Por una generación de agroecolombianos

En este especial sobre agroecología hemos reseñado algunos hitos históricos de esta manifestación (Edición 148), luego repasamos el contexto latinoamericano y sus luchas populares por defender sus tradiciones y costumbres (Edición 149). Para finalizar, la protagonista es nuestra querida Colombia.

Aunque la historia de la agroecología en Colombia no es lineal y se ha desarrollado de manera particular en varias zonas del país, se puede señalar que entre 1970 y 1980, la conciencia ambiental se consolidó como un hecho social que permeó a Latinoamérica y permitió conformar numerosas organizaciones en Colombia. Algunas de ellas se orientaron a la producción agrícola, manejando prácticas campesinas tradicionales y conceptos y métodos de la ecología, un objeto de estudio que para la época apenas iniciaba su propagación desde la academia.

La degradación ambiental y los efectos de la agricultura industrializada (Revolución Verde) fueron las razones por las que se empezó a gestar un pensamiento alternativo que se nutría de tradiciones ancestrales para proteger las costumbres arraigadas en nuestra memoria agraria. La situación que nos arrastró hacia el desequilibrio ambiental fue la que parió el antídoto para esta enfermedad verde.

Una nueva ola de conciencia social que está reconciliando al humano con el territorio y de la que germinó la semilla de las agriculturas alternativas, llevó el debate del movimiento ambiental a las esferas políticas, económicas, individuales, biofísicas, culturales, mejor dicho, unió todo un movimiento en una amalgama de disciplinas que enfrentaron las ideologías dominantes sobre el aprovechamiento del recurso, ideas de afuera que eran impuestas y adaptadas por hijos que no querían su patria.

Los agroecólogos, médicos veterinarios y antropólogos, entre otros, hacen parte de los profesionales que se encargaron de evidenciar los movimientos agroecológicos de Colombia, asesorando y trabajando de la mano de los campesinos, aquellos que no se sometieron al modelo general de la Revolución Verde, ya sea porque no tenían los recursos para adquirir los paquetes tecnológicos, o porque las propuestas chocaban con sus intereses y las formas de manejo de la tierra.

Considerado como el padre de la agroecología colombiana, Mario Mejía ha sacado la cara por generar una propuesta agroecológica de respeto al patrimonio ambiental y cultural, el rescate de semillas y las formas pacíficas de relacionarnos unos con otros. Lo más noble de su ejemplo es que expone la sensibilidad que necesita el tema, pues no solo es cuidar la tierra por las repercusiones que puedan darse, sino por una consciencia de amor y de vida innata.

Al haber tantas agriculturas como agricultores, las nociones de agroecología en Colombia se fueron consolidando con el análisis de las características de las agriculturas alternativas que se gestaron en el momento, puesto que algunas de ellas no estaban siendo coherentes con el pensamiento ecológico y solo usaban como escudo el término, mientras eran flexibles al uso de químicos sintéticos, justificando sus prácticas con el argumento de contaminar pero de una forma “sostenible”.

Estas inconsistencias llevaron a que el Ministerio de Agricultura diseñara la Resolución 544 de 1955, la cual reconoce como ecológicos todos los productos “orgánicos”, “biológicos” y “ecológicos”, caracterizados por ser productos agrícolas primarios o elaborados sin utilizar sustancias químicas. También especifica que el agua con la que se tratan no debe estar contaminada con residuos químicos, ni debe contener metales pesados. La agricultura ecológica es tratada como tema exclusivo de exportaciones, a la vez que el poder se le entrega a los certificadores. Es decir que se busca privilegiar una agricultura apta para un mercado “verde” internacional. No una agricultura que repare lo cultural y tampoco lo ecosistémico.

La agroecología y sus diferentes acepciones –agricultura biológica, ecológica, orgánica, biodinámica, sostenible, conservacionista y/o agroecológica– involucran al campesinado como una categoría activa, pero encubren un interés que es más económico que social, ya que todas esas precauciones y cuidados tomadas en cuenta en los cultivos, son impulsadas para alcanzar estándares de exportación, no porque se piense en la salud y la nutrición interna del país.

A esta hipocresía se someten muchos productores que al no tener asistencia técnica de un agroecólogo brindado por el Estado, se asocian con un comercializador independiente, que en la mayoría de los casos es extranjero, para que este financie los estudios de suelo y haga las proyecciones del cultivo, transporte su cosecha y la comercialice fuera del continente. La certificación como instrumento de dominación.

El tratado de libre comercio ha promovido estas rutas de exportación e importación que a fin de cuentas resultan encareciendo nuestro producto interno bruto y acumulando productos que nosotros mismos podríamos producir y usar si no fuera por el compromiso “diplomático” que nos impusieron como camino de desarrollo para nuestro país.

Los programas de desarrollo rural del Estado deben brindar la asistencia profesional técnica para que todos los campesinos productores se vean como un sistema articulado que depende uno del otro, y no compitan por seducir a empresas extranjeras. El desarrollo endógeno, desde lo propio, evitaría en gran medida que adquiriéramos problemas ambientales ajenos a nuestra cultura. Sembrar para la Vida y no para los bancos.

Esta lucha que traspasa todas las dimensiones humanas no es solo un estilo de vida, una tendencia o una ideología política, entendamos que es cuestión de supervivencia humana, es la armonía del territorio que va más allá de las fronteras imaginarias del mapamundi, es un entramado de raíces que nos abraza a todo el mundo por igual.

La esperanza la alimentan los campesinos a diario con la Agricultura Familiar, con la pala y el azadón, la forma más digna de la revolución, labrando con amor el útero que nos da de comer: la tierra. Los mercados agroecológicos son el escenario en donde todos esos héroes se reúnen a proporcionarnos alimentos producidos con la intención digna del corazón campesino y es un derecho y un deber de todos los ciudadanos participar de estos entramados sociales.

¿Cómo vamos a decir todas estas verdades y participar en las decisiones que siempre terminan tomándose a puerta cerrada en los fríos estrados del congreso? La movilización social es la respuesta. El papel no es la ley, la ley está inscrita en la ética de la vida por la vida. Esto no traduce violencia, es la celebración de nuestra diversidad y la protección de la Madre tierra, es un grito por nuestros indígenas amedrentados, por los líderes sociales caídos, por los que ignoran el sentido. Es la reunión en un mismo corazón, el corazón de la Tierra.

 

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Jose Miguel Echeverry

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