Señoras de mi barrio Destacado

Al calcular ese diferencial que me enseñaron en la universidad, tiempo final menos tiempo inicial, me doy cuenta de que los múltiples calendarios han cumplido su cometido.

Cada tarde de esos seis años de mi formación secundaria −“el bachillerato” en esa época−, además de tener atiborrada la mente de fórmulas estadísticas, términos de cortesía del Inglés comercial y garabatos de taquigrafía, mis piernas –aunque largas y fortachonas− padecían de cansancio prematuro cuando traspasaban la portería del colegio para encontrarse con esas calles cuesta arriba y el sol imperante de las cuatro de la tarde.

Para ese entonces, mediados de los 80's, existía una oferta popular que para mí era bálsamo y gozo. Nada extraño era encontrar, casi en cada cuadra, un aviso con letra irregular pegado detrás del vidrio de alguna ventana, en donde con toda seguridad vivía una señora ama de casa o matrona, que anunciaba: “Venta de cremas y bananos congelados”.

Yo siempre hacía la reserva presupuestal desde el primer descanso en el colegio. Subir la cuesta con los labios deliciosamente refrescados por el hielo adherido a la fibra de la fruta rica en potasio, o el que yacía contenido en las cremas de leche y coco, mora, mango biche con sal o vainilla, era un placer inigualable.

Mientras cumplía mi recorrido con el botón del uniforme desabrochado después de nueve horas de disciplina escolar y las medias blancas de lana hasta la rodilla –evitando enrollarlas hasta mis tobillos para no parecer demasiado irreverente−, veía a los niños divertirse en las aceras con juegos como bolas de cristal, triciclo, muñequero, cocinita o yeimi –este último como juego tradicional en el que un equipo es perseguido y el otro persigue buscando atrapar con la pelota−.

Poco a poco, esas señoras y esos juegos fueron mutando en otras formas quizá más acordes con los afanes y la modernidad.

Entre uno y otro verano, fueron proliferando las fábricas de helados, algunas poderosas y otras no tanto, pero todas vendiendo. No sé a qué hora las primeras fueron tocando las puertas de casas y tiendas donde se vendían aquellas cremas artesanales para seducir con refrigeradores “sin costo” y un variado surtido industrial que ahora es tan cotidiano como la bolsa de leche en la tienda de la esquina.

Y a la larga, hasta la leche tiene su historia. Éramos las señoras y las niñas quiénes más madrugábamos con el canasto metálico y los frascos de vidrio, tan solo para esperar el carro surtidor y alcanzar a comprar el precioso líquido.

Y cuando yo acudía a misa, también en esas épocas de juventud, podía avistar los pañolones y velos blancos, negros y grises, cubriendo las cabezas de las señoras más ancianas que, en su mayoría, se habían criado en algún pueblo de Antioquia.

Las calles ya no son las mismas. Las reformas de aceras, fachadas y estructuras han cambiado a la mayoría de ellas. Pero lo que más se ha transformado son los rostros, las conversaciones, las actitudes de quienes aún habitamos allí.

Hace algunas semanas mi sobrino nos preguntó en casa qué plato tradicional aportar para la fiesta de la antioqueñidad que realizan en su escuela. De inmediato, mi mente viajó décadas atrás y rememoró en mis sentidos las delicias del cofio azucarado, del minisigüí con su ácido gusto y de las obleas con arequipe que afortunadamente perduran con variaciones de salsas y de queso.

Hay casas que no han cambiado su aspecto físico. Sabrá Dios de cuántos devenires podrían hablar sus paredes interiores. Entre ellas, hay dos que sobresalen en mi recuerdo.

La primera, una casa grande, de amplios corredores y habitaciones, abundantes trebejos y objetos decorativos, todos ellos acompañando a una mujer madura que nunca se casó, que decidió quedarse habitando la casa paterna, mientras sobrinos y hermanos residen en otras latitudes de la ciudad.

La segunda, una casa blanca, con habitaciones en las que sobreabundan los portarretratos, los cuadros de la Virgen María y del Corazón de Jesús acompañados de algunos santos, y en donde la señora viuda que allí reside se recrea con los recuerdos del maravilloso esposo que la acompañó por muchos años para luego solo estar presente en sus añoranzas.

Tiempo atrás yo destinaba algunos momentos para visitarlas. Me asombraba la magnitud de esos espacios en medio de esas grandes soledades. Y los años pasan, el diferencial de tiempo final al momento cero (es decir, el hoy) versus el tiempo inicial se va ampliando y los vericuetos de la adultez han llevado mis pasos a otros destinos.

Hace poco pregunté a mi familia por ellas. La dama de la primera casa, debido a sus quebrantos de salud, ya vive con sus familiares en otro barrio. La mujer de la segunda falleció recientemente y aquella casa blanqueada de recuerdos fue heredada por sobrinos que ahora buscan modernizarla.

El barrio que habito no es el mismo, pero no es su responsabilidad. Ha sido el cometido de quienes lo habitamos. Y entre todo esto, sigue siendo un feliz hallazgo tocar la puerta de una casa del vecindario, domingo de sol en la tarde, donde ofrecen en venta cremas de maní, coco, queso con bocadillo, milo y la tradicional vainilla, todas hechas por manos de señoras.

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