Preocupante involución de nuestra especie: de Homo erectus a Homo absortus

Las imágenes diarias y cotidianas son contundentes: en cualquier lugar del mundo y a toda hora hombres y mujeres son atropellados por automóviles, caen en los huecos de las calles, se estrellan contra postes o contra otros seres humanos. Diariamente perecen (¿o se suicidan?) decenas o centenas de seres humanos como resultado de estos “accidentes”, normalmente evitables. El motivo es idéntico, ya que las personas que mueren o quedan heridas, segundos antes estaban ensimismadas mirando el Smartphone e iban cabizbajos sin tener la más elemental precaución sobre lo que sucedía en el mundo exterior.

Esto no es algo anecdótico, sino que marca un verdadero salto atrás en el proceso de evolución humana, puesto que ha surgido una variante de nuestra especie, que puede ser bautizada como Homo absortus, que se caracteriza por andar siempre mirando en dirección al suelo, o más exactamente al infaltable teléfono móvil. Como lo hubiera dicho Pierre Paolo Pasolini, estamos viviendo una mutación antropológica, por la generalización de ese insoportable aparatejo que supuestamente fue hecho para comunicar, pero que en realidad produce una incomunicación total y la completa desconexión de la realidad, que los sujetos que solo están conectados confunden con la realidad virtual.

El retroceso evolutivo es notable si se recuerda que Homo erectus, en sentido estricto, fue un género de la familia de los Homínidos que nos antecedió, un antiguo pariente nuestro, que surgió hace unos dos millones y medio de años. Usaba instrumentos, dominaba el fuego, tenía una estatura de 1.80 metros y una capacidad craneana de 1200 centímetros cúbicos. Caminaba imponente con su cuerpo erguido, mirando con cautela a su alrededor, era cazador y se alimentaba de animales como el mamut. Homo erectus fue el primero en desplazarse durante largos trechos y el primero de nuestros antecesores que abandonó su lugar de origen, el norte de África. Como ha dicho el biólogo Daniel Lieberman: “fue el primer antepasado que podemos caracterizar como significativamente humano”.

En sentido amplio nosotros somos, o lo habíamos sido hasta ahora, Homo erectus, denominación usada para destacar nuestra posición bípeda al andar, como uno de los atributos físico evolutivos que nos distinguen como Homo Sapiens. Caminar en nuestra historia evolutiva se ha relacionado con pensar, trabajar y ver el mundo exterior con nuestros ojos. Por eso, los primeros seres humanos que existieron se extasiaban mirando el cielo, las estrellas, los árboles, el mundo circundante, lo cual era a la vez una cuestión de supervivencia y de admiración de las maravillas del mundo.

Se hizo tan famoso el mirar las estrellas como parte de la reflexión humana que se cuenta que Tales de Mileto, uno de los primeros filósofos de la antigüedad griega, se encontraba concentrado en observar el firmamento y de repente cayó en un pozo de su jardín, por no divisar el suelo por el que caminaba. Tracia, la esclava y cocinera del filósofo, al verlo caído en el pozo se burló de él y, según Platón, le dijo: “Tanto preocuparse por conocer las cosas del cielo, que se te ha quedado oculto lo que está bajo tus pies”.

Ahora no caemos al suelo por mirar las estrellas o meditar, sino por estar pegados fijamente en el celular, algo más trivial para nada relacionado con la grandeza del pensamiento y de la reflexión filosófica. Se ha perdido el sentido profundo de la contemplación y de la observación para quedar sumidos y sometidos a la dictadura omnipresente del móvil, al que se debe mirar cada instante, como si de ello dependiera la vida misma, y en muchos casos así es, porque, por ejemplo, se muere en el intento, atropellado por un automóvil, cuyo conductor también está pegado al celular. El capitalismo y sus tecnologías de la incomunicación han creado un ejército de zombis, especie de muertos vivientes, que caminan como simios en las atascadas ciudades del mundo.

Charles Darwin había dicho en 1871 que el bipedalismo fue la característica que nos situó por encima de otros simios (y tuvo más importancia que el tamaño cerebral, el lenguaje o el uso de herramientas), porque nos liberó las manos para hacer diversas cosas, como tomar un fruto, escarbar la tierra, cargar cosas… Si eso fue así, hoy estamos en el camino de regreso, porque no solamente se está abandonando la posición erguida, sino que además las manos se han limitado a desempeñar solo una actividad rutinaria y mecánica: chatear en el celular.

De tal manera que el cuerpo humano adopta posiciones simiescas al caminar por la utilización del móvil en el desplazamiento cotidiano, y la mano se le ha convertido en un simple instrumento que activa las teclas de un celular, con cuyo accionar esquizofrénico también se daña, como se evidencia con la generalización de nuevas enfermedades, tales como la tendinitis y el síndrome del túnel carpiano. El uso compulsivo del celular no solo afecta a los pulgares sino a toda la mano, la parte media del antebrazo, el cuello, la nuca, la parte trasera de los hombros y puede producir lesiones en las terminaciones nerviosas que salen de la columna vertebral. Que más puede esperarse cuando el pulgar, un extraordinario y exclusivo órgano nuestro que contribuye a diferenciarnos anatómica y socialmente de los demás animales, ha sido reducido a un simple instrumento para chatear y wasapear. Esto es una prueba más de nuestra preocupante involución que, como van las cosas, nos puede llevar a caminar como los gorilas y a andar con las manos vendadas de manera permanente.

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Renan Vega Cantor

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