El despojo del río Cocorná

Querido Cocorná: de aguas cristalinas que rebosan desenfrenadas por imponentes cascadas formando a su paso charcos fríos, torrentosos, serenos. Ríos trasparentes cuyas aguas desafiantes chocan contra las piedras exigiendo libertad y respeto. No aniquilen las venas de la vida, no asfixien el pulmón airoso que quieren acabar ingenieros y empresarios enemigos de la vida, ensimismados por el valor del peso, por la injuria camuflada en sus cascos amarillos y blancos, por la falsa sabiduría plasmada en sus planos y libretas, engañando territorios con sus efímeras palabras y deslegitimando las prácticas y sabidurías ancestrales. A ellos, les ruego parar con la avaricia que capta ríos para convertirlos en energía, fomentando la sequedad de los ecosistemas. Mientras a los gobernantes de mi pueblo, pido voluntad para prohibir estos proyectos.

Los silencios de la madre tierra

En la vereda La Aurora, el acento de María Irene Ciro se quebranta cuando le hablan del charco El Ocho, convertido en lo que hoy se conoce como la PCH –pequeña central hidroeléctrica– El Popal, ubicada a ocho kilómetros del casco urbano de Cocorná. Ella jamás pensó vivir entre silencios. Recuerda cuando iba al charco a sumergirse con sus hermanos varias horas, para luego, quemados por el sol, finalizar vendiendo sancocho a los complacidos turistas. Esos largos silencios en el ambiente son ahora secuelas profundas porque les prometieron un futuro mucho mejor. “Llegaron prometiendo verdades de toda clase. Nos convencieron de que el progreso va de la mano de los bienes materiales, mejor dicho, nos endulzaron por completo. No nos cambiábamos por nada del mundo. No sabíamos que trabajar con ellos podía ser la oportunidad de abandonar nuestra esencia: la tierra”.

Así fue como el sonido de los machetes perdió su fuerza y su eco. Algunos campesinos prefirieron abrocharse el casco que decía HMV Ingenieros, en lugar de afilar el machete, que no tiene distinciones ni intereses de por medio. Claro está, con el machete se puede cultivar el alimento, y con el agua se puede vivir y comer; mientras que ni la energía ni la plata se pueden comer. Pero la empresa se negó a entender esa noción del habitar.

HMV Ingenieros, la empresa que construyó El Popal, llegó al territorio cuando el conflicto armado había perpetrado en la población un sinnúmero de acciones. Los habitantes apenas estaban regresando, muchos de ellos sin sus seres queridos. El desplazamiento que padeció Cocorná dejó al 95% de la población afectada. La cifra de Cocorná en esta categoría de violencia está entre las tres más altas del Oriente antioqueño. Así lo sostuvo un Informe del Centro Académico Andino para la investigación de Ciencias Sociales, el cual registró 19.732 personas desplazadas entre 1995 y 2005. La llegada de la constructora significó una nueva modalidad de desplazamiento en tiempos de paz donde no se utilizaban las armas ni el secuestro, sino el engaño y la promesa.

En agosto del 2011, las montañas tupidas gritaban ante las heridas causadas por el hombre avaro, amo de su tierra, víctima de una ingenuidad que lo hizo cómplice de sí mismo. Ya no eran los machetes y los azadones, sino las retroexcavadoras y las volquetas. El agua se manchaba de ocre intenso, los bosques eran víctimas de la tala de árboles. El silencio susurraba que algo malo iba a pasar sobre el cauce del charco.

El hilo de la vida

Hasta hace diez años, los extensos cañaduzales se esparcían a lo largo y ancho de las riberas del río. Fácilmente los viernes y sábados, desde la carretera polvorienta, se veía cómo descendía el campesino detrás de su caballo cargado con pacas de panela, ambos derramando gotas de sudor en el camino de herradura.

Ahora, diez años después, todavía hay cañaduzales, pero no predominan como antes. Desde la autopista Medellín-Bogotá se detalla La Aurora como una vereda conquistada por el “desarrollo”. La primera colonización llegó en los años ochenta con la creación del corredor vial que conecta a Bogotá y Medellín. La segunda, con la llegada de un nuevo desarrollo económico donde las empresas aprovecharon el ímpetu del agua para la producción de energía eléctrica, desdibujando la cultura campesina, y la identidad ancestral, provocando la descampesinización y la pérdida del arraigo.

El hilo delgado que abastece El Popal es el río Cocorná. El cual desemboca al río Calderas, luego al río Samaná Norte y finalmente al cinturón del río Magdalena. ¿Quiénes saben el futuro de nuestros ríos y nuestros pueblos? ¿Acaso no basta con que el 30% de la energía que consume el país la produzca nuestra región? ¿Tan ambiciosos se creen, que piensan convertir el río Cocorná en una cadena miserable de cuatro microcentrales? ¿Nos estarán matando lentamente y no nos hemos dado cuenta? Hasta cuándo…

En el tramo donde se juntan el río Cocorná con el río Calderas, la corriente ya no baja impetuosa, imponente y natural como cuando el muro no existía y la desviación del río la ocasionaba únicamente una creciente o borrasca. Así, el muro de la muerte permitió forzar el agua desviándola por un túnel, pues HMV Ingenieros tenía permiso de la Corporación Ambiental Cornare para utilizar el 75% del caudal, aunque tan solo represar el 25% perjudicaría la esencia de El Ocho. “Llegamos a ver hasta 10 buses completamente llenos de turistas –interrumpe Irene– para gozar de nuestros ríos y montar un sancocho en leña, pero mire cómo está esto”.

No hace falta preguntarle a María Irene por el turismo. Es una inquietud que se responde con solo bajar al sector conocido como El Ocho y comparar el panorama de hoy con lo que sucedía antes de la construcción de la PCH El Popal, una microcental que produce 19,8 megavatios de energía. Es posible ver con ojos propios la soledad causada por foráneos contratados por empresas “poderosas”, cuya intención consiste en calcular ganancias, ignorando los bienes innegociables: el río, la naturaleza, los animales, la historia.

–¿Sabías que aguas arriba piensan hacer cuatro hidroeléctricas sobre el río Cocorná? –le pregunto a Irene.
–¿Eso cómo será entonces? Ojalá las que piensan desarrollar no las nombren como minis o pequeñas hidroeléctricas, porque así es como embolatan a los campesinos, quieren reducir el impacto cambiándonos la mentalidad.

Ojalá los proyectos que piensan hacer no se hagan. Ojalá las futuras generaciones vivan en el campo y no se marchen a las ciudades. Ojalá el mismo pueblo escriba el presente y el futuro aprendiendo del pasado. Ojalá los foráneos sean quienes disfruten de las riquezas y no quienes las destruyan. Ojalá nos llenemos de argumentos para decir contundentemente: Ni una más en el río Cocorná, ni una más en los ríos de Colombia; ¡Que la historia de las hidroeléctricas no se repita, carajo!

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Carlos Mario Palacio

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