Pachakuti, el lugar de la sabiduría en Pitalito

Son las 6:20 de la mañana. Bayron Andrés Quinayas se despierta como de costumbre para empezar su jornada escolar. Luego de organizar su cama, se viste. Mientras, su mamá Tirza Quinayas le organiza el café y el pan para que desayune. Se sienta, se alimenta y a eso de las 6:50 se dirige a su colegio. Bayron vive en el Cabildo Intillagta que fue asentado hace 16 años en la vereda Cabuyal del Cedro. Ahí mismo está la Institución Educativa PachaKuti, sede Yachaiwasi –Casa del conocimiento–, construida hace seis años. Entre sonrisas, saluda a sus compañeros, compañeras, profesores y profesoras. El colegio cuenta con pocos salones de ladrillo y cemento, está construido entre montañas y árboles. Hay salones en tablas, y otros en guadua y tejas de zinc, como en el que está Bayron.

Bayron es un joven de 14 años, tiene cuatro hermanos, él es el penúltimo. Su piel es morena y su sonrisa blanca. Es extrovertido, cariñoso e inteligente. Sus profesores dicen que es un chico pilo, comprometido y muy solidario. La relación con sus compañeros y compañeras es buena. Hace aproximadamente un mes fue postulado para ser el gobernador estudiantil de su colegio, espacio que ganó con 64 votos. Hoy hace parte de la directiva estudiantil, conformada por gobernador, vicegobernador, secretaria y tesorera, un equipo que –explica él–, busca trabajar por su colegio, profesores, profesoras y estudiantes. Cuando estaba en cuarto de primaria también lo fue.

Son las 9:40 a.m., la hora de salir al descanso. Los niños y niñas corren, unos van a la tienda y otros van a la cocina por un tinto y maíz, pero Bayron se dirige a su casa a comer. A las 10:00 a.m. ingresa de nuevo a clases, esta vez en la Biblioteca Kusi Kilkakatina que significa “Leer con alegría”. Allí inicia la clase de lenguaje y filosofía, orientada por el profesor Carlos Julio Bolaños Ordóñez. Dentro de la biblioteca hay aproximadamente 15 estudiantes de grado octavo y noveno, es un solo grupo. Como en todo salón de clase, hay unos que atienden lo que dice el profesor o sus compañeros (porque están en exposiciones), y otros que solo se ríen y murmuran.

Actualmente, la sede Yachaiwasi cuenta con seis profesores y aproximadamente 115 estudiantes. Las asignaturas están trabajadas mediante proyectos y reciben los nombres de interculturalidad y gobernabilidad (ciencias sociales y geografía), lenguaje y filosofía, chagra (ciencias naturales), arte y expresión del espíritu (artística), yupana (ciencias exactas) y runa shimi (lengua nativa). Bayron cuenta que cada una de ellas maneja sus propios enfoques y que lo que más le gusta es que permiten que los temas sean de libre elección, la educación de su comunidad no es impositiva y es muy práctica. Mientras sus compañeras terminan de exponer, una de las niñas que se encuentra en el público le informa al profesor que ya son las 12 p.m. y que tienen hambre. Todos y todas se dirigen al restaurante escolar, donde les dan la comida y comparten con el resto de la comunidad.

En la cancha hay niños y niñas jugando microfútbol, otros corren, gritan, cantan y algunos están en sus celulares al lado de la biblioteca, el único lugar con acceso a internet. Bayron, aunque no tiene celular, está sentado en el muro que queda afuera de la biblioteca, charla con uno de sus compañeros más cercanos y con quien más hace trabajos. Miran la hora y a eso de las 12:20 p.m. corren apresurados al restaurante. No recordaban que ya casi su descanso terminaba y debían volver a la clase. A la 12:30 p.m. arrancan otra vez las exposiciones con mapas conceptuales que dibujan en el tablero, otras con apoyos en diapositivas y otras sencillamente charladas y guiadas por apuntes del cuaderno. Allí se habla de la colonización, la historia del imperialismo y los burgueses que han hecho que los pueblos indígenas desaparezcan. Esta historia no es narrada como en las aulas de la educación tradicional, donde niños y niñas se disfrazan para representar a La Niña, La Pinta y la Santamaría. Aquí cuentan esa historia en el que los pueblos indígenas se volvieron más resistentes y perseverantes por la defensa de su cultura y de su territorio. Octavo y noveno están en exposición, pero décimo y once inician su clase de voleibol. Arman los equipos y empieza el juego. La profesora lleva el puntaje, marca su cuaderno mientras los chicos y chicas gritan y ríen de lo bien que juegan unos y de lo mal que lo hacen otros.

