Los queremos vivos, libres y en paz

Rosalba Usma está de pie en el extremo opuesto a la puerta de la oficina de las Madres de La Candelaria. Sus compañeras, unas 15 o 20 mujeres que como ella son víctimas de desaparición forzada, esperan a que inicie la primera de las catorce sesiones de Abrazos, el taller de recuperación emocional que dictará una vez al mes. Es el año 2007, Rosi, como le dicen algunas, lleva tres meses haciendo un curso en el Oriente antioqueño con la Universidad Católica de Oriente para capacitarse como promotora de vida y salud mental, los Abrazos hacen parte de su formación.

Tiene las gafas colgando de un cordón alrededor del cuello, las usa solo cuando necesita ver de cerca, como cuando cose, lee, usa el celular o ve lo que hacen sus compañeras. Mide alrededor de 1,60 y tiene una expresión apacible, que transforma en sonrisas y comentarios cuando charla con sus colegas, hace chistes o recuerda a sus hijos.

La oficina de Madres de La Candelaria apenas tenía en ese momento una cuarta parte de su tamaño actual. No estaban sus paredes forradas con las fotos de madres, padres, hijos, hijas, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, nietos y nietas desaparecidos forzosamente en el conflicto armado colombiano. Si acaso había espacio para que algunas personas se sentaran, incluso a veces les prestaban otra oficina más amplia en el mismo edificio para hacer los talleres o reuniones.

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“Él no quería salir. Salió a la calle cinco veces, y volvía y entraba”. Rosalba recuerda que le insistió a su segundo hijo, Duber, para que no se fuera. Tenía un presentimiento. Él ya tenía todo para el viaje: las argollas para su novia y la plata para comprar los arreglos del matrimonio. Al final, un amigo en una moto lo llevó hasta el Metro. Se bajó en la estación Caribe, entró en la terminal de transportes y tomó rumbo a Santa Rosa de Cabal el 21 de noviembre de 1998. “Es que no sé cucha. No, pero yo me voy a ir”, fueron las últimas palabras que le escuchó.

Después de 15 días sin haberse reportado, Rosalba pensó que Duber se había quedado donde su novia. Cuando llegó el 4 de diciembre a Santa Rosa del Cabal esperaba que su hijo la acompañara a Pereira a reclamar la pensión de su difunto esposo. Llamó a la novia. Cuando le contestó, pidió que le dijera a Mechas, como le decían en la familia, que la acompañara. Rosalba se sorprendió cuando la novia de su hijo pegó un grito:
-¡Mechas se fue de aquí desde el 23!
-Ay Blanca, no me diga eso, mi muchacho no llegó a la casa.
-Doña Rosalba, ¿qué vamos a hacer? Yo ya estaba brava con él porque no había llamado.

Rosalba fue hasta Pereira con su nuera. Cobró la pensión, y preguntó en el hospital y en la morgue sin conseguir información de su hijo. Al otro día regresaron a Santa Rosa de Cabal, se reunieron con su hija Marcela, que tenía 13 años, y la mamá de la novia de Duber. Decidieron ir a buscarlo a Chinchiná, Caldas, un municipio a la vera de la vía que conduce a Medellín.

En el momento de la desaparición de Duber, 1998, la región estaba incomunicada por un paro camionero de carácter nacional, uno de los diez que hubo ese año. En la época, de acuerdo al portal Verdad Abierta, la Misión de Observación Electoral (MOE) y artículos de prensa de El Tiempo, operaban cuatro frentes guerrilleros en Risaralda, Caldas, Tolima y el noroccidente de Antioquia: el EPL, las FARC, el ELN y el ERG. Grupos insurgentes que a su vez se disputaban la región con un bloque paramilitar que más tarde haría parte del Bloque Central Bolívar.

“No dejaban pasar carros entre Santa Rosa de Cabal y Chinchiná. No dejaban pasar un carro, y si pasaba lo quemaban”, relata Rosalba, quien partió a pie con su hija, su nuera, y la madre de esta, en busca de su hijo, con la misma foto que reposa colgada en la pared de la oficina de Madres de La Candelaria: un retrato de Duber en su último cumpleaños.

Luego de caminar 21 kilómetros, tres horas aproximadamente, las mujeres estaban a punto de llegar a Chinchiná. Sin embargo, en la entrada del pueblo acababan de quemar un carro. Rosalba se acercó a preguntar con la foto de su hijo, y un paramilitar, uniformado, la abordó:
-Devuélvase.
-No señor, yo vengo buscando a mi muchacho. Me lo desaparecieron hace 10 días y no sé qué pasó…
-Devuélvase vieja hijueputa, si no quiere que le pase lo mismo a usted.
-No, yo no me voy a devolver. Miren a ver, pero yo voy a pasar. Mire que venimos a pie a averiguar si por ahí en la morgue, en el hospital, de pronto lo encontramos.

