Catatumbo un año después: la única alternativa es la pervivencia

“Yo nací en esta vereda, y no quiero una vida como la que yo tengo”, me dice la señora Marina como si no le deseara a nadie la vida vivida que tiene, ni siquiera a los responsables de que sus madrugadas sepan amargas.

Esta es solo una de las tantas denuncias hechas por campesinos y campesinas de Convención, El Carmen, Hacarí, Teorama, San Calixto y El Tarra durante la Segunda Misión de Verificación convocada y organizada por la Comisión por la Vida, la Reconciliación y la Paz del Catatumbo, escenario de unidad que articula al Comité de Integración Social del Catatumbo (Cisca), la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat), el Movimiento Constituyente Popular (MCP), y las Juntas de Acción Comunal con el propósito de denunciar ante el país y la comunidad internacional la crisis social, política y económica que atraviesa la región desde hace más de un año debido al conflicto armado y la excesiva militarización.

365 días atrás la población estaba en medio del fuego cruzado y sufría las consecuencias humanitarias de la confrontación entre el ELN y el EPL. Los decibeles de los fusiles mermaron. Pero este año, además de algunas disidencias de las FARC, hay un actor armado que, si bien estuvo siempre en el territorio, con el pasar de los meses incrementó sus acciones bélicas. Las Fuerzas Militares quieren implementar en el Catatumbo el llamado 'Plan Candado': cercar la zona norte que colinda con Venezuela y la parte sur que limita con el departamento de Cesar, censar la población, y posicionarse en la región hasta sustituir el poder civil por el poder militar. El tejido organizativo de las comunidades, y la presencia de insurgencias, son un obstáculo para explotar el petróleo y los minerales que yacen en estas tierras. Traba que el Estado pretende eliminar con más de 14.000 pares de botas militares.

Para los catatumberos el Ejército es una amenaza, un dolor de cabeza más. En los corregimientos y veredas visitadas por la Misión de Verificación los patrones violentos son reiterativos. En todos los lugares las personas denunciaron que el Ejército hace retenes, requisa, y fotografía las cédulas. Manifestaron además que los señalan de “guerrilleros” y los maltratan verbalmente. En Honduras, un islote de casas construido en el valle que separa dos filos montañosos, denunciaron que los militares los amenazaron diciéndoles que después de las seis de la tarde nadie podía transitar por las trochas que comunican las veredas aledañas, “porque después de las seis solo anda la guerrilla. Después de las seis al que veamos lo matamos”, les advirtieron. En este corregimiento de Convención también se presentan conductas extorsivas y fraudulentas denunciadas en otros sitios. Según cuentan los afectados, las tropas del Ejército ocupan sin permiso las fincas, toman plátanos, yucas y otros productos de pancoger, en ocasiones usan la energía de las casas, y amenazan con quemar los cultivos de coca si no les dan reses o gallinas.


En Cartagenita, una mujer con más de 70 años a cuestas, vestido hasta los tobillos, y mucha indignación en su voz, denunció que “se me comieron una tienda de siete millones. Me dijeron que yo era una estratega del ELN, eso es una falta de respeto muy grande, yo lo único que he hecho en la vida es vender empanadas”. Los perjuicios no solo son económicos. Los soldados tienen la costumbre de acantonarse cerca de las bocatomas de las que se abastecen los habitantes. Una vez los militares se asientan allí, se suspende con frecuencia el suministro de agua y el líquido vital no llega en condiciones higiénicas adecuadas, a veces ha salido materia fecal o condones por las canillas.

Lo que más preocupa a los catatumberos son las detenciones arbitrarias, el dinero que le ofrecen a los jóvenes a cambio de información sobre las insurgencias, los disparos indiscriminados contra la población civil, y las torturas como las que denunció un joven en La Trinidad, corregimiento de Convención. El veinteañero relató que fue retenido por varios militares cuando se desplazaba a su lugar de trabajo. Los uniformados lo ultrajaron, lo golpearon, le cubrieron la cabeza con una bolsa de tela, intentaron ahogarlo con una sustancia líquida desconocida que según él provocaba ardor, y amenazaron con arrancarle las uñas. En el Catatumbo no pueden evitar asociar este tipo de hechos con Dimar Torres, excombatiente de las FARC y líder de la vereda Campo Alegre asesinado por miembros del Ejército el 22 de abril, un día antes de que firmara su proyecto productivo de gallinas ponedoras. Dimar está vivo, los catatumberos tienen ese nombre en la punta de la lengua. Con él permanece acechante el recuerdo de lo vivido entre el 2004 y el 2010 cuando “los paramilitares decían que hasta las gallinas eran guerrilleras”.

