Saraguro: la tierra del maíz, la chicha y el renacimiento

El pasado 8 de noviembre fue lanzado en Loja, Ecuador, el libro Inka Samana: Un sueño pedagógico. Activación de las inteligencias y el Ser, basada en principios y valores, de María Gabriela Albuja Izurieta y José María Vacacela Gualán. Este da cuenta de un proceso pedagógico que surgió debido la necesidad de preservar la cultura Saraguro y apostar por una educación no hegemónica. Infortunadamente, fue cerrado por órdenes del Gobierno ecuatoriano, el cual exigía que todas las instituciones educativas en el país tuvieran un modelo pedagógico estandarizado. Sin embargo, su labor educativa continuó, y en el 2015 tuve la oportunidad de conocer y hacer parte de sus reivindicaciones.

Para llegar a Saraguro, primero se debe conocer a alguna persona que haga parte de su historia, de sus luchas, de sus tradiciones. Es un lugar al que el viajero no llega inmediatamente, sino que es invitado. Para saber los caminos hacia “la tierra del maíz” hay que abrir el alma, pues solo así quien quiera arribar sentirá la necesidad de ir. Fue así como primero conocí a Gabi en Quito, y semanas después, luego de estar un tiempo recorriendo otros lugares, sentí la necesidad de dirigirme hacia allí. Sin embargo, tiempo después no era capaz de escribir sobre aquella experiencia, y entendí que primero tenía que dejar que las palabras llegaran en su debido momento.

Escribir, por decirlo de alguna manera, es dejar inundar de palabras el corazón.

Cuando llegué al pueblo en la tarde-noche, pude charlar con Gabi y José María en casa. Fue un encuentro cordial, después de haber compartido con ellos en Tonsupa, en el II encuentro de Experiencias, Sueños y Pensamientos Educativos Alternativos y Humanos. Me recibieron con gran amabilidad, me instalé y descansé del viaje.

Gabi y José María iniciaron, en octubre del 2014, la planeación y ejecución del proyecto educativo Yachay Kawsay –“vida de sabiduría”, en quichua–. Ese mismo año, el Gobierno ecuatoriano decidió terminar con el proyecto de educación libre Inka Samana, una institución educativa liderada por la comunidad y que, bajo su guía, había logrado la construcción de una serie de herramientas pedagógicas que intentaban lograr una armonía entre el ser, el aprendizaje que este busca y adquiere, y la naturaleza de la que hace parte.

Llegué a Saraguro, como voluntario, a contribuir con la realización de este proyecto que surgía como respuesta de resistencia, como una creencia firme en que las imposiciones educativas traen, inevitablemente, la consecuencia de de-formar personas sin espíritu, con un hambre de triunfalismo desleal –fomentado especialmente por el desarrollo por competencias–, y con un vacío de vida cuando tienen que enfrentarse con una realidad que no está en armonía, muchas veces, con sus aspiraciones.

La escuela de la comunidad de Gunudel facilitó a Gabi y a José María un espacio para la ejecución de su proyecto. Una construcción de dos salones amplios, algo desgastados por falta de uso, y lugar de depósito por largo tiempo. Nuestra primera labor fue de adecuación. Sacar lo inservible, seleccionar los materiales que podían servir al proyecto, limpiar y lijar. Además, la escuela nos recibía siempre con gran cordialidad. La alegría de los niños y niñas que se dirigían todos los días a sus estudios y que nos acompañaban, con curiosidad, mientras nosotros trabajábamos, era indescriptible. Sus inquietudes con respecto a lo que se iba a hacer y al extranjero que estaba a su lado no tenían límites imaginarios: “¿De dónde eres?”, “¿allá existe el maíz?”, “¿también el tomate?”.

A medida que pasaban los días, fui conociendo más sobre la cultura Saraguro. Personas silenciosas en el trato inicial, pero respetuosas. Cordiales en el saludo. Orgullosos de presentarse ante el mundo con su lucha identitaria, cada vez más difusa en un mundo globalizado.

Tiempo después, llegó el Inti Raimi, el día de siembra. Se hace por lo general entre los meses de septiembre a noviembre, coincidiendo con el equinoccio primaveral. Es el día que el agricultor dispone la tierra para la siembra del maíz, fruto preciado y milenario en esta tierra de dioses. José María le pide a Vizhu si quiere acompañarlo en el día de siembra con su yunta. Este pedido se hace con el protocolo necesario de los saraguro. Días antes, esta transacción quedó transada a través de un pacto de caballeros, acompañado de una petición cordial, y sellado con el verbo líquido del licor.