Las dejaron pasar y fueron a preguntar al hospital y a la morgue. No obtuvieron respuestas. Debido a que el paro camionero continuaba las mujeres tuvieron que volver a pie a Santa Rosa de Cabal.

El 6 de diciembre, Rosalba y su hija Marcela se devolvieron en bus a Medellín por una vía alterna. El 14 de diciembre de 1998 fue hasta la oficina del CTI, el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía, y reportó como desaparecido a su hijo Duber Andrés Berrío Usme, de 19 años.

A los 15 días Rosalba viajó sola a buscar a su hijo. Preguntó en los hospitales y en la morgue de todos los pueblos de la vía Santa Rosa de Cabal-Medellín, también en los municipios aledaños. Durante un año repitió la misma travesía, con la foto de su hijo en mano, sin encontrarlo.


El CTI, organismo encargado de la investigación del caso de Duber, le informó años más tarde que los responsables del hecho no fueron los paramilitares del Frente Cacique Pipintá, un grupo contrainsurgente que se hacía pasar por el Frente 47 de las FARC, sino alguno de los frentes guerrilleros que actuaban en la zona.

Si eso es cierto, la información del paradero de Duber pueden tenerla algunos de los exguerrilleros del Ejército Revolucionario Guevarista (ERG), una guerrilla que al desmovilizarse contaba con 45 hombres; o algunos de los sobrevivientes del EPL; de pronto algún desmovilizado o miembro activo del ELN; o quizá alguno de los desmovilizados de los Frentes 9 o 47 de las FARC.

El caso de Duber, registrado en el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC), creado en el 2006 para aglomerar todas las bases de datos relacionadas con defunciones, cuerpos no identificados y desaparecidos, se encuentra en Medicina Legal de Medellín.

La última vez que Rosalba supo algo relacionado con su hijo fue en el 2014. A una hermana de ella la llamó un muchacho haciéndose pasar por Duber, le dijo que estaba en otro país, pero ella no le creyó. Rosalba le informó sobre este hecho a la Fiscalía de Pereira, quien estaba a cargo de la investigación. La entidad le dijo que iba a adelantar una orden para pedir la interceptación de ese número a la empresa de comunicaciones del celular de su hermana, pero dicha acción no se concretó. Esa llamada le causó un infarto.

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Para otra sesión de los Abrazos, Rosalba llevó una jarra de arcilla. Les explicó a sus compañeras que debían pensar en cómo eran antes de que les fueran arrebatados sus familiares, qué sueños tenían, cómo vivían, qué cosas les gustaban. Buscaba que se conectaran con esa jarra, con su color, con su forma, que la sintieran propia; que fuera un reflejo de lo que fue su vida.

En los talleres no podía sobreponer su historia de vida, no debía, a pesar de lo que ha sufrido, priorizarse. Parte de la formación psicosocial del curso mensual en Marinilla, en el Oriente antioqueño, consistía en canalizar su sufrimiento para poder apoyar a sus compañeras. Allí aprendió a ponerse en los zapatos de otras víctimas para poder ayudarlas.

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“Los queremos vivos, libres y en paz”, escuchó Rosalba a finales de 1999 mientras esperaba el Metro en la estación Parque Berrío. Se devolvió al atrio de la Iglesia y les preguntó qué era eso a las mujeres que cargaban pendones con fotos de sus familiares. Teresita Gaviria, líder de la Asociación Caminos de Esperanza Madres de La Candelaria, rememora cuando Rosalba se les acercó ese día “con los ojos rojos de tanto haber llorado”. Rosalba recuerda que: “Me iba con plata –a buscar a Duber– y volvía sin un peso. Me tocaba tirar dedo por allá, que me trajeran por cinco mil. A mí no se me daba nada, me importaba tan poquito la vida”.

Rosalba llegó meses después de que las Madres comenzaran sus plantones en el atrio de la Iglesia de La Candelaria. Plantones que llevan 21 años realizando a pesar del sol, la lluvia, las amenazas y asesinatos de compañeras. Desde ese día Rosalba se volvió parte de Madres, de las más longevas, y en el grupo encontró un soporte, donde “el dolor compartido se hace más liviano”. Halló un espacio para compartir con otras víctimas y reclamar por todos los desaparecidos y secuestrados del país.