Bayron cuenta que la educación de su colegio le gusta mucho, dice que llegó a estudiar en tercero de primaria, cuando tenía ocho años de edad. Al principio fue complicado, le daba pena porque era un colegio indígena, pero gracias al profesor Lino Hernando –rector del colegio–, aprendió a amar su cultura. Él nació en el Cauca, su madre también es nativa de esas tierras, pertenecía a un cabildo. Cuando llegaron al Huila estuvieron en Bruselas, un corregimiento de Pitalito, allí Bayron inició sus estudios en la I. E. José Eustasio Rivera, pero cuando su mamá supo que estaba el Cabildo Intillagta no dudó en llegar. Así es como ahora Bayron, en grado noveno, sigue siendo parte de la I.E. Pachakuti, sede Yachaiwasi.

Bayron ama su educación, porque le enseñan a querer, valorar y respetar los derechos de los indígenas. En el colegio existe el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP), con el que buscan relacionar a cada persona con la investigación enfocada en el respeto de su cultura. La educación propia no es un capricho, la Constitución Política de Colombia la ampara como un derecho de los pueblos indígenas en sus artículos 7 y 10 donde reconoce la diversidad y los lenguajes de los grupos étnicos como oficiales en sus territorios. Los temas se hacen con libertad, los profesores no los imponen y siempre buscan fortalecer su identidad y memoria. “Siempre se hacen los trabajos porque les gusta y no porque toque y así rinde más, el aprendizaje es diferente”, dice Bayron mientras sonríe, y agrega que le ayuda a salir de la categoría de alumno, que significa “un ser sin luz”, para volverse un estudiante.

La tarde está fresca, la brisa mueve las hojas de los árboles y el pasto de las montañas, empieza a caer la lluvia y los estudiantes salen de sus salones. Las clases terminan. Recogen la malla y el balón de la cancha, y en la biblioteca organizan sillas, libros, computadores, y el televisor. Bayron y su amigo hacen el aseo, barren, trapean, recogen sillas y luego de terminar, todo vuelve a su sitio, porque a las dos de la tarde inicia un curso sobre manicure y pedicure. Los cursos que dictan suelen hacerse en la biblioteca, el único lugar con el espacio suficiente, donde se guardan adecuadamente las herramientas.

Bayron se dirige a su casa, saluda a su mamá y a sus hermanos, organiza los cuadernos y revisa las tareas para el otro día. Tiene una pasión por escribir poemas, por expresar a través del papel y del lápiz esas cosas que con su boca no puede. Los poetas lo envuelven fácilmente y se pregunta cómo hacen para escribir cada palabra. El amor a la poesía se lo debe al profesor Yovani Delgado, uno de los profesores que más le agradan. Aunque antes se dejaba llevar por comentarios como “el profesor es aburrido”, ahora dice que no es así. Gracias al profesor Yovani sabe que cada palabra o pensamiento que tenga, lo puede llevar directo a su cuaderno, y luego leer otros autores para perfeccionar sus poemas. Bayron admite que le da pereza leer historia o textos para las tareas, pero que si se trata de poesía, es otra cuestión, así como hablar de la música. Él es apasionado por el arte.

Después de haber terminado sus tareas, Bayron sale a jugar con sus amigos un deporte que práctica en motos y se llama stun. Son aproximadamente las 5:00 de la tarde y la lluvia se pone un poco más tensa. A eso de las 6:00 p.m., Bayron vuelve a su casa para organizar lo que necesita para iniciar un nuevo día escolar.

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Natalia Andrea Peña Chacón

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