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Correr no es el problema

Nada es gratuito en esta vida. Nada cuesta tanto como aprender. La primera vez que corrí por una calle fue a riesgo de que mi madre me alcanzara, con una chancla de caucho en la mano, para reprenderme por haber roto el vidrio de una casa vecina. Me persiguió durante varias decenas de metros agitando su temible chancla de color azul y un par de líneas blancas, mientras juraba dar conmigo; cosa que no logró gracias a que, una vez ganada la esquina de la cuadra, salté a la avenida que por allí cruzaba, y tirándome sin temor entre los carros, gané la otra acera, y quedé lo suficientemente fuera de su alcance como para girar y verle del otro lado, con su rabia frenada en seco, más preocupada que enojada, ante mi temeraria y poco considerada actuación.

–Ahora arreglamos Gabriel. ¡En juego largo hay desquite! ¿Me escuchó?, -gritó mi madre mientras daba media vuelta y echaba en el bolsillo de su delantal la vieja chancleta.

Después de una hora volví a casa. Había reunido el suficiente valor para retornar y vérmelas con mi madre. No tuve que golpear el portón porque doña Flor, una señora que vivía con nosotros, estaba saliendo de casa en ese momento. Entré despacio y subí las escaleras con el sabor del castigo en mi boca; imaginaba a mi madre saltando sobre mí con el fuete en la mano. Sin embargo, nada pasó. Llegué al saloncito donde mi vieja tenía la máquina de coser y los arrumes de retazos de tela apilados en bolsas plásticas, y no la encontré allí. Un pantalón sin costuras salía por un lado de la SINGER, abandonado a mitad del trabajo. Aún la luz de la cosedora estaba encendida, y me pareció que la marca de las nalgas de mamá en el viejo asiento donde se hacía para trabajar, estaba fresca. Un extraño presagio rompió mi miedo y sin más demora me dirigí al cuartito donde ella y yo dormíamos. La puerta a medio cerrar guardaba un murmullo apagado que identifiqué al instante; mi vieja lloraba contra la almohada de la cama.

–Mamá. ¿Qué pasó? No llore, –le dije una vez ingresé al cuarto.
–Hijo vea –me contestó mientras secaba apresuradamente su llanto–, usted no sabe ni se imagina qué hubiera hecho yo o cómo hubiera quedado si a usted le pasa algo cuando cruzó como un loco esa avenida.

Sus ojos se fijaron a los míos como imanes, consumidos por un sentimiento que iba más allá de mi comprensión. Recuerdo los goterones tibios que corrieron cuesta abajo por sus mejillas, y que fueron a dar sobre sus manos curtidas y trabajadoras. Yo no contesté. Solo supe que el dolor siempre lo infringen otros, y que es de nuestra condición humana producirlo, como en ese momento lo hacía yo con mi madre. La abracé y le expliqué que no era mi intención dañarla y mucho menos romper aquel vidrio de la casa vecina, y que no podría menos que correr si no estaba dispuesto a pagar lo que no merecía, es decir, sus chancletazos en mi huesudo trasero.

–Gabriel –exclamó con ternura–, hubiera podido ser el vidrio más caro de mi vida si a usted le hubiera pasado algo. Corre, corre, no es ese el problema, pero que tu carrera te garantice vivir.

Nunca olvidé aquellas palabras de mi vieja. Por eso, la última vez que corrí antes de caer preso por primera vez, fue para vivir.

La policía me buscaba hace meses. Me enteré por un amigo que trabajaba en la institución que la orden era matarme. No obstante, con el riesgo curtiendo mis zapatos, me lancé a un nuevo robo. Todo parecía estar bien planeado y la salida del sitio asegurada. Pero, por más que uno cree controladas las situaciones, siempre hay la posibilidad de que algo impredecible suceda y rompa el precario equilibrio de la sorpresa. Nuestro robo terminó en escándalo y el repliegue se nos complicó; lo que parecía una salida segura tomó la forma de un callejón sin salida, una boca oscura con dentadura y saliva de lobo.

Cuando todo lo vimos perdido, optamos por entrar a un local donde funcionaba una fábrica de calzado. La policía, por supuesto, venía tomándonos por los pelos y se fijó en el movimiento que hicimos. Con agilidad bajamos la reja del local y nos tomamos el sitio con todo y empleados, incluyendo dos clientes que se encontraban en el lugar. Desde el interior del establecimiento oímos los radios de los policías por donde informaban nuestro paradero. Al poco tiempo, motos y carros con sirenas encendidas coparon la calle. Por supuesto, habíamos inspeccionado la fábrica en busca de alguna salida por techo o ventanas; no encontramos nada. La boca del lobo se había comenzado a cerrar.

–Somos la Policía Nacional. Ríndanse. Están rodeados, -nos decían por megáfono.
Mientras mis otros causas custodiaban a los rehenes, yo me dirigí con cautela hacia un muro cercano a la reja y les grité que no nos entregaríamos sin la presencia de un oficial que garantizara nuestras vidas, y frente algún medio de comunicación.

Una hora más tarde, llegó una voz distinta que se me presentó como mando de una estación de Policía, y por supuesto, me garantizó una captura legal y el respeto a nuestras vidas frente a un reportero de un periódico popular de aquellos años.

De las cuatro personas que participamos en el asalto, tres fuimos capturadas y judicializadas por hurto y porte de armas. En la actualidad, la toma a la microempresa nos la hubieran cobrado como secuestro. Total, aquella carrera desesperada donde nos la jugamos con hacer pública nuestra situación, nos salvó la vida. Correr no fue el problema y la carrera nos garantizó vivir.

Las múltiples piruetas que dan nuestros pasos en el camino de la vida, nos van construyendo el escenario al que tenemos que enfrentarnos en cada momento. Dicho de otra forma, uno construye su presente y su futuro. Me uní al camino de la delincuencia por necesidad. Crecí en condiciones de escasez económica, de no tener cómo pagar la renta del pequeño apartamento donde vivía con mi madre, de comer arroz con huevo y aguadepanela todos los días; pero lo que nunca faltó fue dignidad. Con dignidad aprendí a vivir, aunque pusiera en riesgo mi propia vida, con dignidad pagué mi pena anterior y, ahora, con dignidad asumo esta nueva condena que es suficiente para otra historia, pero que contaré en otra oportunidad.

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Acerca del Autor

Gabriel Trilce