La desaparición forzada es un delito que no tiene cifras oficiales en Colombia. De acuerdo con la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, para marzo de 2019 había 171.567 casos reportados; Medicina Legal, para abril, se refiere a 144.714; el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH, informa de unos 82.998, de los cuales 70.537 siguen desaparecidos; el fiscal 91 de la Unidad Nacional de Justicia Transicional de Medellín habla de 84.000.

A su vez, es un delito que posiblemente aglomera y conlleva a otros, como el secuestro, el reclutamiento forzado, la violencia sexual, las ejecuciones extrajudiciales y el homicidio. También, fuera de disminuir o acabarse, continúa perpetrándose con menores posibilidades de recuperar el cuerpo debido a las incineraciones o el uso de ácido para acabar con los restos de las víctimas.

Asociaciones como Madres de La Candelaria, así como las más de veinte que hay en Medellín, y el centenar existentes en el país, han sido fundamentales en los procesos tanto de reconocimiento del delito de desaparición forzada, como en la búsqueda, identificación y entrega de los restos a los familiares.

Fue gracias a una ponencia de la Asociación de Familiares Detenidos Desaparecidos en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 que se logró la inclusión en la Constitución de Colombia del derecho a no ser desaparecido, torturado, sometido a tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes, como reza el artículo 12. Con sus marchas, mítines y plantones se visibilizó la desaparición forzada en la opinión pública. Fue por sus presiones que se reformularon los procesos de entrega de restos de los cuerpos de quienes estuvieron desaparecidos, respetando la dignidad y los cultos de los familiares.

Debido a su activismo se promulgó la Ley 589 del 2000, aquella que tipifica, luego de 23 años del primer caso reportado a la desaparición forzada como un delito. A causa de su constancia se logró el Mecanismo de Búsqueda Urgente para el reporte de víctimas, sin la necesidad de un tiempo mínimo para reportar la desaparición.

De acuerdo con Adriana Arboleda, directora de la Corporación Jurídica Libertad, “cuando un familiar interpone una denuncia por desaparición forzada, en el 99% de los casos los fiscales no hacen nada, depende de lo que haga la familia. Los fiscales actúan más por la presión y por el activismo de los familiares y no por su propia voluntad de investigar, no desarrollan labores investigativas: no ordenan pesquisas, no hay una estrategia de investigación para determinar qué pudo haber pasado, no se siguen patrones”.

Paralelamente, los casos de desaparición forzada, que han afectado a 1010 de los 1115 municipios de Colombia de acuerdo con el CNMH, no son tratados de forma grupal, sino que aparecen como expedientes regados en las distintas instituciones del Estado. Además, su esclarecimiento es poco probable con la impunidad de más del 90% que gozan en general todos los delitos en Colombia.

Este crimen convierte a los familiares en investigadores, una muestra clara es cómo Madres de la Candelaria, que tiene afiliadas casi 900 mujeres y más de 1000 casos de desaparecidos, ha logrado encontrar, identificar y devolver a sus familiares 110 cuerpos y restos de desaparecidos.

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En enero del 2004 llamaron a la casa de Rosalba, su hija Marcela contestó el teléfono. Un miembro del grupo paramilitar que había reclutado a su hijo Giovanny en 2002, engañándolo con que iba a ser escolta, le avisó que lo habían asesinado en el Guaviare.

“No lo venga a buscar, usted es una de esas viejas bullosas de La Candelaria. Ni se asome por acá que ya la tenemos ubicada a usted y a los muchachos”, vociferó a través del teléfono el paramilitar del Bloque Centauros. Rosalba y sus hermanos le hicieron la novena a Giovanny.

“Eso fue por rabia que se lo llevaron”, cuenta Rosalba. Giovanny había prestado servicio militar años atrás, cuando la familia vivía en Santa Rosa de Cabal. Tanto él como su hermano Duber habían decidido dejar de estudiar cuando terminaron el quinto de primaria. Rosalba, que no pudo convencerlos de que siguieran en sus estudios, les dijo que debían ponerse a trabajar. “Yo no voy a criar unos vagos”, les sentenció a sus hijos. Duber, se dedicó a los acabados en la construcción de casas, y Giovanny a lavar carros, en lo que saliera. “Eran pelados muy activos, inteligentes y acomedidos”, resalta su mamá.

Giovanny y Duber eran muy distintos en su modo de ser. Mientras Duber era gracioso, cansón, charlatán, Giovanny era serio, algo callado y respetuoso. “Cucha enséñeme a bailar, pa' yo divertirme también”, le decía Giovanny a su mamá en las fiestas que organizaban los sábados en su casa.

