Cuando uno se levanta en el campo, la ciudad es una cosa extraña

Desde que tuve uso de razón, los campesinos de la vereda estaban peleándose para que subiera la trocha. Yo me volví vieja en este ejercicio y la carretera sigue igual, no ha caminado más de ahí.

En los 80's éramos muchos jóvenes vinculados a la Unión Patriótica. Eso fue como un sueño. Pensábamos que con ese proyecto político iba a haber mejoría en las regiones, Y en nuestra vereda Campoalegre del municipio El Castillo. Pensábamos que iban a llegar las carreteras, la luz, las escuelas, los colegios, lo que no teníamos; pero no lo hemos logrado, mi municipio sigue igual, en mi vereda la escuela está ahí porque la gente la sostiene y la carretera aún no ha llegado.

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Mi nombre es Aidee Moreno Ibagué, vicepresidenta del Sindicato de Trabajadores Agrícolas Independientes del Meta (Sintragrim) y miembro del Comité Ejecutivo Nacional de Fensuagro. Soy responsable de la Secretaría Nacional de Educación y Formación Agraria y sobreviviente del genocidio contra la UP.

Mis padres nacieron en Mesitas del Colegio (Cundinamarca), de allí fueron desplazados por la violencia antisindical de la época; mi papá era sindicalista, uno de los campesinos esclavizados por las grandes empresas del boom cafetero. Él es muy rebelde, tiene 80 años y todavía se defiende, por eso estuvo en la cárcel. Producto de esa persecución ninguna hacienda le daba trabajo, lo aislaron y entonces fue a parar a los Llanos orientales. Allí mi papá ayudó a fundar el sindicato a finales de los setenta.

Mi mamá se llamaba Tránsito Ibagué de Moreno, fue asesinada en el año 2000 en Villavicencio, hacía parte del sindicato, de la Unión de Mujeres Demócratas, y militante del Partido Comunista. Cuando nació la UP también se vinculó al proyecto político.

Soy campesina, nacida y criada en el campo, y así me identifico. Aunque las circunstancias me han llevado a vivir mucho tiempo en la ciudad, yo tengo mi parcela allá en mi territorio, amo el campo y me enorgullece.

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En el campo, para poder ir a la escuela, nos levantábamos por la mañana muy temprano, porque mi mamá hacía de comer para los trabajadores durante la cosecha y de seis a ocho de la mañana atendíamos las gallinas, los marranos, molíamos el maíz de las arepas, mis hermanos ordeñaban, había responsabilidades para cada uno, lo que no pasa en la ciudad. Mi mami, mujer muy sabia, un día me dijo que tenía que ir a otro lugar a estudiar para superarme.

En 1984 me fui para Villavicencio. Allí me encontré con otros jóvenes campesinos y nos vinculamos a los Jóvenes Patriotas en el departamento, empezamos a hacer todo un trabajo. En esa época no hacíamos parte del sindicato, mi papá sí era del sindicato y andábamos de su mano siempre.

Para mí fue muy doloroso que me sacaran del campo y me pusieran en la ciudad. No me pude adaptar, fue muy difícil porque el ritmo de la ciudad también era diferente. En el campo somos muy disciplinados para la lectura, para las reuniones. Cuando llegué a la ciudad me encontré unos jóvenes relajados, aunque comprometidos… ellos tomando cerveza, aguardiente y a mí no me gustaba eso. Hacíamos actividades, por ejemplo, salíamos a hacer pintas en la calle, a escribir que no estábamos de acuerdo con alguna cosa. En el campo era diferente, nos encontrábamos los sábados para estudiar los documentos políticos de Marx, de Lenín, el periódico Voz, discutir las noticias, hacer propuestas y después jugar fútbol.

De la Juventud Comunista, muy joven, pasé a militar en el Partido Comunista y terminé mi estudio de primaria. Viajaba a las regiones como delegada del Partido y de la UP para hacer trabajo, desde muy joven.

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El sindicato fue supremamente aporreado por la violencia, teníamos muy buena dirigencia en el departamento de Meta y todos se vincularon al proyecto político Unión Patriótica, era una opción de vida, una opción política.

Me casé con Evaristo Amaya Morales, dirigente de la UP, y quedé embarazada de mi hijo mayor. Nos fuimos a vivir a Granada, Meta, para estar más cerquita del trabajo regional, y después nos fuimos a vivir al municipio de Uribe, del mismo departamento. Allá llegué y me vinculé al proceso organizativo con las comunidades, no había todavía sindicato en el municipio entonces empezamos a ver cómo se organizaba, mi esposo era el Personero del municipio.

Allá viví hasta 1993, después me vine para Villavicencio porque tenía que estudiar, ese fue el compromiso, terminar el bachillerato. En 1994 entré a trabajar a la Asamblea Departamental, y estaba Pedro Malagón de diputado por la UP, él era un campesino de pura cepa, brillante, presidente del sindicato. Por esos días asesinaron a mi esposo y luego en 1996 fue asesinado Pedro Malagón, ya habían asesinado a muchísimos campesinos dirigentes y militantes de la Unión Patriótica.

Poco a poco nos fuimos quedando huérfanos, no se podía ir a la región. Fue una persecución tremenda a mi familia. A mi mami la asesinaron en el año 2000, ella además venía vinculada con Provivienda, y no estaba amenazada. En el 2001 salí desplazada de Villavicencio para Bogotá.

Antes el sindicato tenía muchas seccionales, estaba en El Castillo, Mesetas, Lejanías, Puente de Oro, Cumaral, Restrepo, Uribe, pero hubo un momento en el que el sindicato dejó de funcionar, fueron muchos los asesinados en las regiones. Y ya para el 2000 el sindicato no estaba en el departamento, no había dirigentes, todos estaban muertos.

