Editorial 153: La guerra nunca se fue

El genocidio estatal contra las organizaciones sociales no para, tampoco la violencia de toda clase contra el pueblo y la oposición política, y es posible que no se detenga mientras los colombianos, las colombianas y el resto del planeta sigan reaccionando ante la tragedia como cuando uno se enoja y maldice frente al televisor por una noticia o imagen que muestra injusticia y dolor. La simple rabia y la protesta frente al televisor no sirven de nada ante el abuso; si no hay acciones contundentes y masivas de la sociedad contra las arbitrariedades del Estado en materia económica, social y política, o en contra del genocidio, este no se detendrá.

El terrorismo de Estado no es nuevo, tampoco lo es la corrupción practicada a diario y la desigualdad provocada por las élites que han mal gobernado este país. El 29 de agosto, 24 horas antes de que se conmemorara el día internacional del desaparecido, la Fiscalía General de la Nación abofeteó a las víctimas de los más de 80 mil casos de desaparición reportados en los últimos 42 años en Colombia, al manifestar que las desapariciones en la retoma del Palacio de Justicia del año 1985 a manos de las fuerzas militares, y por las que la Corte Interamericana de Justicia condenó al Estado colombiano, jamás ocurrieron. También se conoció días antes el plan de las fuerzas militares para acomodar un informe a su amaño ante la Comisión de la Verdad y de paso borrar la memoria histórica pisoteando de nuevo a las víctimas.

El terrorismo de Estado es una práctica muy vieja en Colombia, pero la manera como lo hace el gobierno de Iván Duque es muy preocupante. Sumado a los ataques contra la verdad y la memoria de las víctimas, se ha empeñado en destrozar lo poco que queda de los Acuerdos de Paz, y cerró las puertas a las comunidades y pueblos que en los territorios claman su derecho a construir paz emprendiendo diálogos regionales u otras iniciativas que les permitan algún día dormir sin miedo.

Sin embargo, las comunidades en los territorios no se han quedado quietas y vienen enfrentando las agresiones con protesta social y acciones como refugios humanitarios, misiones de verificación, caravanas humanitarias, la multitudinaria marcha por la vida de julio 26, las asambleas, los cabildos, las mingas, y decenas de manifestaciones en todas las modalidades habidas y por haber. Pero la tragedia no para porque los criminales caminan a sus anchas haciendo daño por los territorios con el auspicio del gobierno y las autoridades. El Presidente de la República, el Ministro de Defensa, la Ministra del Interior, la Fiscalía General, la Contraloría, el Congreso de la República y los comandantes de las Fuerzas Militares y de Policía son simples cargos de papel que como dice Rubén Blades escuchan sin oír y miran sin ver.

Las misiones y las caravanas han jugado un papel fundamental en la denuncia y constatación de la crisis humanitaria que viven zonas como el Catatumbo, Sur de Bolívar, Sur de Córdoba, Norte del Cauca, Chocó, Bajo Cauca y Suroeste antioqueño, entre otros. Recientemente, decenas de internacionalistas, cientos de líderes y lideresas de organizaciones sociales, populares y defensoras de derechos humanos, transitaron con participación de algunas comunidades del Chocó los ríos Truandó, Chintadó y Salaquí, también caminaron por las zonas humanitarias de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó, donde el control paramilitar no se ve, pero se conoce y se siente.

Según los caravanistas, el panorama de miseria, inseguridad, falta de agua potable, salud y educación es vergonzoso, y ver caseríos desolados por el desplazamiento forzado es verdaderamente demoledor. Los cuerpos médicos que acompañaron las Caravanas encontraron en adultos e infantes problemas graves de salud como consecuencia de la guerra, falta de concentración, pérdida de la visión, del oído, afectaciones al sistema nervioso. Se registran abortos espontáneos y nacimiento de bebes con malformaciones. El hacinamiento provoca rupturas del núcleo familiar, afectaciones en las relaciones sexuales y de pareja; problemas de columna y articulaciones. Los bombardeos y las erradicaciones con glifosato han afectado a las personas y a la naturaleza, han aparecido enfermedades como la diarrea, la fiebre, las intoxicaciones y los brotes en la piel (todo a causa de la contaminación del agua). Bajo esta situación, las prácticas culturales (medicina tradicional), el deporte o los juegos tradicionales se vienen perdiendo; el esfuerzo por desarrollar soberanía alimentaria ha desaparecido prácticamente.

Por su parte, en el Bajo Cauca, que es la tercera subregión más grande de Antioquia con una extensión de 8.485 km2 y una población total de 302.261 habitantes, la militarización estatal y de grupos narcotraficantes, paramilitares, e insurgentes es abrumadora. Así mismo lo es la violenta confrontación armada que se extiende contra la población civil y en especial contra los y las lideresas sociales…

Si no fuera por la sonrisa permanente de los rostros de los niños y las niñas de los pueblos negros; la belleza de las pinturas en la piel indígena; el profundo negro de los ojos esperanzadores de los Emberas; o el ímpetu de los campesinos y campesinas que salieron en el Bajo Cauca a apoyar y avivar la solidaridad y el mensaje de vida y paz, el dolor y la angustia de los participantes de las caravanas no hubiera sido fácil de superar.

Los días y las noches en los territorios de la Colombia profunda siguen oliendo a miedo; las comunidades despiertan con noticias tristes, noticias que llegan a las ciudades, pero no a los corazones de la muchedumbre que viaja atestada en los transportes masivos o caminan mirando sus celulares, con los oídos tapados. Por eso la masacre de Karina, la aspirante a la alcaldía del municipio de Suarez y cinco personas más no genera dolor sino a sus familiares, y quizá a los defensores de la paz y la vida. Un anuncio trágico para las candidaturas alternativas de octubre, que no será denunciado por el mejor noticiero de los últimos años (Noticias Uno) que también murió bajo las balas del mercado.

Con semejante crisis humanitaria ante nuestros ojos, y aún nos dejamos convencer por los medios masivos que señalan el regreso de las FARC – EP a la lucha armada como la peor noticia. Regresa la guerra, dicen los analistas; nunca se fue de nuestros territorios y nuestras vidas, gritan indignados los habitantes de la Colombia profunda.

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