En el Alto Bobalí expulsan las armas del Estado

El temperamento de las comunidades campesinas y organizaciones de base comunal del Cesar y El Catatumbo se reveló después de estar escondido y callado durante 18 meses de presión y ataques por parte de los militares del Ejército nacional acantonados en límites del Catatumbo y el departamento del Cesar. Las comunidades manifestaron no estar de acuerdo con las acciones represivas llevadas a cabo por el batallón número 10, quien tiene a su mando miembros de la Primera y Segunda División del Ejército nacional, olvidando completamente su compromiso y responsabilidad de proteger la vida en una zona de alta concentración de riquezas y grupos armados.

Tras la detención de cédulas por más de dos horas con fines de empadronamiento, la retención de vehículos particulares y públicos, el hurto de bienes personales, el ingreso a las casas sin autorización, los continuos tiros al aire cerca de las casas, escuelas y la tienda comunitaria, los controles de mercados y ofrecimientos económicos a campesinos, especialmente menores de edad, para que se vinculen o hagan parte de la red de cooperantes, la única alternativa que encontraron las comunidades fue manifestarse frente a la base militar ubicada en la vereda El Tigre del municipio de Chimichagua, departamento de Cesar, la cual limita con la vereda El Edén del municipio de El Carmen, en Norte de Santander, y refugiarse en la palabra como medio para llegar a un acuerdo y exigir la desmilitarización del terreno perteneciente a las Juntas de Acción Comunal que tiene fines comunitarios.

Aproximadamente 500 campesinos y campesinas integrantes del Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA), el Movimiento Comunal, el Movimiento de Trabajadores y Trabajadoras, Campesinos y Campesinas del Cesar (MTCC) y la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT), se encontraron en esta zona conocida como el Alto Bobalí acompañados de representantes de los indígenas Barí, la Red de Hermandad y Solidaridad con Colombia (REDHER) y profesionales del Equipo Jurídico Pueblos para realizar durante una semana un plantón, denominado Asentamiento Humanitario Alto Bobalí, y de ser necesario darle un carácter indefinido hasta obtener una clara respuesta de un superior del Ejército nacional.

“El pasado y el presente nos puso los pies aquí”
En esta región, el modelo de desarrollo extractivista ha hecho que los campesinos se acostumbren a convivir con los intentos de sabotaje por parte del Ejército para desplazarlos. Por eso, estaban preparados ante cualquier irregularidad que se presentara durante esta movilización.
Desde la firma del Acuerdo de Paz se han presentado múltiples atropellos contra los Derechos Humanos y contra el Derecho Internacional Humanitario que cobija a los campesinos. Por eso con el Asentamiento Humanitario, este pueblo, que ha sido asesinado, silenciado y judicializado, pretendía reclamar la protección de sus vidas y el desmonte de la base militar.

Muchos no salían a una movilización desde hacía ocho meses por el miedo esculpido a causa de las insurgencias y las armas del Estado, aunque eso no impidió su presencia en el plantón. Otros aún tienen miedo de reclamar sus derechos y no asistieron. Alguien dice que en el Catatumbo naturalizaron la guerra, en otras palabras, les robaron el miedo.
Y cómo no perder el miedo si la guerra ha degradado esta región y su entorno. Un campesino cuyo nombre se omite por cuestiones de seguridad, denunció que el pasado mes de marzo casi lo pierde todo luego de que un helicóptero del Ejército despegara tras entregarle las raciones a la tropa. “Por lo general los helicópteros del Ejército aterrizan en una zona alta y plana. Estratégicamente en mi finca se presentan estas dos condiciones y ese día tipo seis de la tarde, una vez se levanta el helicóptero, el potrero se prende, casi hasta se queman ellos mismos. De la vereda fui el único afectado. Me quemaron el cercado, las mangueras, acabaron con los nacimientos de agua, quemaron una parte de la montaña equivalente a 30 hectáreas de bosque, me dejaron sin pasto para el ganado, afortunadamente se me salvaron mis dos mulas y un caballo. A un campesino por rescatar unas mulas se le quemó el celular. Imagínese el daño que me hicieron y hasta el momento nadie me ha respondido”.

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El Catatumbo es un imponente despliegue montañoso que a la distancia forma un nudo verde cobijado de nubes grisáceas que se precipitan tras los fuertes vientos, en una altura promedio de 1500 metros sobre el nivel del mar. El martes, primer día del Asentamiento, los campesinos y campesinas que llegaban representaban una figura de valentía, sus rostros rodeados de sudor marcaban el inicio de una jornada histórica, definitiva y trascendental.

Poco a poco el lugar se transformaba en un asentamiento humanitario rodeado de carpas negras hechas con troncos húmedos arados a punta de azadón y machete y clavados firmemente a la tierra. A lado y lado de la pantanosa carretera se formaban círculos de conversación y se propiciaban los reencuentros. Tres líderes sociales templaban varios pendones del MTCC. En su fondo se leía: “Por la defensa del territorio y la vida, MTCC presente”, “los derechos del pueblo se arrancan al calor de la lucha organizada, MTCC”, y “el departamento del Cesar avanza a través del MTCC”.

