Consumidores sin libertad: entre el autocontrol y la coacción estatal

La consecuencia y la causa, el antídoto y el veneno, el “pharmacko” que en griego se entiende como eso que enferma y cura. Esta es la dualidad en la que se suspende el tema de las sustancias psicoactivas (SPA), un paradigma que, en vez de esclarecerse, se dispersa a voluntad de algunos gobiernos para seguir alimentando la “cruzada contra las drogas”, un negocio oficial multimillonario justificado por los estados prohibicionistas.

La droga es toda sustancia que, al ser ingerida en el cuerpo, genera una reacción en el sistema nervioso central que afecta el “ánimo” del que la consume, potenciando momentáneamente la serenidad, la energía y la percepción, permitiendo reducir del mismo modo la aflicción, la apatía y la rutina psíquica.

Esta definición no es tan antigua como la relación del ser humano con las sustancias, que usando los sentidos y transformando las aportaciones externas por medio del cuerpo se “consume” el mundo y reacciona ante él.

Ahora bien, los fines de consumo varían dependiendo de la sustancia. El alimento, por ejemplo, se ha venido estudiando desde la nutrición para llegar a estandarizar una tasa óptima de vitaminas y minerales que necesita una persona para un desarrollo adecuado de sus funciones biológicas. Esto desde el punto de vista alimenticio.

De otro lado están las sustancias que al metabolizarse no aportan tasas proteínicas, sino que sus propiedades estimulan el sistema nervioso central y sirven de antibiótico para algún dolor o para estabilizar alguna inconsistencia psíquica que padezca el ser. En este punto es donde el usuario accede a alguna sustancia ya sea por prescripción médica o por automedicación. En cualquiera de los casos, habrá una ingesta de algún compuesto sintético o en ocasiones orgánico.

¿Cuál es la diferencia? Evidentemente el tipo de sustancia y la forma genética (orgánica o transgénica) en la que se puede transformar, es una marcada divergencia, pero en realidad las diferencias son más morales, políticas y hasta económicas. Basta pensar en el tratamiento común y normalizado de la Trazodona, medicamento de venta libre que usan las personas que padecen insomnio para poder conciliar el sueño, comparado con el mismo tratamiento para el sueño que se hace con las gotas de cannabis vía oral.

El tabú hacia la planta ha acrecentado un imaginario de peligro por cualquier contacto con ella, pero en cambio las pastillas, que son recetadas o vendidas libremente, por el hecho de acceder a ellas formal e institucionalmente, las consideramos como eficaces y confiables. A las gotas de cannabis, por ser esta una planta señalada como nociva por el Estado, se les mira con desconfianza y recelo.

¿Quiénes son los encargados de crear el sistema de valores que determina precisamente la sanidad o el peligro de las sustancias? Desafortunadamente cae la responsabilidad, no de forma casual, en los individuos que controlan y financian la industria farmacéutica, y son ellos los que deciden qué ingieren las personas en el mundo. Aquí se relaciona esto con el tema de la alimentación con una dualidad similar en cuanto a la elección de consumir alimento orgánico o comida intervenida genéticamente en laboratorios, como los llamados transgénicos.

Se enfrenta el conocimiento ancestral, tanto de la medicina como de la agricultura, a la industria. Un ejemplo escabroso de esta última, es la alianza que hicieron Bayer (farmacéutica) y Monsanto (multinacional transgenética) para controlar todo el mercado de sustancias y así ampliar su laboratorio y las pruebas a toda la población mundial, quedando en sus manos la salud y la alimentación de la especie.

Somos los chivos expiatorios de la industria que estudia nuestras reacciones a las enfermedades biológicas y psicológicas que el mismo ente de control crea para luego ofrecer una cura parcial. Así se asegura este círculo vicioso. Es como si el dueño de un montallantas pusiera varios clavos regados por el pavimento unas cuadras atrás de su establecimiento, para después solo esperar de manera segura que llegue el trabajo que él mismo propició.

Resistirse al consumo de productos con agrotóxicos y sintéticos es un gran reto, teniendo en cuenta que las mismas multinacionales han impuesto en la cultura de nuestros pueblos la costumbre de consumir su veneno. Aun así, hay una lucha alterna que también hizo alianza: el conocimiento ancestral recuperado de la medicina y la agricultura adaptado a las prácticas de la modernidad, que se convierte en una alternativa frente a la amenaza de los grandes monopolios.

Otro elemento a tener en cuenta es que la adicción a las drogas es una enfermedad social tratada por el Ministerio de Salud en diferentes niveles. El primero es la prevención que hace gestión de riesgo, anticipándose a la posibilidad del consumo de la población que no ha consumido, para evitar que llegue a suceder un contacto de la sociedad con las SPA. Luego está la mitigación que busca reducir los efectos negativos de los riesgos, tanto antes de que se manifiesten como cuando ya lo han hecho y se han convertido en daños. Si el impacto del consumo crea dependencia y degradación social ya se trata desde la superación, que es otro eje del Gobierno para combatir el consumo de drogas en el país. Por último, está el eje de Capacidad de Respuesta que se enfoca en reducir la incidencia, la prevalencia y el impacto del consumo, a través de estrategias de respuesta técnica, institucional, financiera y de integración.

El anterior es el camino institucional impuesto para un consumidor que cae en manos del Estado. Se le denomina también el modelo transteórico del cambio, proceso por el cual se da la trasformación del individuo a su normalidad, según los estándares de las instituciones encargadas del bienestar social.

En esta perspectiva ni siquiera se tiene en cuenta la sustancia y el conocimiento de la misma, sino el efecto que crea cuando ya la persona ha accedido a consumirla. De esta manera, el usuario ya no es solo dependiente de la sustancia, sino del Estado que ejerce un control de esa relación.

Bajo esta cruzada gubernamental maquillada de iniciativa terapéutica se esconde la eterna dicotomía entre autocontrol y coacción estatal que, en definitiva, pone en peligro la supervivencia de una sociedad que tiende a delegar sus responsabilidades. Una estrategia para olvidarse del derecho a disponer de sí mismo, el derecho a la propiedad y el libre desarrollo.

Todas estas son políticas públicas impuestas y supervisadas por Estados Unidos, un país que nos recomienda, sin opción de respuesta, que se prohíba el consumo en nuestro país, mientras ellos mismos son los que reciben y legalizan de nuestra tierra muchas de las sustancias que consumen; hablan de estándares de salubridad cuando gran parte de su población es adicta a la cocaína o tiene problemas de obesidad severos. Nuestros jueces son pecadores que alzan el martillo con la bata ensangrentada.

En definitiva, la independencia y el autocontrol fundamentados en información sobre las Sustancias Psicoactivas son derechos que nos permitirán salir del círculo vicioso de las adicciones, las superaciones y las recaídas.

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Jose Miguel Echeverry

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