Memorias literarias de la Organización Femenina Popular

“Ahora mismo, escribe un libro, un libro que estará construido con las voces de más de setenta mujeres que dieron su testimonio de vida en entrevistas individuales y colectivas, y que a su vez desea dejar su aporte con una textura cautivadora en la recuperación de la memoria histórica de las mujeres de la región y sus formas de resistencia”.

Así termina el preámbulo de Vidas de historia. Una memoria literaria de la OFP, libro que compila las experiencias y los sentires de la Organización Femenina Popular. A continuación presentamos tan solo un retazo del trasegar de esta organización que nació en el Magdalena Medio en 1972:

Capítulo 2: Un mapa del territorio
El Hachazo, una isla en medio del río Magdalena, era famoso por unas tablitas de armar tabacos en las que se había aparecido La Inmaculada Concepción. Eran tres piezas de madera que le habían servido por décadas a una abuela de la isla en el oficio de armar cigarrillos y que juntas componían, con relieves inusuales, la imagen de la Virgen. Las personas de los municipios aledaños y los propios habitantes de El Hachazo le pagaban “manda” a la Virgen en las fiestas, intercambiando tabaco y velas por favores.
Un grupo de familias había llegado muchos años atrás a la isla, huyendo de la violencia que los asolaba río abajo. La isla se levantaba en la mitad del río y, aunque no era muy extensa, tenía tierra suficiente para alimentar a quienes habían llegado sin otra cosa que sus manos para labrar. Además, no tenía dueño, como sí lo tenían las tierras por allí, y al final les había gustado que fuera una isla, les parecía que estando rodeados de tanta agua y tan aislados, nadie iba a juntar ganas para ir a molestarlos; y así fue, al menos por un tiempo.

Muchos años después aparecieron los remolcadores que transportaban ACPM y comunicaban a El Hachazo con Paturia, al oriente del río, y con Canaletal al occidente. A todo el mundo le pareció muy bien poder salir de la isla con facilidad. A veces las crecientes se llevaban las cosechas, y las personas –que ahora eran tantas que la isla apenas podía sostenerlas– dependían de la pesca durante meses. Los remolcadores dieron trabajo a algunos y constantemente les cambiaban su pescado por ACPM que luego revendían en Canaletal y Paturia.

Los guerrilleros, por su parte, no tardaron en imaginar que la gente de El Hachazo traficaba noticias de una orilla a la otra para el Ejército; algunos intentaron explicarles que no era así, otros decían que las explicaciones sobraban porque la guerrilla no quería otra cosa que el monopolio del ACPM. Fuera como fuera, una noche, después de un combate a lado y lado del río, los guerrilleros llegaron a la isla y les dieron una hora para salir de ahí. El pueblo entero se acomodó como pudo en las pocas lanchas que había y navegó rumbo a Canaletal. Así, desplazados por segunda vez, los habitantes de El Hachazo se dispersaron río arriba y la isla de nuevo quedó desierta.

Algunas familias llegaron a San Pablo y con ellas un bebé que había nacido la noche del destierro en una de las lanchas. Al bebé lo habían apodado “Capitán” y era nieto de una mujer menuda y vivaz, hija de uno de los habitantes fundadores de la isla. Ella había hecho las veces de partera y había cortado, sin titubear, el cordón umbilical de su nieto con una minora.

En San Pablo, las familias de El Hachazo invadieron unos terrenos baldíos en las afueras, cerca del río, y allí, en una sola noche, levantaron sus casas con plástico, palos y los restos de un remolcador que encontraron encallado cerca de ahí. Entre la invasión y el río la vegetación era tan densa que los guerrilleros usaban ese tramo como corredor hacia el pueblo. Los soldados del Ejército no tardaron en imaginar que la gente de la invasión colaboraba con los guerrilleros y llegaron una noche, echando abajo lo que encontraron a su paso. Lo único que se mantuvo en pie fue una lámina de zinc, que en la casa de la mujer menuda y vivaz usaban como puerta, porque las mujeres de la familia se habían aferrado a ella como si se tratara de una persona. Aquella lámina de zinc era lo único que habían atinado a traerse de El Hachazo en el apuro de la huida y constituía su patrimonio material.

Un par de años después, con ayuda de la OFP, la familia del “Capitán” pudo levantar una casa de material; gracias a aquellas mujeres, el barrio se asentó con una solidez inédita para las familias desplazadas que habían llegado a San Pablo.

Los viejos habitantes de El Hachazo juntaron fuerzas para volver a la isla, porque, habiendo encontrado dónde hundir sus raíces, estas habían recuperado la memoria del primer suelo. “Capitán” tenía cuatro años entonces. La mamá lo llevó con ella para que conociera el lugar del que habían venido, el que su bisabuelo había fundado. Nadie esperaba lo que encontraron. Las crecientes habían desbarrancado la tierra durante esos años y el agua la había arrastrado río abajo y se había sembrado una nueva isla en la que apenas empezaba a alzarse una vegetación tímida. Algunas personas vivían allí y todavía le daban el nombre de El Hachazo. La mujer se sentó con el “Capitán” a esperar el remolcador de la tarde para devolverse a su casa. Mientras veían el sol ponerse al otro lado del río, la mujer se sintió feliz de golpe, con la certeza de que las aguas nunca cargan lo mismo.

