inconmensurable, contundente, indescriptible, negrísima y, sobre todo, emocionante.

Nueva Esperanza en Dios es un mundo sin alcantarillado, sin agua potable, sin tendido eléctrico… sin tantas cosas, pero este mundo tiene “jaladera”, dice Areiza sin dejar de sonreír, “porque uno se va de este monte, y a uno le hace falta esta mala vida”. Tan fuerte es la “jaladera” que fueron desplazados en 1997, y regresaron tres años después.

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Una tras otra llegaban las pangas al puerto de Turbo. La policía registraba a las personas que descendían de ellas. Las que no tenían familiares en el municipio eran llevadas en volquetas y carros al coliseo. Huían del Cacarica por las bombas que arrojaron los aviones de la Fuerza Pública entre el 24 y 26 de febrero de 1997.

El 27, en la mañana, la zona fue ocupada por militares e integrantes de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, quienes dieron un plazo de tres días para desocupar el territorio. Además de las agresiones y las amenazas, los ocupas establecieron un retén donde detenían los botes y decomisaban los alimentos y víveres. Los líderes comunitarios se trasladaron a un sitio llamado La Balsa para pedirle explicaciones al jefe paramilitar y al comandante de la Brigada 17 del Ejército, liderada por Rito Alejo del Río, y procurar que fuera otro el desenlace. “Yo no puedo tomar ninguna decisión, debe hablar con el comandante paramilitar”, dicen que dijo el titular de la Brigada 17. Abandonar el territorio fue la orden del jefe paramilitar. El 20 de noviembre de 2013 la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por la operación Génesis ejecutada por el Ejército y los paramilitares, cuyo saldó fue 86 personas asesinadas y/o desaparecidas, y 3850 desplazados.


Fueron tres años en el coliseo, el lugar más parecido al infierno. Los primeros dos meses desayunaron Bienestarina, almorzaron Bienestarina, y comieron Bienestarina. A las cinco de la tarde comenzaba la pelea por un metro cuadrado de cemento donde dormir. Algunos dormían en colchonetas que regalaba la Cruz Roja, otros en alguna sábana que lograron sacar de su casa, otros en cajas de cartón. Las farolas del coliseo, a pesar del tamaño y el voltaje, permanecían prendidas desde que se ocultaba, hasta que volvía a salir el sol. A muchos empezaba a quemárseles la piel, pero esa era la manera de evitar que un desconocido entrara. Como no había agua en el coliseo, las mujeres dependían de la generosidad ajena para hacerse con un balde de agua y bañar a los niños. Estando hacinados allí, murieron niños y ancianos.

Con la violencia física no bastó, también sufrieron violencia psicológica. Dolía no tener qué comer cuando en Cacarica sobraba la comida, pero dolía más ver a los victimarios caminando orondos por las cercanías del coliseo. Dolía pensar en Marino López y la sádica forma como lo desmembraron, pero nada dolía tanto como la discriminación de los habitantes de Turbo que les decían colaboradores de la guerrilla, que decían que las chanclas se habían acabado por culpa de los desplazados, que decían que los desplazados habían llevado la fiebre, la gripa y otras cuantas enfermedades.

Los colegios también les cerraron las puertas a los hijos desplazados. 750 niños quedaron desescolarizados. 13 jóvenes bachilleres se encargaron de ser los profesores sustitutos y voluntarios de los niños a los que el Estado les dio la espalda. Esa educación casera fue complementada con actividades lúdicas los fines de semana.

Mientras los pequeños estudiaban, o bailaban, los adultos y los patriarcas, como les llaman a los ancianos, denunciaban los hechos y discutían la manera de reconquistar su territorio. Poco a poco, sin ellos mismos darse cuenta, se gestó una organización llamada CAVIDA, un ser colectivo potenciado con la llegada de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, recibida con desconfianza y recelo al principio porque sus integrantes eran blancos como los victimarios.

