Sacha Inka: la semilla de la resistencia

Se le quita la cáscara a la semilla original, queda otra capa de cáscara que se quita con un golpecito de martillo –semilla por semilla-, luego se lava y se hierve, se tuesta –sea en leña o en fogón–. Se saca en varias presentaciones: caramelizado, con pimienta, o con sal marina. El Sacha Inchi es una semilla ancestral oriunda del Perú y de la selva amazónica, tiene características nutricionales, preventivas, y curativas. Fue cultivado por la civilización Inka y fue uno de los principales alimentos de esta tribu –también se le conoce como el maní de los Inkas–. En algunas tumbas Arhuacas se encontraron cerámicas sobre la semilla. El Sacha Inchi aguarda memorias ancestrales que dos personas se han propuesto rescatar.

Desde hace cinco años Juan Carlos y Valentina, desde el municipio de Alejandría, en el Oriente de Antioquia, se propusieron estudiar el maní de los Inkas. El agotamiento que les generó el sistema capitalista –de consumo inconsciente como ellos le llaman–, les permitió encontrar otras formas de existencia. Alrededor del proyecto Sacha Inka hay toda una visión del mundo.

Sacha Inka es una propuesta enmarcada en la concepción de las economías alternativas que busca recuperar el sentido ancestral de este alimento, construir otros modos de consumo, y liberar la semilla. Llegó a Alejandría hace aproximadamente cinco años, la granja Mano de Sol recibió la semilla y desde ese momento no han parado de descubrirla. Los portadores de esta propuesta han caminado diferentes lugares del Oriente antioqueño y del departamento regalando semillas y haciendo la pedagogía respectiva. El propósito es compartirla también en otros lugares del país. Este alimento se produce desde lo artesanal, los campesinos de este territorio han recibido la semilla de forma gratuita. En torno a este proyecto hay todo un espectro de intereses simbólicos contra-capitalistas que se configuran en la lógica de la soberanía alimentaria, los sujetos que se ven implicados en este proyecto comparten una visión anti-sistema del mundo. Su forma de resistir es cultivando.

Según Valentina, el Sacha Inchi tiene tantas potencialidades nutricionales como curativas, “este producto posee omega 3 en un 48%, omega 6 y 9. El omega 3 es fundamental para el cerebro y el corazón. Ayuda a la conexión cerebral, evita muchas enfermedades, por ejemplo la trombosis, el derrame cerebral, ayuda también a eliminar la grasa mala de las arterias. Por lo tanto, ayuda a controlar triglicéridos, colesterol, presión arterial, evita infarto de miocardio. Además de ello tiene mucha proteína, ayuda mucho a los niños con déficit nutricional”. Sin embargo, los colombianos aún no se han apropiado de esta semilla, concluye.

Una de las grandes motivaciones de este proyecto, es promover no solo el consumo del alimento sino la producción agroecológica del mismo. Desde Sacha Inka ven con ojos de preocupación el consumo extranjerizado, “es increíble que el 80% de la producción mundial se la consuman los japoneses, y el otro 20% Europa y Canadá, la idea con esta semillita es rescatar lo que nuestros ancestros nos dejaron. Cuando empecé a investigar desde Alejandría sobre esta semilla vi que gran parte de la producción estaba siendo consumida por los extranjeros. Entonces desde hace tres o cuatro años yo me di a esa tarea, me dije: es increíble, es absurdo que tengamos nuestra propia medicina y que tengamos que hacer uso de otras cosas en vez de usar nuestro propio alimento, nuestra herencia”, asegura Juan Carlos.