Según Elías Nahum Quintero, el orden de las frases tiene un trasfondo: “Nuestro proceso propende por la defensa de la vida, cuando nosotros hablamos de la defensa de la vida tenemos que hablar de la defensa del agua, de los ríos, de las ciénagas, de los caños, de las montañas y de la vida de quienes habitamos el territorio. Es una palabra plural e incluyente. Primero se defiende la vida, luchando en la organización, luchando por los derechos del pueblo y creemos que aquí ya venimos avanzando, organizando las mujeres y organizando los jóvenes. Luego de eso exigimos nuestros derechos”, explica Nahum con un conocimiento impecable.
En la vereda Maicitos, municipio de La Gloria, departamento del Cesar, la tranquilidad de uno de sus habitantes dejó de ser la misma desde el día que apareció con otros seis compañeros en un intimidante listado donde lo tildan de guerrillero y lo amenazan con quitarle la vida. “Por medio de los abogados que trabajan en el territorio me di cuenta que estaba en esa lista. Allí aparece mi nombre y también el nombre de mi yerno y unos vecinos, no sabemos cuál grupo armado nos amenazó, solo sé que de la vereda aparecemos seis o siete. Por ejemplo, a mi yerno lo señalan de ser el cabecilla de la guerrilla… somos personas que trabajamos en la agricultura, no obstante, eso nos llena de mucho pánico –dice mientras piensa por unos segundos cómo proseguir en medio de un silencio extraño–. Hoy en día como campesinos no vamos a tener una vida digna, el Estado nos quiere acabar”.

Él todavía desconoce las razones por las cuales apareció en ese papel, y sostiene que nunca en su vida le han gustado las armas, y durante el conflicto les huyó varias veces a los grupos armados. Esto lo obligó a protestar con mucha dignidad en el Alto de Bobalí, aunque corriera el riesgo de morir en el momento menos esperado.

La tienda comunitaria
A pico y pala las comunidades mantienen transitables las vías de acceso; a punta de autogestión en el Catatumbo pueden pagar una retroexcavadora, una motoniveladora y una volqueta; gracias a las ventas de paletas y otros productos los habitantes pueden solventar el olvido del Estado que solo aparece una vez al año por medio de la Gobernación o las Alcaldías. Allí no saben qué es un ingeniero civil, un arquitecto ni un topógrafo. Ellos mismos han planificado sus vías, sus escuelas y han utilizado las tiendas comunitarias como puestos de salud y a la vez como droguerías.

Los puestos de salud que había en el Alto Bobalí se cerraron desde el 2000 y actualmente no hay personal médico, pero los campesinos han aprendido a ser sus propios enfermeros. Además, en cinco veredas no hay escuela primaria. En el Catatumbo solo el 1% puede acceder a una educación superior, esto quiere decir que el 99% termina trabajando el campo.

Sin embargo, la recursividad es la única mirada para enfrentar esta problemática. Desde que está la tienda comunitaria llamada La Sierra en el Alto Bobalí, 24 comunidades se benefician de ella, “la idea surgió del Comité de Integración Social del Catatumbo, de cómo inventar las tiendas de economía solidaria. Entonces se recogieron unos fondos de las mismas comunidades y poco a poco comenzó su funcionamiento. Esto lo hacemos para regular precios y evitar la especulación de algunos campesinos. Tratamos de que los precios sean justos y equitativos, buscamos que la administración sea propia y que todo nos salga más económico que comprarles a los comerciantes que vienen a la región. Consideramos que es un modelo de economía solidaria donde representamos el cooperativismo, la justicia y la solidaridad entre las mismas comunidades. En definitiva, cambiamos ese modelo mercantil que busca la acumulación del capital para generar posibilidades comunitarias de vida digna”, plantea Pedro Duarte, líder social de la vereda Dos Quebradas.

Esta propuesta ha sido estigmatizada por la Fuerza Pública que hace presencia en la zona. Estas iniciativas comunitarias, autóctonas y de autodeterminación de los pueblos tienden a ser señaladas por el Ejército de ser financiadas por los grupos armados y las insurgencias.

En los últimos meses, la tienda ha quedado en medio de los fusiles. El Ejército se ha burlado de la población al ver sus reacciones de miedo después de disparar al aire a menos de 50 metros de la residencia de una familia que tiene dos niños de dos y nueve años de edad.


Objetivo cumplido o la palabra cumplida
Por ese espíritu de sacrificio en medio de la brisa, la niebla, el frío, el calor, la lluvia, el hambre y el desvelo de la noche, fue que las comunidades lograron reclamar los derechos que les han quitado. Por esos rostros agotados, por esos pies descompensados tras el cansancio acumulado de la semana fue como los catatumberos ganaron legitimidad y recuperaron un poco de su dignidad. En medio de la última asamblea, un líder social dijo que por creer en el diálogo como la principal arma para llegar a una solución fue que el Estado y las Fuerzas Militares tuvieron que someterse a las exigencias de las 24 comunidades movilizadas en el Asentamiento Humanitario, y anunciaron su traslado de la zona.

Una de esas reivindicaciones la ha dado Miguel Quintero, líder social e integrante del MTCC, satisfecho con la actitud de todos y todas durante los seis días de movilización: “El tiempo es una gran victoria y por eso nos llevamos en las manos ese honor, esa la lucha y esa la valentía de que en el primer encuentro hayamos logrado hacer salir a la fuerza militar del territorio. A nosotros nos obligaron a hacer esto, felicitamos a cada comunidad por su aguante y perseverancia”, agradece Miguel con una inigualable emoción en su voz. “El territorio no se vende, el territorio se defiende”, finaliza en medio de la euforia del pueblo.

Recuerda y repite resplandeciente el gran triunfo que se llevan a casa y la posibilidad de revivir y hacer creer a los que no fueron, que vale la pena buscar la unidad del pueblo catatumbero. La militarización ha sido una forma de represión que el Estado ha utilizado para desplazar el campesinado y condenarlo a un abandono que no parece tener fin. Por años, a ellos los han querido acabar viendo cómo se llevan los mejores hombres de sus manos. De todas maneras, estas comunidades se aferran a permanecer en este territorio donde la gente es la gran riqueza.

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Carlos Mario Palacio

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