“Estábamos convencidos de que la ciudad no era donde debíamos estar como campesinos. Porque no teníamos una formación académica para ocupar un puesto en las grandes ciudades. Y había otro problema más coyuntural: estábamos viendo que nuestros hijos e hijas podían adoptar otras costumbres, otras culturas; y la falta del quehacer del día a día. Nosotros no estamos acostumbrados a estar solamente de brazos cruzados esperando que nos dieran una imposición de alimento que no estábamos enseñados a consumir”, asegura Bernardo Vivas, representante legal de las Comunidades de Autodeterminación, Vida y Dignidad (CAVIDA), al tiempo que pasa por detrás suyo una gallina negra como su piel y las gafas anchas que casi nunca se quita.

A los tres años, la organización, cuyo sostén era un proyecto de vida elaborado con base en cinco valores: verdad, libertad, justicia, fraternidad y solidaridad, decidió que al momento de retornar todos debían asentarse en un mismo territorio. Luego construyó una ruta de diálogo con el Gobierno basada en cinco puntos. Lo pactado, como casi todo lo que se pacta con el Gobierno, se cumplió parcialmente. Tras lograr la titulación colectiva de 103.024 hectáreas, se consumó el acto de valentía.

En un inicio se asentaron en la que hoy en día es conocida como la comunidad El Limón. Cuando Álvaro Uribe Vélez puso en marcha su plan de seguridad democrática, los militares y paramilitares volvieron a incursionar en el territorio. El Estado pagó informantes que se infiltraron en la comunidad. Varios líderes, señalados de ser narcotraficantes de las FARC, fueron víctimas de un montaje judicial, algunos tuvieron que exiliarse de nuevo. Regresó la militarización, y regresaron las agresiones. Intentaron violar a las mujeres y clausuraron la emisora comunitaria.

El Estado violaba, una vez más, el mandato central de CAVIDA: “no queremos actores armados en el territorio”. Decidieron entonces penetrar la selva y construir su proyecto de vida a cinco minutos de El Limón. Para evitar futuras agresiones declararon el territorio como Zona Humanitaria, desarrollaron un cordón humanitario y un sistema de alertas tempranas para denunciar ante organizaciones nacionales e internacionales la violación a la soberanía comunitaria.

Los hostigamientos de todos los actores cesaron parcialmente. La aparente calma permitió a CAVIDA reconstruir el tejido social y fortalecer sus dos pilares fundamentales: verdad y justicia. En el 2007 las comunidades del Cacarica, gracias al apoyo de la Comisión de Justicia y Paz, participaron en un compartir de experiencias con la línea fundadora de las Madres de La Plaza de Mayo de Argentina, el Comité Ético Contra la Tortura de Chile, ex detenidos políticos y el pueblo Mapuche también de Chile, organizaciones civiles de México, El Salvador, Nicaragua y Sudáfrica, y organizaciones de todo Colombia. Al escuchar las diversas iniciativas de verdad y memoria emprendidas contra la impunidad, las comunidades del Cacarica concluyeron que necesitaban construir una propuesta de derecho restaurador, pues la cárcel no era sinónimo de justicia. Mucho antes de que Santos y las FARC-EP firmaran un documento que prometía una dosis de paz, Cacarica imaginaba y materializaba el país del futuro.

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Tres horas largas en lancha, más una o dos horas de caminata por una selva espesa si es época de verano, separan la Zona Humanitaria Nueva Esperanza en Dios de Turbo, la capital económica de Urabá, el puerto por donde entran y salen todos los males de la patria.

Una vez el mar Caribe se encuentra con el río Atrato, todo se vuelve selva. Conforme el motor devora kilómetros, aparecen súbitamente asentamientos hechos de madera donde brotan niños que juegan con un cangrejo como si fuera un juguete de goma, niños de cinco años que reman un bote, con la experticia de quien se ha enfrentado a las tormentas de cinco mares, sin más protección alguna que el mismísimo cuero. Caseríos poblados por pieles tinturadas en el río, y tostadas y refinadas al sol. Gentes de sonrisas genuinas y tropicales que lograron estabilizar su vida sobre la inestabilidad cíclica del agua, que conocen sus resabios y saben patinar sobre ella montados en una panga. Gentes que generaron los anticuerpos necesarios para tomar agua sucia, descartar la higiene, caminar el mundo descalzo, saber dónde está el sur y el norte, aunque para donde uno mire toda sea igual: pura infinitud. Gente que naturalizó lo que para el que mira por primera vez es poco natural.

