Mujeres AMARUD, un tejido que salva la memoria

Era un martes frívolo y oscuro en las calles de Ituango. Sonaban las campanas de la iglesia. Exactamente a las 5:30 de la tarde, en uno de los tres resguardos indígenas, fuimos recibidos por integrantes del Movimiento Social Ríos Vivos, quienes nos compartieron sus procesos de lucha y defensa de la vida en el Norte de Antioquia, un territorio en disputa. Mientras pasaban los minutos, sentía cómo se me arrugaba el corazón al observar esos rostros insensibilizados por una guerra que no les pertenece. Media hora después, pude comprender que la Caravana Humanitaria, que tenía como propósito compartir una palabra de alegría y esperanza a líderes, lideresas y habitantes de estas comunidades, había comenzado. “En resistencia por el territorio y por nuestro río –decía en letras mayúsculas y minúsculas la pancarta que sostenían dos mujeres alzadas en coraje–, ¡Seguimos vivos y vivas, cañoneros y cañoneras!”.

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Varias agujas entre unas manos heridas sirvieron para reconstruir la memoria de un pueblo olvidado. Varios hilos tejidos en una lona de diversos colores y texturas fueron el inicio de la juntanza llamada Asociación de Mujeres Defensoras del Agua y la Vida (AMARUD), creada en marzo de 2015 bajo la premisa: tejemos memorias y sueños.

Cuatro mujeres –madres, viudas, desplazadas, amenazadas, discriminadas– paridas en el cañón del río Cauca, y víctimas de una guerra sucia perpetrada por todos los actores habidos y por haber, se convirtieron en el símbolo de la resistencia en medio de una historia escrita con los calificativos más nefastos.

Hace 25 años comenzó una historia tan común como enigmática. Amenazar la tranquilidad de los suyos, desplazar la gente, matar la vida, talar la montaña, apagar los sonidos sabios de la naturaleza, represar el río, revictimizar a las víctimas y humillar la dignidad humana era el fin único de esta. Y entonces pulularon los desplazamientos forzosos y masivos que desterraron las raíces más profundas de la tierra a las grandes ciudades.

Aunque no pudieron lograr totalmente esa meta, a las 5:40 de esa tarde, doña Elena*, mientras estiraba su mirada hacia nosotros, soltó la primera de sus tantas pesadillas: “Cuando tenía 14 años fue mi primer desplazamiento cometido por los grupos armados. En medio de esta tormenta perdí a tres familiares: dos hermanos y mi esposo desaparecido. El segundo desalojo fue en el 2011 cuando nos desplazaron para construir el muro de la presa [de Hidroituango]. Recuerdo que nos montaron a un helicóptero y nos subieron hasta la montaña. Poco después cogimos para las playas de más arriba”.

En ese entonces la violencia parecía –y parece ser– un mal sin salida. Doña Elena fue víctima del conflicto armado que azotó esta zona geoestratégica, y de EPM. Catorce desplazamientos bastaron para comprobar que existe una crisis humanitaria que perdura hasta el día de hoy. Abandono y olvido traen consigo la violencia que significa un insulto a la paz y una bofetada a la tranquilidad de las comunidades.

El 95% de los ituanguinos se reconocen como víctimas. En el tercer piso de una casa sin equipamientos, los relatos de Elena y su amiga Julia* traspasan las barreras de la impunidad, aunque representen un mínimo porcentaje de esa cifra: “El último desplazamiento fue el año pasado cuando 700 hombres armados y varios encapuchados nos desarraigaron”.

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Para AMARUD, cada tejido ha servido para sanar muchas de sus heridas. También ha servido para tramitar ese dolor impune, esa desaparición forzada y esa injustificada pérdida humana. El miércoles en la mañana, la Caravana Humanitaria arribó a Toledo, un municipio empinado que es sostenido por una montaña ubicada en todo el meollo del megaproyecto Hidroituango. Fue allí donde conocí el lado más humano de toda esta resistencia. Entendí que el liderazgo social no admite puntos de comparación y de represalia. La transformación social debe fomentar respeto por el otro y lo otro. Pese a los innumerables intentos de apagar la vida, dicen las mujeres, el perdón constituye la virtud que destaca a la asociación en su quehacer diario.

Sentadas en una silla de madera que adorna el parque principal, explican que la pancarta ha recorrido 16 países, cinco universidades, y multitudinarias marchas, “el mensaje lo construimos en un momento muy doloroso porque habíamos perdido todo: nuestras casas, nuestros bienes, nuestro río… no sabemos de dónde sacamos el valor de coger una aguja y tejer cuadrito por cuadrito lo que nuestros corazones sentían”.

De repente, las dos mujeres liberaron los brazos y nos contaron sobre quienes la tejieron: “El trabajo colectivo nos permitió expresar las vivencias de cada una de nosotras. Por ejemplo, este dibujo lo tejió el compañero Oscar* cuando tenía pareja. El de allá lo tejió otro compañero. Este lo hizo mi hijo. Abajo está plasmada la casa de la memoria. Este es el río Cauca con el color natural. Esta culebra, esta montaña y este tigre lo hizo el compañero Rubén. Esta otra montaña la hizo el compañero Chucho. Esta serpiente y este sol la hice yo. Es decir, una obra de arte contada desde diferentes historias”.

Según Elena, la casa de la memoria quedaba a un lado del río, en la playa conocida como la “arenera”. Para construirla aprovecharon los plásticos y los troncos que bajaban por el río. Una vez terminada decidieron destinarla exclusivamente para hablar de las víctimas, cómo iba el asunto de la reparación, y pegar en las paredes, en forma de postal, las fotos de sus víctimas.

La inundación del año pasado represó las memorias y los sueños de los hijos y las hijas del río Cauca. La incertidumbre creció con el paso de los días y hoy solo queda el legado de sus descendientes. Insisten en conservar su oficio y convertirlo en tradición, así como en algún momento la pesca y el barequeo fueron la tradición cultural de Ituango.

Elena toma un suspiro, el tono de su voz aturde todo lo que toca. Ahora se lamenta porque el 11 de noviembre tienen que entregar el sitio donde viven: “Estamos en el albergue nada más con lo básico. Algunas veces no tenemos la forma de dormir bien y mucho menos contamos con una escoba para barrer. Dependemos de la venta de las mochilas”.

Piden al Estado que de una vez por todas solucione la situación que afrontan, pues no tienen para dónde irse. “Nos quitaron el trabajo, nos quitaron el sustento, nos quitaron la comida, nos quitaron la tierra, nos humillaron, nos discriminaron, nos desplazaron”. Aún no se resignan porque confían en recuperar su río.

Por ahora estas dos mujeres –madres, lideresas, defensoras, luchadoras, reconciliadoras– estiran la mirada, arrugan las cejas y engrandecen la esperanza: “Entonces las personas que vean este mensaje, que les guste el tema de los derechos humanos, ayúdenos a tejer nuestro territorio porque cuando compran estas mochilas, están comprando miles de sueños, puntadas, tejidos, recuerdos, memoria y resistencia”.
- ¡Bueno pues, ahí tienen la invitación!

*Los nombres de las personas entrevistadas fueron cambiados por seguridad

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Carlos Mario Palacio

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