Cine piquetero, usar la cámara para contar las realidades

A principios del nuevo milenio nació en Argentina un cine que se produjo para contar la realidad de estudiantes, obreros y piqueteros (nombre que se le da a los desempleados en Argentina). Impulsados por las facilidades que brinda el formato digital y por la necesidad de informar de manera veraz, sacaron las cámaras a la calle y sin guion ni escaleta entrevistaron a los protagonistas de los movimientos sociales del país.

En 2001, Argentina se encontraba en una profunda crisis (como hoy, en casi toda Latinoamérica), desatada, entre otras cosas, por dificultades económicas que generaron imposiciones políticas como la del “corralito”, que restringía el acceso de la población a dinero en efectivo de los bancos. Fue diseñada por el ministro de economía Domingo Cavallo y el presidente de aquel entonces, Fernando de la Rúa, quien renunció el 20 de diciembre de dicho año, y generó, con ello, un clima de inestabilidad social que llevó a una serie de manifestaciones y protestas en todo el país.

A las manifestaciones se unieron las cámaras digitales. El mundo estaba conociendo el uso de herramientas portátiles, que se valían de cintas de grabación más pequeñas y permitían la incursión en cualquier escenario. Las cámaras y las grabadoras de sonido fueron utilizadas para denunciar la violencia y la represión policial. Al principio solo documentaron estos hechos sin otro afán que el de registrar los abusos, luego, con el tiempo, fueron construyendo una mirada, una estética y unas dinámicas de producción propias, generando cada vez mejores “películas”, vídeos caseros que no respondían a un impulso comercial sino puramente comunicativo, que contaba in situ lo que los medios tradicionales maquillaban y ocultaban con sus noticieros.

Parte de ese cine fue el cine piquetero que nació en la protesta social. Este tuvo un fuerte carácter político y participativo. Los círculos de distribución eran las universidades y las centrales obreras, en donde nacieron colectivos para ver y hacer cine como Cine Insurgente y Ojo Obrero, productoras que de manera autosuficiente realizaron documentales como ¡Piqueteros carajo!, en 2002 (disponible en YouTube). En él no solamente se usaron imágenes grabadas durante las protestas sino que además aprovecharon tomas de archivo de los canales nacionales para develar frases de los políticos de turno, poniendo en evidencia su cinismo y odio, mentiras que contrastaban con hechos de violación a los derechos humanos ejercidos por las fuerzas del orden.

El cine piquetero, obrero y político, en la Argentina de inicios de los 2000, significó un cambio de paradigma frente a las imágenes que se construían. Las cámaras pasaban a ser herramientas al alcance de todos, los criterios estéticos y de producción, siempre cambiantes con la incursión de nuevos formatos, inspiraron la creación de procesos formativos en estudiantes y colectivos obreros de espectadores y realizadores. Esa formación expandió las fronteras del audiovisual. No solo el cine y la televisión oficial podían contar su versión de los hechos, ahora piqueteros, obreros y estudiantes tenían las herramientas para maximizar y difundir su voz.

Los piqueteros son los desempleados que dejaron las políticas del mercado y el fascismo. Son ciudadanos sin derechos. El conjunto de la población humana que cada vez tiene menos comida en la mesa. El cine piquetero, el cine indigenista de México o el gótico tropical en Colombia fueron (y son, gracias a la eternidad que da el cine), el aprovechamiento de las herramientas para contarse a sí mismo, para visibilizar su vida y su muerte, para construir estéticas propias, para esculpir en el tiempo sus luchas y su historia. Además de ser un mecanismo de denuncia y pedagogía, también pretendían construir un contenido que no instaurara verdades sino que permitiera el debate y el análisis.

El mundo ha cambiado lo suficiente desde inicios de los 2000. Más personas pueden tener un dispositivo de grabación en el bolsillo, cada día y a cada hora, listo para registrar incluso en buena resolución. La democratización de las herramientas para grabar imágenes es casi un hecho, pero el mundo es un lugar donde los derechos humanos y del planeta tierra se restringen con voracidad. El cine debe utilizarse para crear narrativas y estéticas propias, para defender la memoria, denunciar lo inhumano y educar para la vida y el respeto a la tierra; las condiciones de desigualdad y de miseria a la que nos empujan gobiernos y emporios económicos están dadas para que tengamos que denunciar y difundir, registrar y resistir

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