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La finca de Marina Prieto –pelambre cano recogido en una cola, los años hechos pliegues en el rostro, y unos dientes que parecen de leche– se ve desde aquí. Estamos en la escuela de la vereda Piedras de Moler que pertenece a Teorama. La brisa contrarresta el bochorno despiadado que hace en estas cuchillas. Marina me dice que allá, al frente, en la montaña más próxima de todo este mantel montañoso, tras las plataneras que se ven en la mitad de la colina, está su casa. Y me dice que en la cima, en la parte tupida, están acantonados los soldados.

Cada que hay un enfrentamiento entre la insurgencia y los militares, Marina queda en medio del fuego. Semanas antes uno de los dos bandos lanzó un cilindro que quedó a medio camino y cayó en su finca. “Si hubiéramos estado afuera [de la casa] habría muerto cualquier persona. Eso afectó mucho porque mi niño, mi nietecito, siguió llorando toda la noche. A una hija que acababa de llegar le afectó mucho el oído (…) Ese día tuve que meter a mis niños debajo de la cama, y llorar muchísimo por no poder trabajar y no poder dormir por el temor de que mi casa pueda ser derribada por un artefacto. He perdido muchos animales que se me mueren del impacto”, me dice Marina presa de una tristeza más grande que ella.

Pero Marina todavía tiene sueños por cumplir. En el 2008 conoció una comisión del Cisca, y antes de morir de tristeza pudo probar el sabor de la felicidad. El Cisca la invitó a unos talleres, y le enseñaron a elaborar jabones y cremas artesanales. Los primeros jabones, dice desenvainando una sonrisa, le quedaban “feítos”. Con el pasar de los talleres perfeccionó la técnica. Desde entonces a cada reunión, a cada taller, y a cada visita al pueblo, Marina va acompañada de una pequeña canasta copada de jabones, cremas para los dolores y cremas para las quemaduras. “Antes trabajaba en el oficio doméstico. Vivía como estresada, como triste porque no tenía economía. Ahora esa economía no la gasto porque quiero montar una empresa de pomadas. El Cisca es como si hubiera bajado mi Dios de los cielos porque me ha enseñado, me ha protegido, me ha ayudado muchísimo. Para mí el Cisca es el mejor regalo que yo tengo. Cuando me llama el Cisca soy feliz, estoy triste pero en ese momento yo me vuelvo feliz”.

A pesar de lo hostil que es la realidad en la región, gracias a las propuestas y a los horizontes del Cisca muchos catatumberos pueden encontrar razones y formas para permanecer en el territorio. “Nosotros venimos adelantando propuestas económicas para resolver el tema de la coca, que genera muchos recursos, pero también muchos problemas, uno de ellos es la especulación de precios”, quien habla es Dionaid Suarez, integrante del Cisca y de Asojuntas, habitante de Cartagenita y pionero de la tienda comunitaria del corregimiento. En dos años la iniciativa ha dado frutos, el kilo de arroz que antes costaba 3000 pesos, hoy cuesta 2000 o 2300 pesos máximo. Además de combatir la especulación de precios, la tienda comunitaria ha incentivado la producción propia. Antes entraban al corregimiento muchos productos producidos por otras manos en otras tierras, Cartagenita no producía lo que consumía. Una vez la tienda empezó a funcionar, los pagos justos y estables, y el valor agregado que se le da a los productos, motivaron a los habitantes a invertir esfuerzos en una alternativa productiva distinta a la coca.

“Tenemos varios proyectos, por ejemplo, la cría de pollos. Este es un corregimiento de aproximadamente 500 habitantes. Hubo una demanda del consumo de pollo, a la tienda semanalmente venían entrando más de 200 pollos de MacPollo y Pimpollo. Hoy en día los estamos produciendo nosotros mismos, lo mismo con el cerdo, el pescado, las gallinas ponedoras, y así con muchos productos que son pequeños pero que nos han permitido organizarnos –asegura Dionaid–. La idea es seguir viviendo aquí, ojalá morir de viejitos y que no sea en otras circunstancias. Una de las propuestas es permanecer en el territorio con alternativas que surjan desde la base de las comunidades”.

