Demagogia de oropel, ciudad insegura Destacado

Puede ser, por qué no, que en algo haya mejorado la infraestructura, algunas vías y pasajes peatonales, reformas a las jardineras, la Oriental sin calenturientas pirámides, los parques arregladitos, en fin, pero de ahí a tener una Medellín incluyente y segura para el ciudadano hay miríadas de distancia. La brecha entre sectores sociales se sigue abriendo y profundizando. No hay progreso del nivel de vida, y con desempleo y trabajo informal no se resuelven ni las hambres ni las carencias. La ciudad, además de contaminada, se tambalea en la cuerda floja de una permanente inseguridad.

A veces da la impresión de que el alcalde estuviera jugando a los ladrones y policías. Un jueguito de calle y de infancia remota. Es como si hiciera un show, malo por lo demás, para registrar en pantallas y salir en titulares de prensa. Y todo con un helicóptero de fondo, bueno, no tan de fondo, más bien un mosquito zumbador que día y noche se pasea por los cielos de la urbe, al tiempo que aumentan los homicidios, que se acelera la burda extensión del lumpen en el centro y en los barrios, que el ciudadano cada día se siente hostigado, intranquilo, preocupado porque no se sabe en qué esquina le saldrá el diablo, como en alguna novela de Mijaíl Bulgakov.

Nos han pintado muñequitos. Nos embobaron mucho antes con que éramos parte de la ciudad más educada. Nos embaucaron con falsas revoluciones industriales, con demagogia de oropel, nos han hecho creer con la acrítica versión de los medios de información que estamos arañando el cielo. Como decían antes, nos pintan pajaritos en el aire. Y así nos vamos tragando la indigesta mentira que ha sido la de una ciudad maquillada, en la que más bien se ocultan las causas de la tragedia, las inequidades sociales, los despropósitos oficiales.

No puede ser que haya aumentado el homicidio. Pero así es. El irrespeto por la vida en la ciudad es una consecuencia de la falta de civilización, de carecer de unas adecuadas dosis de educación y cultura, en las que se tenga en cuenta al otro. Y eso no ha sido posible, por razón de factores diversos. Entre esos está el establecimiento desde hace años de una “cultura de la muerte”, de la violencia, de la resolución de las diferencias, de los conflictos, por la fuerza y no por la razón y el diálogo. ¿A quién corresponde una iniciativa en esos aspectos cruciales?

Decía del número de asesinatos que cada día conmueven a una ciudad que parece ir sin rumbo. O que el rumbo lo marcan los delincuentes, las mafias, las “fuerzas oscuras” (un lugar común para denominar a quienes delinquen y cultivan inclinaciones por lo ilegal y lo ilícito) que desde hace años sostienen un régimen de despropósitos y desafueros. Hasta mediados de agosto de 2019 en Medellín iban 435 asesinatos, lo cual no deja de ser una cifra aterradora. ¿Qué tipo de sociedad es esta?
El miedo y la intranquilidad asedian al ciudadano. Abundan los fleteros, los asaltantes de calle, los vacunadores. La extorsión es una constante en el centro y las barriadas. Taxistas, vendedores ambulantes, pequeñas empresas, parqueaderos, los buseros, en fin, se someten al imperio delictivo de bandas. El territorio está dominado por la ilegalidad de grupos que ejercen su dominio y dictan cómo debe ser el reparto geográfico. “En la comuna 13 la disputa no es por una plaza de vicio. Tiene que ver con corredores estratégicos que van a Urabá”, señaló la Corporación para la Paz y el Desarrollo Social, Corpades.

En Medellín hay más de 350 bandas delictivas que controlan por lo menos el setenta por ciento del territorio. Es como habitar en un infierno, en un mundo de ilegalidades, en el que se ha implantado una especie de mandato del miedo, las amenazas, los crímenes, las intimidaciones a la ciudadanía. Hay robos de carros. Robos a granel de celulares, bicicletas, motos… En la periferia y en el centro se viven tensiones inaguantables.

Una ciudad debe ser otra cosa. Que esté atada a la razón, a la civilización, a la creación de canales que permitan el acceso a la cultura, la educación, la vida laboral digna, la atención de salud pública, con políticas claras como debe ser el control de una contaminación que a cada momento prende sus luces de alerta extrema. Sí, a una infraestructura adecuada debe acompañarla el ciudadano que pueda caminar con calma y si se quiere con placer las calles, los parques, los senderos. Que se pueda ir a teatro o a un concierto sin el temor que, a la salida o terminación de tales eventos, lo aborden los delincuentes.

Durante la actual administración de Medellín, más dada al efectismo y deleznables expresiones populistas que en nada contribuyen a solucionar los más candentes problemas sociales, se desmorona cada vez más la confianza del ciudadano, que en rigor no se siente protegido. Que sigue siendo víctima de las bestialidades de la delincuencia, en una sociedad en la que el Estado parece estar más lejano de la resolución de los principales problemas de la gente.

La ciudad debe concentrar esfuerzos y políticas de civilización, de bienestar para las mayorías, de cambios en la mentalidad y en relación racional de los ciudadanos. Y eso no es propiamente lo que se ha visto ni vivido en los últimos tiempos en Medellín. Así vamos.

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