Imprimir esta página

Resistimos para seguir viviendo

En adobo de colores, somos punto de encuentro. Negros, colorados, amarillos, morenos, blancos. No somos etiquetas de comercio, es la diversidad que emerge de las llanuras, de las selvas, de los mares, de las montañas y de las ciudades. Defendemos la biodiversidad y la vida. No callamos ante magnas injusticias. Somos seres diversos en la divergencia.

Solía pregonarse, en estrofas del Himno Nacional de este devastado país, cantos centenarios al olvido de la Gran Colombia; una marchitada gloria nada inmarcesible en múltiples surcos colmados de intensos dolores; horribles noches en el campo que nunca cesan; una humanidad colombiana que entre cadenas continúa gimiendo; una falsa independencia que permanece bañada en sangre de campesinos héroes, y en el Orinoco, hermano río del Cauca y del Magdalena, solo sangre y llanto se mira correr; de un pueblo hambriento que lucha, de horrores prefiriendo a una pérfida salud; “deber antes que vida”, en átomos volando, Antonio Ricaurte con llamas escribió, pero se eternizó, en la memoria colectiva durante doscientos años de ingenua República, una mísera muerte en donde “la vida antes que el derecho” se convirtió en deber para comprender las palabras de quien un día murió en la cruz.

Somos construcción de resistencias vivas. Fluimos a través de la sangre de quienes se han convertido en memoria eterna de esta, no la tierra de Columbus, ni de colonizadores que evangelizan muerte, sino el territorio biodiverso del que nos han querido hacer retroceder. Nunca lo lograrán. No pasarán, porque somos tejedores que nos comunicamos por miradas y caricias, por letras e historias, por caminos y montañas, respondemos a la liberación.

Llevamos a un eterno presidio a la parca maldita, a los traficantes de la muerte. Desde lo más profundo de los corazones que aún palpitan bajo tumbas olvidadas, los gritos del indígena y los lamentos del campesino, los aullidos del perro hambriento y las lágrimas de la mula aprisionada, la risa macabra del rico epulón y el plomo vomitado del esclavo soldado; sonidos guardados en una cajita musical.

–¿Escuchas esas melodías, muerte pavorosa? – pregunté.
–Sí, provengo del averno, pero causan dolor – respondió temerosa.
–El dolor es poco. Es tu purgatorio eterno. Es la culpa siniestra por arrebatar con tu hoz las voces de quienes interpretaron aquellas melodías, por despojarlos de sus suelos de nacimiento y condenarlos al desplazamiento entre autopistas errantes.

El desafío de los dioses del sol y la luna ataron a la parca hasta el fin de los tiempos. Le demandaron que viviera el resto de la eternidad confinada entre muros de recuerdos malditos, hechos con adobes de las almas silenciadas y matizados con la sangre derramada que descienden por los ríos hasta las llanuras. Ahora soy yo quien espera a que la perpetuidad del caído bajo mi presidio termine lentamente, y así poder balancear el equilibrio entre los tres colores del ondear de una trágica bandera.

Somos una sola resistencia con los indígenas y las cumbres sagradas, con los negros y los palenques ancestrales, con los campesinos y el saber de la agroecología, con los seres sexualmente diversos y su amor a amar, con los padres astros, las madres selvas, los hermanos animales, y los ríos vivos que lecturaleza y esperanza siempre nos dan. Somos partícipes de la memoria, no por ser vencedores en las guerras de antaño, sino porque somos la historia misma de soberanía y autonomía popular. No nos van a matar, porque somos infinitamente superiores a la idea de desarrollo que a la fuerza nos quieren imponer.

Share this article