Arrastré a mi familia hacia Bogotá. Mi hermano Oswall se quedó en Villavicencio, era defensor de derechos humanos y lo mataron en el 2002, una tragedia terrible, no lo esperábamos porque él tampoco estaba amenazado.

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Lo que nos tocó vivir a nosotros fue traumático. El campesino llegaba a la ciudad con sus botas de caucho, corriendo, si acaso con el sombrero y su poncho para meterse a los tugurios de Bogotá, sin un trabajo, sin con qué comer.

A mi casa llegaron mis hermanos desplazados, había que buscar una solución. Yo estaba trabajando en Bogotá y un día dije: no puedo trabajar viendo a toda la gente del departamento del Meta desplazada. Renuncié y me puse a organizar la gente en Bogotá. Así comenzaron las reuniones por localidad, llegamos a tener reuniones donde nos encontrábamos 400 personas del departamento del Meta. Empezamos con nuestros compañeros que eran los hijos de la dirigencia de esa época, nos dimos a la tarea de ver cómo activábamos el sindicato.

Así que sacamos delegados por localidad, y de esos delegados asistieron 84 compañeros a la asamblea. Después nos tocó irnos a Villavicencio de manera clandestina, por seguridad, a legalizarnos ante el Ministerio de Trabajo, porque no lo podíamos hacer en Bogotá.

Aquí hicimos un trabajo con los campesinos desplazados, nosotros llorábamos con ellos al ver que no había con qué, que les tocaba pedir en las calles. Hicimos muchas acciones como organización agraria acá en Bogotá. Nos tomamos un barrio que se llama Riveras de Occidente, nos metimos a esas casas buscando soluciones. Ahí el Gobierno había abandonado unas casas de interés social y con la lucha se logró que les diera la ayuda humanitaria hasta por seis meses y se consiguieron cosas.

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Un día cualquiera de 2006 hicimos una asamblea grandísima. Ahí dijimos vamos a hacer una consulta: ¿Quiénes quieren volver a la región y quiénes quieren quedarse en la ciudad de Bogotá? Porque nosotros consideramos que era la hora de volver, había bajado un poco la situación en el Meta. La mayoría decidió retornar y Fensuagro fue un resorte muy importante, porque teníamos muy buen relacionamiento con organizaciones. Recuerdo que una vez mi hermano Raúl me dijo:
–Vea mamita, si me van a matar que me maten, yo me voy para la finca.
–Pero si en la finca no hay nada, le respondí-, porque la finca estaba tomada por los paramilitares.
–Yo no resisto esta ciudad, me he enfermado tanto que tengo dizque el colesterol subido, los triglicéridos subidos, se me está subiendo el azúcar. Yo me voy, si me van a matar que me maten. Cogió su maleta y se fue.

Él logró meterse a la finca de mi papá y la rescató, se puso la tarea de organizar el sindicato allá.

 

Luego el viejo también se devolvió. Cuando llegamos a la región eran solo hombres, muchas mujeres se quedaron en las ciudades, hubo mucha separación de los hogares. Un día llegué a la finca y encontré a mi papá, que tenía para la época 71 años, sembrando plátano, tenía un semillero de café, había sembrado en un pedacito maíz, en otro frijol. Entonces me dije: si mi papá todavía mira opciones de vida, cómo es que nosotros no vamos a hacer estas cosas, vamos a hacerle.

Mandamos a limpiar una loma y sembramos. Los vecinos nos decían, pero para qué joden con eso, pero nosotros teníamos que dar ejemplo, del ejemplo es que se construyen las cosas. Sembramos una maicera y les dimos semilla a vecinos de la vereda. Hoy en día la gente siembra su maíz y su frijol, ninguna casa campesina de ese sector sufre por comida. Así el sindicato comenzó a coger fuerza, hoy tenemos 668 afiliados en todo el departamento.

Yo no he regresado de tiempo completo, pero trabajo en todas las regiones. A pesar de que me enfermé hace siete años, voy y por allá no siento nada, la ciudad es más pesada para mi salud. Así que viviendo en Bogotá contribuyo al trabajo organizativo en el departamento del Meta.

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Hemos gritado a garganta abierta y en las calles para que se conozca quiénes fueron los que orientaron y pagaron los crímenes de tanta dirigencia en el país, porque formar un dirigente lleva muchos años y acabarlo de la noche a la mañana es una cosa bastante lamentable, también sabemos que se actuó en el país con el contubernio de las Fuerzas Militares y el apoyo de los grandes grupos económicos, industriales, ganaderos, terratenientes y políticos en cabeza del Gobierno nacional.

Además, en este país se crearon pactos como el de Chicoral para acabar con los campesinos, quitarles las tierras. Por eso para nosotros es muy importante el tema de la verdad que nace del Acuerdo de La Habana, porque nos va a permitir esclarecer un poco lo que sucedió. Creo que este proceso que estamos llevando, de hacer encuentros, de conversarlo, de contarnos y conocernos, de saber qué le pasó al sindicato de industria, al bananero, al de los profes, qué le pasó a los campesinos, de contarnos esa historia para que otros puedan recogerla e investigar, es muy significativo, es la tarea que tenemos que seguir haciendo.

*Este artículo hace parte de la alianza entre la Escuela Nacional Sindical y Periferia con el propósito de visibilizar la violencia antisindical en el país y las apuestas del sindicalismo ante el SIVJRN.

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Aidee Moreno Ibagué

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