Capítulo 6: Pausa y pensamiento
Necesitaba un motivo para volver a Barranca. Por las noches me sentaba en el apartamento que nos habían asignado en Bogotá a pensar en eso. Yo no quería ser una muerta en vida, una desplazada, no quería vivir lejos de mi casa, de mi tierra, lejos de la lucha que llevaba tantos años realizando. Estábamos amenazadas hacía tiempo las tres mujeres que coordinábamos la organización. Y habíamos decidido no dejar Barranca. Pero una tarde nos llegó la razón más persuasiva, tenían ubicados a nuestros hijos y los amenazaban también. Así que le avisamos a las organizaciones internacionales que nos acompañaban hacía varios años y nos sacaron de Barranca.

Una vez en Bogotá todo parecía funcionar bien. Los niños estaban contentos de estar juntos y de vivir en un apartamento cómodo. Además, nos traían comida, nos visitaba mucha gente que quería conversar con las defensoras de Derechos Humanos del Magdalena Medio, teníamos lo que necesitábamos y nos estaban ofreciendo albergue en varios países europeos. Pero yo sentía que no me podía ir. Ya en viajes que habíamos hecho antes yo había visto a refugiados de otros países y la tristeza que traían consigo era impensable para mí.

Así que cada noche, después de dormir a los niños, me sentaba a mirar por la ventana esa inmensa ciudad. Miraba esas luces y pensaba qué podía hacer para regresarme. Y no fue una noche de esas en que descubrí el motivo, fue una mañana cuando me levanté y abrí la nevera del apartamento. Había tanta comida en esa nevera, les ofrecimos tantas cosas a los niños que yo empecé a pensar en los demás desplazados del Magdalena Medio. Pensé en las muchas mujeres que yo había conocido en ese año de tanta violencia. En los pueblos enteros de gente que vimos durmiendo en las calles para salvarse de que los masacraran. Cuántas de esas personas que nosotras habíamos ayudado en esos años podían salir desplazados y vivir en las condiciones en que nosotras estábamos viviendo. Pensé en el hambre, el miedo, el abandono en que debían vivir y al mediodía llamé a mi marido a avisarle que me regresaba. Los miembros de la comunidad europea que nos ayudaban se pusieron furiosos al comienzo, me rogaban que no me fuera, que no debía poner en riesgo mi vida. Pero con muchas y muchas palabras logré que entendieran que no podía abandonar a mi gente.


Nosotras habíamos logrado reunir alrededor de la organización innumerables mujeres y reaccionar en masa contra las intransigencias de los paramilitares. Les recordé cuántas veces fuimos a sacar los muertos del río o a traerlos del monte cuando los paras decían que el que recogiera muertos era ya otro muerto. Y nos llamábamos una a la otra, y así en cadena estábamos en pocos minutos tantas mujeres que no había quién fuera capaz de detenernos. Les recordé que habíamos logrado enfrentarnos a esos hombres, que ya no teníamos miedo de mirarlos a los ojos. Porque más de una vez esos hombres nos habían acorralado y nosotras en gavilla encontrábamos maneras de enfrentarlos.

Les recordé esa tarde en que habíamos organizado el Carnaval por la vida. En los barrios hicieron carrozas y las llevaron al parque. Nosotras estábamos trayendo los refrigerios y otras cosas más cuando llegaron esos hombres al parque y les rompieron lo que habían hecho para el Carnaval y los mandaron a esconderse, “o es que no saben que después de las seis no puede haber nadie por ahí vagabundeando”. Cuando llegamos al parque no había ni un alma y solo quedaban los restos de la destrucción, eso que sabían muy bien dejar esos hombres por donde pasaban. Pero una vez nos paramos nosotras en el parque la gente empezó a salir de las casas. No los habían logrado amedrentar tanto como para que la gente abandonara la idea del Carnaval. Nos estaban esperando. Nunca olvidaré la alegría que sentí en ese momento. Cuando vimos salir de las casas montones de hombres, mujeres y niños que vinieron a celebrar con nosotras. La OFP les traía a esas personas una sensación de seguridad que les permitió burlar la orden de los paras y continuar con la fiesta que teníamos planeada.

Hablamos de las casas de refugiados que creamos después de que nos robaron la casa, porque no íbamos a dejar que se llevaran más casas ni que mataran a las personas a las que les quitaban las casas o a las que amenazaban. Habíamos vivido tantas cosas en esos años, y tanta gente seguía necesitando de nuestra ayuda, de esa fuerza que ya conocíamos y que, aunque nos podía matar en cualquier momento, como habían hecho con otras compañeras, nuestra resistencia se había vuelto ya el sentido completo de nuestra vida. Les recordé tantas cosas a los amigos extranjeros y a mis compañeras que terminaron aceptando que debíamos regresar.

Pasamos cuatro meses metidas, con los niños, en la sede central de la organización, escondidas, pero trabajando sin parar. Pensando nuevas capacitaciones para que los niños de los barrios no se metieran en grupos armados, nuevos gestos para hacer en la ciudad, para que no pudieran quitarnos las ganas de vivir y de luchar. Para que no se nos acabara nunca el calor humano que nos había mantenido vivas a las mujeres que estábamos cerca de la organización. Yo nunca me arrepentiré de esa decisión. Había que volver, debíamos seguir enfrentando el miedo para soportar y no entregarles nuestras vidas. No podíamos dejar que esos hombres de armas y agresividad decidieran cómo iban a vivir la vida nuestras hijas y nuestros hijos. Nosotras no habíamos parido hijos para la guerra. Eso no. Y ahí estábamos, decididas a seguir soportando hasta que esta guerra pueda terminar.

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