El inicio de la jornada fue agitado. Los hombres de la yunta trabajaron la tierra con la paciencia del labrador que trata a la tierra como elemento de fertilidad. Mientas hacían el arado, Byron, el yerno de Gabi y José María, esparcía las semillas de maíz. Al mismo tiempo, las mujeres se ocupaban de proveer la comida y la bebida a tan extenuante labor. Papas, quinua, quesillo, cui asado, acompañado de la dulce e imprescindible chicha y del calor del licor de caña.

Al ver a estas personas trabajando en comunidad, sin ninguna otra ambición que compartir su trabajo y las viandas proveídas por los anfitriones, comprendí que el vínculo entre el ser y la tierra se traduce en un lazo de hermandad con sus semejantes. Desvincularnos de la Madre, la dadora de vida, es lo que nos divorcia de nuestro entendimiento con quienes estamos coexistiendo. Al final, un agotamiento feliz y una embriaguez, propiciada por la chicha y el licor de caña que permitía celebrar, con la vida, el hecho de hacer parte de una ceremonia tan milenaria como sencilla. Al otro día, Gabi y su hija Nina se encargaron de tolar –oficio propio de las mujeres en esta comunidad– para que las semillas de maíz pudieran fundirse con la tierra.

Debo decir que el sentimiento de soledad que experimenté en Saraguro fue totalmente distinto a cualquier otro que haya vivido. En las noches, el pueblo y sus comunidades descansan temprano, debido a su rutina madrugadora y al intenso frío que hace. Mi noctambulismo combatía con el frío y me hacía trasnochar en ese lugar de fuertes vientos y sonidos misteriosos. Cuando me iba para el cerro que se encuentra detrás de la casa de mis anfitriones, sentía una soledad serena. Las estrellas se veían como en ningún otro lugar. El Cinturón de Orión casi tocaba el horizonte, debido a la posición de la tierra en la latitud 0. Se tiene la impresión de estar viendo mucho más de cerca las estrellas.

Cuando caminaba por aquellos senderos –algunos de ellos milenarios– me daba la impresión de hacer parte de un tiempo ajeno al mío, una especie de comunión con los caminos que otrora fueron transitados por seres sencillos y cordiales. En el cerro encontraba un vínculo con una naturaleza que emergía desde muy adentro, más adentro de mí mismo que cualquier sentimiento. El temazcal que se encontraba casi en la cima me recordaba esa añoranza de estar de nuevo en el útero de la madre, bajo el calor de un fuego interno que nunca cesa. La naturaleza aún nos acoge como sus hijos, somos nosotros quienes escupimos a la madre.


Saraguro tiene la particularidad de unir las almas con un vínculo imperecedero. Durante el voluntariado conocí a Crisu, una joven griega que estaba en Latinoamérica hace un año, y quien iba de viaje hacia Cusco. ¡Qué compañía feliz! Y a Daniela, una chica quiteña que fue por algunos días a apoyar el proyecto. Compañera en el frío y en el amor casi obsesivo que en su momento teníamos por el escritor Ciorán. Vínculos extraños forma Saraguro, por lo cortos e indisolubles. Es la tierra de la Palabra, aquella de la que los occidentales se ufanan de dominar. Pero no han comprendido que la palabra es creación y, en el caso de conocer a estas hermosas personas, creó un sentimiento de unidad a través de los caminos.

Recuerdo aquí la hermosa tradición que tienen los ecuatorianos en el día de los muertos. Aparte de ir a visitar a sus seres queridos fallecidos, su relación con la muerte es más cordial que la de nosotros los criados desde hace cinco siglos bajo la custodia del catolicismo. Las comunidades nos invitan a compartir el ritual acostumbrado: hacer guaguas –niños– de pan y colada morada. Para hacer la colada, cada comunidad tiene sus variaciones, pero indudablemente Gabi y Daniela –fieles a su origen quiteño– hicieron la mejor. La elaboración de guaguas de pan es libre, afortunadamente, pues mis dotes plásticas son casi nulas. Lo importante es compartir la fecha como un ritual que, más allá del calvario cristiano que significa padecer a sus muertos, nos recuerda que la dicha de vivir es simple.