Si no se organizan, los catatumberos saben que no pueden pervivir. Y sin las mujeres el Catatumbo no podría mantenerse en pie. Las catatumberas aportan valor, pero sobre todo posibilidades y creatividad. Yuliana Herrera es lideresa comunitaria de La Trinidad, corregimiento de Convención. Minutos antes de que conversáramos, Yuliana estaba anunciando los números de las balotas que sus paisanos buscaban en las tarjetas del bingo. Cada que el comité de mujeres de La Trinidad necesita fondos para alguna actividad, organiza una rifa, un bazar, una fiesta, o un bingo bailable. El dinero que se recoja hoy será destinado al alquiler de los trajes para las comparsas de las fiestas patronales. De no ser por los fondos y los jornales voluntarios de la comunidad, La Trinidad no contaría con el polideportivo donde se realizó el bingo. De no ser por un bingo, la escuela de primaria no tendría techo ni piso. De no ser por la rifa de una novilla y un bingo, tampoco hubieran comprado el lote donde quieren construir la iglesia, y el lote donde piensan construir el nuevo internado para que cada vez más niños de las veredas lejanas puedan venir a estudiar. “Eso lo llamamos gestión de las comunidades. Hemos tocado muchas puertas, pero a la hora de la verdad uno también se cansa de eso, ¿no? Entonces nosotros hemos autogestionado, con eventos, con bazares, hemos descubierto que podemos hacer cosas, podemos avanzar sin estar esperando a la Alcaldía”, dice Yuliana.

El Catatumbo no puede mirar hacia adelante sin antes mirar hacia atrás. “Los catatumberos somos gente muy dada a resistir y por eso tenemos que hacer memoria, para que se den cuenta de la capacidad de resistencia que tenemos”, dice Edinson Delgado a las afueras de la Casa de la Memoria de El Aserrío, corregimiento de Teorama. Edinson es el representante legal de la Asociación de Desplazados del Medio Catatumbo. En el 2015 fue elegido para integrar la Mesa Nacional de Víctimas. Ese año viajó a Tumaco y tras conocer la casa de la memoria del municipio ubicado en el pacífico nariñense, inició gestiones para que su corregimiento también contara con un espacio que honrara la historia de El Aserrío y el Catatumbo. Con el apoyo del Centro Nacional de Memoria Histórica, los mismos habitantes pudieron construir su propia casa e inaugurarla el 2 de diciembre de 2018. Pocas regiones han padecido un conflicto de tales magnitudes. Entre 1980 y 2013 ocurrieron en el Catatumbo más de 66 masacres que desplazaron más de 110.000 personas. Resulta inevitable, asegura Edinson, “hacer memoria, recordar para no volver a repetir lo que ya vivimos”.

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Hace un año también vine a la Misión de Verificación, nada cambia: vías de acceso que no son vías ni accesos, corregimientos y veredas que al crecer el río o enfangarse la trocha quedan incomunicadas, escuelas con paredes de tela, hacinamiento en las aulas, baterías sanitarias inservibles, puestos de salud inundados, medicamentos vencidos, camillas podridas, equipos consumidos por los años, casas que parecen del siglo XVIII con electrodomésticos del siglo XXI, distancias inabarcables, ausencia Estatal y botas, muchas botas.

La apuesta por la vida y la permanencia también sigue intacta. En el Catatumbo solo piden que no los involucren en una guerra ajena y que el Estado no los desprecie. Ellos con sus peajes comunitarios –satanizados porque según el Ejército eran la fuente de financiamiento del ELN–, con sus normas y sus formas propias, encontrarán la manera de echar una placa huella, construir un polideportivo, comercializar su café y sus pomadas, comprar una ambulancia para transportar al enfermo, o una retroexcavadora para volver transitable la trocha.

Marina no necesitó una maestría para descubrir la simplicidad de la fórmula: “Para mí la paz es cuando ya no haya más niños con hambre, cuando ya no haya más madres llorando, esa es la paz: que tengamos una vivienda digna para todos y una comida digna, porque a veces nuestros niños padecen mucho de hambre”.

El Catatumbo y el Cisca están cansados de que el Estado proponga la guerra como proyecto de vida, como único destino posible. “Al lado de este dolor histórico ha crecido también la templanza, valentía, y resistencia de una población que se niega a doblar la cabeza, a marchitarse, a cada golpe trágico lo ha sucedido un renovado esfuerzo por organizarse, por luchar, por permanecer en el territorio”, dijo el Cisca en un comunicado publicado el 30 de julio de 2018, día en el que asesinaron a nueve personas en el casco urbano de El Tarra. La historia del Catatumbo tiene inicio, nudo, y pareciera que no tiene final, aunque yo vi a las comunidades escribiéndolo.

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