En Bello, Giovanny trabajó con su mamá en el taller de confecciones que queda en el segundo piso de la casa, un sueño que tenía con sus hijos desde que trabajaron juntos la modistería, labor que ella les enseñó, en Santa Rosa de Cabal. Él era su operario de la noche en la máquina plana. Rosalba recuerda cuando Giovanny amanecía trabajando, y en el transcurso de la noche miembros del combo de Bello se acercaban a proponerle que les ayudara con unos trabajitos: desvalijar un carro, una moto. Ella escuchaba cuando les respondía: “No muchachos, háganle ustedes tranquilos, yo aquí con mi cucha me gano lo que ella me quiera dar. Yo no necesito. Pa' ponerla después a ella a caminar para una cárcel o un cementerio. Yo a eso no le jalo”.

Mientras esperaba la comida que su mamá le preparaba, un grupo de autodefensas de Bello lo reclutó el 6 de junio del 2002, “lo sacaron de la casa, no le dejaron sino sacar un cepillo de dientes”, rememora Rosalba. Ese grupo lo entregó, junto con otros seis jóvenes, al Bloque Centauros de las Autodefensas Unidas de Colombia. Un grupo paramilitar que llegó a controlar el 25% del territorio nacional, cubriendo toda la Orinoquía y el inicio de la Amazonía.

Estando en el Guaviare, Giovanny llamaba a su mamá, le contaba que quería devolverse. Esa comunicación duró hasta julio del 2003, después “se quedó callado ya todo ese tiempo”, dice Rosalba. Luego de la llamada del paramilitar, reportó a su hijo Adrián Giovanny Berrío Usma como desaparecido el 6 de junio del 2004. Solo hasta 2016, cuando Justicia y Paz la citó para recoger su testimonio y avisarle que miembros del Bloque Centauros estaban en la cárcel en Villavicencio, volvió a saber algo acerca de su hijo.

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Después de que sus compañeras en medio del taller Abrazos se apropiaron de la jarra de barro como si se tratase de su propia vida, Rosalba salió de la oficina y buscó a una persona que no tuviera relación con el grupo. El extraño entró con Rosalba, y como ella le indicó, tomó la jarra, la soltó y esta se resquebrajó en pedazos en el piso.

“Eso es muy doloroso, es muy duro”, recuerda Rosalba. La destrucción de la jarra era un momento que buscaba condensar todo el sufrimiento que vivieron cada una de esas mujeres con las desapariciones y asesinatos de sus familiares. Un paso en que colabora un extraño, como lo fueron los grupos armados, para que los sentimientos que desencadena en las asistentes no se dirijan al tallerista. Algunas de ellas lloraron cuando vieron los restos de la jarra, otras quedaron absortas viendo el objeto destruido, unas retiraron la mirada.

Luego del impacto se procedió a reconstruir la jarra. Dicho proceso evidenciaba qué pasa en el interior y con la vida de las víctimas de desaparición forzada. “No quedan iguales, pero volvemos a empezar de nuevo”, dice Rosalba.

La desaparición y el asesinato de sus hijos fue el quiebre de su jarrón. Ella, que antes se la pasaba callada y llorando, comenzó a formarse, a abrirse, a reconstruir su jarra de barro.

Hizo de sexto a noveno grado en el Cepar, Centro de Formación para la Paz y la Reconciliación, con un grupo de desmovilizados de distintos grupos armados. A la par, se graduó del curso de promoción de vida y salud mental en 2008. En 2014 completó el Bachillerato. Ese mismo año, al lado de Teresita Gaviria y otras integrantes de Madres de La Candelaria estuvo en Cali llevando propuestas de las víctimas para la negociación del Acuerdo de Paz con las FARC en La Habana. A pesar de los desplazamientos que ha sufrido por amenazas, y de las complicaciones de salud que tuvo –fue operada dos veces entre el 2014 y el 2016 del corazón–, Rosalba sigue resistiendo al lado de sus compañeras, “gritando con mis viejas”, resalta.

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Mientras toma tinto y cose una chaqueta que tiene que entregar en el edificio de Coltejer, Rosalba charla con sus compañeras de Madres de La Candelaria. Han pasado 21 años desde la desaparición de su primer hijo. Sus nietas, “mis niñas”, como les dice, trabajan con ella, así como su hijo mayor, la modistería. La mayor de ellas va a comenzar enfermería y la que le sigue ya está en décimo grado. La foto de Duber, así como la de Giovanny, reposan juntas en la pared de la oficina de Madres, acompañadas de las cientos de fotografías de familiares que pueblan las paredes del recinto.

Rosi tiene las gafas puestas para poder coser, y dibuja una sonrisa en su rostro mientras habla. Ella y sus compañeras siguen realizando plantones todos los viernes a las dos de la tarde. Platones donde resuena su voz exigiendo: “los queremos vivos, libres y en paz”.

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