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Un fantasma vuelve a recorrer Europa

Un fantasma vuelve a recorrer Europa –si es que alguna vez dejó de hacerlo–. Los lamentos de buena parte de la sociedad civil, consciente de la deriva autoritaria que en el pasado reciente originaron los movimientos de extrema derecha en Europa, son cada día más reales. Afloran paulatinamente los recelos que una parte de la ciudadanía europea, que no se considera xenófoba, ni racista, ni clasista, ni especialmente machista, tiene precisamente sobre aquellos venidos de otros países, personas de diferentes etnias, juzgadas en razón de su estatus y despreciados especialmente si se trata de mujeres o población LGTBI. Llámenle recelos, llámenle miedos, llámenle odio, el caso es que estos prejuicios son incontrolados y se focalizan sobre grupos de población con los que inevitablemente se comparte la cotidianidad y a los que es más fácil deshumanizar y señalar de moros, sudacas, negratas, guarras, feminazis, maricas o travelos.

Y mientras parte de la sociedad civil agita las banderas del odio de la extrema derecha, otro pedazo del pastel sociológico, en este caso de la derecha, trata de normalizar la situación, mientras una izquierda en declive queda atónita, frustrada o cansada, y otra izquierda en continua reinvención trata de hacerle frente antes de que sea demasiado tarde.

La derecha es hoy el fantasma que recorre Europa. Vimos cómo el Frente Nacional francés se envalentonaba y conseguía llegar a una segunda vuelta en las elecciones presidenciales, desplazando a los gobiernos de conciencia obrera de muchas ciudades galas. Observamos con preocupación cómo el UKIP británico (Partido de la Independencia del Reino Unido) conseguía hacerse hueco entre las masas trabajadoras del país y tomaba protagonismo en el Brexit. Quedamos horrorizados cuando Viktor Orban tomó el poder en Hungría con un gobierno filofascista de relato abiertamente racista, cuando la derecha austriaca decidió normalizar a los ultras dándoles cabida en su Gobierno nacional y cuando el agua y el aceite decidieron dejar de ser oxímoron en Italia, al unirse el Movimiento Cinco Estrellas con la derecha ultra del actual ministro del Interior, Matteo Salvini.

Una ola que no ha dejado atrás a los civilizados países del centro y norte de Europa, que también han visto surgir movimientos ultras como Alternativa por Alemania, justamente en el país que ha tratado durante más de 70 años de desligarse formalmente del discurso del odio. También España, con la incursión de Vox y el recibimiento de los partidos de derecha con los brazos abiertos, parece al borde del abismo ultra.

¿Qué une a todos estos movimientos de extrema derecha? ¿Cuál es el corpus que liga a este fantasma que no deja de recorrer Europa? Los discursos ultra no son nuevos, ni tampoco sus formas, con las banderas izadas del nacionalismo de Estado, o el apoyo en determinadas jerarquías religiosas. El mayor cambio experimentado entre la Europa del primer tercio del siglo XX, con un fascismo galopante, y la Europa de este primer tramo de siglo XXI, amenazada de nuevo, es precisamente la creación de una estructura supranacional que debía haber servido como punta de lanza del hermanamiento entre pueblos, pero que no ha generado sino disputas, agravios y la consolidación de los Estados-nación que surgieron con la Edad Moderna. Sin duda, la Unión Europea no puede ser la única diana sobre la que disparemos la culpabilidad del ascenso de la ultraderecha en el viejo continente, pero cierto es que no ha sido la Europa de los Pueblos capaz de aglutinar, motivar la confraternidad y evitar los nuevos fascismos o parafascismos.

Desde su constitución la Unión Europea ha vivido atrapada por el economicismo, el acero y el carbón. Los lobbies y cruces de intereses empresariales de las transnacionales han llevado a los dirigentes europeos a despreciar por completo cualquier atisbo de humanidad. Alguien, quizás, tache de hiperbólico esto último. Pero ¿cómo se explican los 2262 migrantes muertos el pasado año en el mar Mediterráneo? Los desheredados se echan al mar con lo que llevan puesto, huyendo de la guerra en sus países, del hambre, del terrorismo, impregnados por la desesperación de quien solo es capaz de ver muerte y miseria a su alrededor. Y la respuesta de Europa en tierra firme es alzar vallas, construir muros, instalar alambres de púas, y negar la asistencia a los náufragos de las maltrechas pateras y barcazas que se lanzan al agua después de soportar kilómetros y kilómetros de dura travesía que incluye chantajes o violaciones inhumanas.

Y de pronto, el Aquarius
Con un ejecutivo comunitario europeo paralizado y unos gobiernos nacionales impávidos ante este escenario, las ciudades de Europa parece que han tomado el relevo de la conciencia social. En el verano de 2018, mientras los gobiernos de Italia y Malta se negaban a auxiliar al Aquarius, un barco de rescate con alrededor de 106 refugiados a bordo, a la deriva, sin alimentos, ni agua, una ciudad de menos de un millón de habitantes alzó su pequeña voz. En el extremo este de la península ibérica, Valencia dijo que quería asistir a esos refugiados, y que prestaba su puerto para que el Aquarius atracase antes de que sus ocupantes murieran de hambre, sed y desesperación. No era algo nuevo: meses antes, decenas de municipios de toda Europa se habían unido para declararse Ciudad Refugio, y mostrar con orgullo pancartas y emblemas con un Welcome Refugees (Bienvenidos refugiados) que instaban a despertar muchas consciencias ciudadanas.

El municipalismo ha tomado el relevo. Las ciudades en Europa se han erigido como canalizadoras de un malestar social que no se deja atemorizar ante el auge de la extrema derecha, ni su banalización por parte de las derechas tradicionales, liberales y conservadoras. Es muy probable que aquel viejo fantasma nunca abandonara del todo Europa, pero hoy el municipalismo político y social es el que le hace frente.

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Acerca del Autor

Pau Vendrell