Como en las actividades anteriores, la compañía tutelar de Gabi fue fundamental para llegar a un lugar que tenía más obstáculos que cualquier viaje emprendido antes: el viaje hacia mí mismo. Gabi hizo dos ceremonias del fuego conmigo, en las que el protagonismo del verbo sabio del Abuelo Tabaco tenía como objetivo orientar la conciencia hacia sus demonios y lograr el perdón hacia todo el daño que se acumula en los años. Diré que fue un renacimiento, una ceremonia solemne precedida por la Maga, como también se le conoce entre sus seres queridos y amigos.

El trabajo realizado por Gabriela y José María durante tantos años dedicados a la educación para formar personas, más que máquinas de producción, ha sido constante y difícil. Cuando José María, hombre soñador y, por ende, a veces con proclividad a la tristeza, cae en un pesimismo existencial, Gabi lo consuela con su abrazo sanador y lo levanta de las sombras que son los miedos y las frustraciones. Son seres que tienen el universo en sus manos, con actos tan sencillos como labrar la huerta de su casa, ordeñar las vacas dos veces al día, o recibir a un extranjero del que poco conocen. Son personas reconocidas en el ámbito nacional e internacional por sus esfuerzos para reformar la educación. Muestra de ello es la intervención que realizaron en el documental La Educación Prohibida (2012), además en medios latinoamericanos y en congresos educativos –como el encuentro en Tonsupa, al que felizmente pude asistir–. Una semana antes de partir, un grupo de estudiantes de comunicación de la Universidad de Guayaquil fueron a hacer un documental sobre su trabajo en la comunidad. Gabi y José María son seres comprensivos, pacientes y con esas virtudes están dispuestos a difundir su mensaje y su proyecto. Pero ellos saben –y nosotros debemos saberlo también– que no podemos confundir la amabilidad con la dureza que significa criticar a un sistema desgastado e ineficiente.

En tal sentido, los saraguro han sufrido una persecución estatal importante en los últimos años. En las manifestaciones contra el Gobierno ecuatoriano en el 2015, 26 saraguros fueron detenidos arbitrariamente, y ocho meses después, su situación jurídica no había sido resuelta a pesar de los constantes reclamos de la comunidad por medio de redes sociales. Las reglas han cambiado. El discurso triunfalista de la globalización intenta callar su clamor por el respeto hacia sus tradiciones y hacia su manera de concebir su relación con el mundo. Además, las nuevas generaciones se han ido desentendiendo progresivamente de su herencia milenaria, al adoptar las costumbres occidentales y al no tener como prioridad el aprendizaje del quichua, su lengua materna, por considerarse prescindible. Sin embargo, proyectos como los que realizan Gabi y José María en su comunidad, y otros felices saraguros que se sienten orgullosos de su herencia cultural, permiten creer en que ese afán totalizante de las metrópolis no es absoluto, es una pretensión insensata que en estos tiempos ya nos está mostrando su fracaso, su vacío de valores.

Debo decir que las despedidas, muchas veces, suelen ser dolorosas, dramáticas, o incluso gratas. La despedida de Saraguro, fue más bien un acuerdo. Brindé parte de mi alma a aquel lugar con el propósito ineludible de volver allí y recuperar la unidad que encontré. Gabi y José María me acompañaron hasta el bus que me llevaría a Loja, y de ahí a Piura, en Perú. Sus gestos de gratitud son la más grande recordación de que en Saraguro florece una parte de mí que debe ser cosechada. Un regalo capital de José María: una botellita de licor de caña, aquel néctar dulcísimo que deja una resaca de los mil demonios, pero que calienta tan fuertemente el corazón en momentos de soledad.

Así me despedí, como quien tiene la esperanza de volver. De Gabi, de José María, de sus hijos y nietos, de Luis –hermano de José María, quien me acogió fraternalmente el día de su cumpleaños–, de los niños, de la memoria. ¿Cuánto corazón hay que tener para escribir todo lo que nos ocurre en un viaje, en un divagar por el mundo? Las palabras, como siempre, son extremadamente pocas. Pero se aprende caminando que ese afán por verbalizar lo sentido es inútil. Se necesita paciencia para escribir. Para relatar los momentos de mayor alegría o mayor dolor. Que escriban con prisa los que pueden tender un puente directo entre las palabras y el corazón. Lo demás, dirían algunos, es simplemente fotografía.

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Alexander Arboleda Bedoya

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