Sacha Inka se visiona como un proyecto independiente que no pretende alinearse a ningún aparato comercial. Con la cooperativa Sacha Colombia tienen experiencias bastante complejas que les impide asumir, desde la buena fe, la labor que desde allí se desarrolla. Según Juan Carlos: “Sacha Colombia llegó al municipio pero de una forma muy autoritaria, similar a la cooperativa de caficultores –que podemos ver que al día de hoy tiene al campesino prácticamente quebrado–. Esta cooperativa llegó entregando y repartiendo semillas que tenían un costo de 230.000 pesos un kilo, y digamos que usted empezaba con ellos y ya quedaba usted inscrito en la cooperativa y tenía que regalarles 25 kilos, los primeros 25 kilos de la producción. A raíz de eso muchas personas vieron que, lastimosamente, estas cooperativas más que un beneficio se estaban era lucrando con el esfuerzo de ellos. Más de una persona se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y empezamos a unirnos unos cuantos campesinos con el fin de generar el comercio más justo. Ahorita somos seis o siete personitas con sus respectivas familias, el pensado es que más personas se van a ir uniendo. El Sacha Inchi ya se está vendiendo a un precio más justo y se está retribuyendo mejor su economía, desde allí se viene creciendo con el proyecto de Sacha Inka, nos hemos venido mostrando en la región, en Antioquia, en otras partes del país, y hasta en otros países. Desde Alejandría han salido productos hacia Suiza, Alemania, Estados Unidos”.

La experiencia de Valentina y Juan Carlos con el producto les ha llevado a generar relaciones con campesinos a lo largo y ancho de la región, “el buen vivir”, sin duda, es la categoría que comparten estas personas y que les permite articular visiones estratégicas sobre la ruralidad. Sanar el campo y liberar la madre tierra a partir del uso consciente de las semillas, además de constituir dinámicas comerciales de corte horizontal –comunitario– es uno de los tantos propósitos que aguarda este proyecto. No ha sido fácil encontrar un mecanismo –que no sea la cooperativa– que permita la confluencia entre campesinos productores de Sacha; y no es por falta de interés, pues la cooperativa Sacha Colombia ha vulnerado a campesinos y campesinas del Oriente antioqueño, desde Alejandría, pasando por San Carlos y llegando hasta San Francisco.

“Le cuento pues que esta misma situación la está viviendo San Francisco y San Carlos. Esta semana me llamaron porque ellos ya están cansados y no quieren trabajar más con la cooperativa. Entonces me estaban invitando a trabajar con ellos, a que yo fuera el comercializador de ellos, que si yo era capaz de sacarles las semillas que tienen, porque tienen un represamiento de varias toneladas de semillas y ellos no quieren vendérselas a la cooperativa. Sergio –me dice Juan Carlos–, usted cree que es posible que esos campesinos un día le compraron a la cooperativa la semilla, les vendieron a 230.000 pesos el kilo y enseguida ellos [los campesinos] sacaron los kilitos de la producción y fueron a vendérselos y se los estaban retribuyendo a 5.000 pesos, es muy injusto. A ellos los invitaron a Medellín a una exposición y les tocó ver cómo sus propias semillas eran vendidas por esa cooperativa a un precio de 80.000 pesos, esto inmediatamente generó rabia y desesperanza en los campesinos. A partir de ese suceso ellos decidieron trabajar fuera de la cooperativa y crear pequeños núcleos de sociedad donde van a trabajar ellos mismos, a darle transformación a su producto, a no depender de estas cooperativas, y este es el llamado, esto es lo que tenemos que hacer. Tratar, desde nuestros propios medios, unirnos, y entre todos favorecernos con este “cultivito”. Entonces ahí vamos en este proceso. No hay una ayuda gubernamental. Los campesinos trabajan con el corazón, no están esperando que nadie les dé nada para poder hacerlo”.

Se dice que la gente tiene derecho al dolor, a indignarse, a renunciar –así sea simbólicamente– a este mandato capitalista, a crear nuevas esperanzas donde poder habitar y reconfortarse. Hay múltiples formas de hacerle frente a las injusticias, de resistir, de proyectar la indignación. Pero la gente –todas las gentes del mundo– no tiene derecho a perder la esperanza, a claudicar, a no querer ver –voluntariamente– los problemas de la humanidad. Sacha Inka es más que un proyecto comercial. Es visión, es resistencia, es otra forma de clasificar la vida. Organizar la rabia, el dolor, y la indignación –creativamente– es un imperativo para el movimiento social. Valentina y Juan Carlos están dispuestos a seguirnos enseñando, a mostrarnos el camino que demarcaron los ancestros. Pues su proyecto, al estar construido con amor, es inacabado.

Seguirán resistiendo, es decir, compartiendo semillas por aquí y por allá.

*Sergio es Comunicador Comunitario del Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio. Su artículo fue publicado originalmente en la Segunda Edición de la Revista Movete.

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