Tianguis: origen del mercado agroecológico

La humanidad y la agricultura han sido grandes aliados para crear lo que hoy conocemos como sociedad. Esta relación ha reforzado los lazos y ha creado redes de trabajo que han tenido ocupados a los humanos por varios siglos. Ha sido un camino que se remonta a una época muy lejana, donde las antiguas civilizaciones generaron diversas formas de comercio.

La Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología en su “Historia de la agroecología en América Latina y España” nos cuenta que los primeros indicios de mercado fueron en el Antiguo Egipto, en la Civilización Griega y en el Imperio Romano, en donde los comerciantes ambulantes se reunían con productores locales en bazares y mercados. Eran personas que iban de arriba a abajo en distintos lugares, llevando y trayendo objetos para comerciar, haciendo intercambios culturales y hasta científicos.

En el norte de África se construyó un puerto comercial muy importante para la zona del mediterráneo, manejado por los fenicios y los griegos. Estos últimos manejaban el comercio oriental, vendiendo, comprando y cambiando productos con la India y China. Estos hechos permitieron que las civilizaciones de aquel momento compartieran y mezclaran sus culturas y costumbres.

Cuando llegó el siglo VII, el Emperador romano-germánico Carlomagno fundó otro tipo de comercio que prefería generar actividades comerciales en un lugar específico y permanente a diferencia del mercado móvil e inestable que se utilizaba hasta el momento, además incluyó un nuevo concepto que cambiaría bastante el camino del mercado: la moneda.

En Europa se expandió esta nueva idea y evolucionó rápidamente por varios siglos. Todos los países importantes como Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España, entre otros, adoptaron la idea de Feria, que, diferente al concepto de “mercado”, tenía una cobertura y proyección comercial más amplia. Mientras todo esto pasaba en Europa, al otro lado del planeta los pueblos ancestrales, aún sin colonizar, se congregaban para dar y recibir lo que las tierras de América les proporcionaban.

La antropóloga española Beatriz Rubio habla en uno de sus trabajos de investigación sobre cómo los colonos tuvieron que ver con el cambio drástico del desarrollo económico y social de las comunidades indígenas del antiguo México, y cómo antes de invadir esas tierras, ya habían hecho bastos inventarios de las características sociales de las comunidades con las que se encontraron en América.

La historia del mercado en América da cuenta del antiguo imperio Azteca, en el gran valle de México, como la manifestación comercial que más sobresalió en esta parte del mundo. Lo más especial era la forma en que crearon un sistema especial para abastecer a toda la comunidad de los recursos necesarios para su desarrollo colectivo. Los mercados que se desarrollaban en esta parte de América central, eran los lugares donde los comerciantes, los compradores y los productos convergían.

El invasor español Hernán Cortez rendía informe a la corona de Castilla sobre cómo se desarrollaban los mercados más grandes que se celebraban en plazas, generalmente cerca de donde vivían los gobernantes de la región determinada; esto unía de alguna manera lo económico y lo político manteniendo la “autoridad superior” que tenían los gobernantes para esas comunidades.

El mercado se hacía al aire libre, era dividido por calles en donde se distribuían los productos de cada género de mercaduría, sin que se entrometieran uno con otro. Era así como los vendedores o comerciantes organizaban la exposición de sus productos en los puntos ya señalados y situados en la plaza. Se ordenaban en un lugar los mercaderes de oro, plata y piedras ricas, otros traían mantas y cosas labradas. Los boticarios con sus variadas plantas, convertidas en ungüentos y medicina, tenían una muy importante presencia también y las especias aromáticas y el cacao tenían su sitio en la misma calle.

En otro callejón se organizaban los que vendían gallinas, conejos, liebres, venados entre otros botines de cacería. Cerca de estos estaban los que vendían frutas como cerezas, aguacates, ciruelas, guayabas, batatas entre otras raíces. Había otros puestos que feriaban peces y ranas para alimentar las trampas de pesca, inclusive podía encontrarse tablas, leña, cal, corteza de árboles para hacer papel, remos y otras herramientas para labrar. Quienes se encargaban de producir los artículos manualmente se les denominaba chiuhqui, 'el que hace', y a los que se encargaban de comercializar los productos se les nombraba como los namaca, 'el que vende'. Estas funciones de hacer o vender se heredaban o se practicaban por la tradición de la familia a la que perteneciera.

Esta forma de comercio era muy diferente a lo que se estaba haciendo en el viejo continente, ya que el indígena no pretendía expandir su mercado hacia la exportación extranjera, sino que alimentaban su comunidad local, haciendo continuadamente el mercado. Esto permitía la integración económica de una región, ya que los pequeños centros de población podían intercambiar los productos exclusivos de su zona con los de otras; de esta manera se conseguía una mayor variedad de bienes que no podrían producir, generando así un sistema de distribución de los artículos de ida y vuelta a los mercados de mayor tamaño.

La manera de administrar los recursos naturales de los indígenas permitía un flujo entre los compradores y vendedores en un periodo corto de tiempo, y se lograba así que ambos grupos supieran cuándo se celebra el mercado y en qué lugares concretos del territorio. Además, si estas fechas coincidían con el calendario propio, para que así fueran más fáciles de recordar.

Todo este sistema natural cambió cuando en el siglo XV arribaron los españoles a América. Las necesidades y requerimientos de una comunidad tuvieron que ponerse al servicio y rendir pleitesía a los opresores de su propia historia, algo que marcaría un camino de oscuridad para las comunidades nativas de América. Esto generó muchos cambios a nivel comercial en los habitantes de esta parte de Centroamérica, obligándolos a transformar los espacios de comercio después de la llegada de los españoles.

Todo esto hizo que naciera el Tianguis, una nueva forma de comercio que mantenía la tradición indígena, haciéndole frente a las tiendas y tabernas importadas por los españoles. Aún con esa resistencia, muchos elementos cambiaron, por ejemplo la procedencia de los compradores y los productos, además de su ubicación en algunos casos y la apariencia de los puestos.

Hoy en día los mercados agroecológicos que conservan la tradición indígena y mantienen encendida la memoria de los protectores de la historia indígena, intentan evocar lo que se denominó como Tianguis. Aunque el panorama para las comunidades que resuelven custodiar el conocimiento ancestral parece estar en peligro y desapareciendo para las estadísticas oficiales, todavía se mantiene viva la ardua labor por la preservación natural, sembrada en la conciencia de muchos jóvenes que entienden la importancia de proteger la tierra.

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Jose Miguel Echeverry

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