Hace cuatro meses que no llueve. La tierra está agrietada, tan dura, tan deshidratada, que pareciera que aquí ya hubiera empezado o ya hubiera pasado el fin biológico del mundo. En la Zona Humanitaria Nueva Esperanza en Dios la estética vital es simple, básica: casas de madera con techos de madera sostenidos por pisos de madera; chiquillos que corren por aquí y por allá, que crecen como criaturas silvestres; mucha silla plástica, y mucho tiempo para sentarse a ver cómo lo único que pasa es el tiempo; una fraternidad manifestada en una mirada, en el desparpajado, en esta aparente calma que invade el cuerpo amenizada por la sinfonía animal; y en la noche, solo la oscuridad.

Aproximadamente 40 familias viven aquí. Sobre este corredor estratégico que comunica la ilegalidad colombiana con el pacífico y con Panamá. Región apetecida por proyectos de infraestructura como la Transversal de las Américas, proyectos energéticos, proyectos extractivos, y agro negocios como los cultivos de palma aceitera y bananera. Territorio donde actualmente hay un laboratorio de paz, a pesar de que ahora, con el vacío de poder dejado por las desmovilizadas milicias de las FARC, el 90% de la zona y de la población estén bajo el control de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC).

La tranquilidad es el anhelo, pero las certezas espantan los miedos. CAVIDA lleva muchos duelos y mucho tiempo de ventaja. Saben que la paz no se hace con leyes ni con términos teóricos, la paz comienza y termina en la consciencia, reconciliándose consigo mismo, que es también reconciliarse con el otro.

Según Bernardo “la reparación moral le permitiría a la gente dar un respiro hondo. (…) Esa reparación parte de una palabra: ya no más. Y que los victimarios o inculpados pidan perdón a las víctimas (…) Pueden las Cortes institucionales o los Congresos dictar las leyes habidas y por haber, pero si no hay perdón, si no hay arrepentimiento, no habrá paz en este país (…) Esa es una de las apuestas de CAVIDA. Es un error pensar que con la cárcel se va a pagar todo. Con la cárcel no se paga nada porque el victimario o el inculpado sigue viviendo, y cuando salga de allá cómo va salir, ¿será que sale mejor? A esa persona hay que llamarla, venga, vamos a trabajar juntos, vamos a recomponer lo que se dañó. Este país necesita es eso”.

Las comunidades de Cacarica quieren que los victimarios cuenten qué hicieron, cómo lo hicieron, por qué lo hicieron y quién ordenó que hicieran lo que hicieron. Y que sean condenados a cumplir castigos morales como pilar arroz, girar la canilla de los baños de la escuela y experimentar una impotente desazón porque no sale agua, tirar el balde al pozo y cargarlo los metros que sean necesarios si quieren bañarse, pagar los 50mil pesos que vale el trayecto hasta Turbo en caso de necesitar atención médica, o radicar un derecho de petición y correr el riesgo de perder la cita o encontrar la oficina cerrada porque puede dañarse el motor en el camino, o caminar dos horas bajo un sol cruel con una mochila al hombro y después de cierto tiempo sentir que llevan en la espalda el peso de toda la maldad del mundo.

Ese país imaginado es un país muy distinto al nuestro. ¿Por qué los políticos-intelectuales-revolucionarios que planean y escriben el futuro de la patria no escuchan las propuestas que construyen las comunidades en las profundidades de la patria? ¿Si nuestro modelo de sociedad fracasó –y nos dejó 8.771.850 víctimas– por qué no implementamos el de ellos? El de ellos que hace mucho rato entendieron que “habitar es reconstruir lo cotidiano".

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Juan Alejandro Echeverri

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