Una mujer de acero

No sos vos.
A veces, de tanta mierda que te embarran,
terminan convenciéndote de que esa mierda es tuya.
De algún modo, terminás creyendo que hay algo malo en vos,
una especie de falla, un defecto, que te hace merecer dolores,
tristezas, maltrato, desamor o malamor.
No es verdad.
Nadie se merece la violencia.
Por ninguna razón.
Bajo ninguna excusa.
Son odiadores seriales, recipientes llenos odio,
derramando su porquería, que ensucia todo lo que toca.
No es tu culpa.
No existe culpa, porque no hay delito en ser quien sos.


Dibeth María Quintana tiene un rostro que esconde muchos miedos, pero su sonrisa fugaz entre tanto dolor, embriaga a quienes la vemos. Su historia, es la historia de una luchadora. Una mujer que se identifica con la solidaridad como bandera y la reivindicación como bastón que la ayuda a soportar el dolor parecido por hacer parte de la organización sindical.

Sufrió todo tipo de agresiones en la industria petrolera. Resistió al programa de resocialización comportamental Mobbing, creado por Ecopetrol en el año 2003 cuando la empresa decidió encerrar por 6 meses a 44 trabajadores en un cuarto de adoctrinamiento en el que intentaba convencerlos de que ser sindicalista debía ser considerado un delito y por tanto merecía ser castigado.

Fue señalada como integrante de la insurgencia en los medios de comunicación de Barrancabermeja, lo que le causó el reproche hasta de su familia. Durante sus años de dirigenta de la USO (el sindicato de Ecopetrol), debió lidiar con ofrecimientos de dinero por parte de las empresas que pretendían comprar su dignidad sindical, también allanamientos a su vivienda, amenazas de muerte contra ella y su familia por parte de paramilitares que insistían en defender los intereses de las empresas petroleras, sumado a una constante lucha interna en el sindicato para ser reconocida como igual por parte de sus compañeros.
Durante los 10 años que ostentó el cargo en la organización sindical, denunció empresas corruptas que jugaban con la seguridad de los y las trabajadoras para ahorrar costos en materiales de trabajo, soportó permanentes hostigamientos y amenazas, y, debido a la presencia de hombres extraños cerca de su vivienda, debió cambiarse constantemente de domicilio para proteger a su familia. Dibeth cultivó una frustrante relación con la justicia colombiana, que jamás ha emitido una sentencia condenatoria a los agresores, manteniendo la impunidad que día a día la laceraba.

En el 2016 fue brutalmente golpeada por cuatro policías y por el jefe de seguridad de la Refinería de Barrancabermeja, quienes impidieron a toda costa su ingreso al sitio y el cumplimiento de sus compromisos sindicales. A Dibeth la agredieron para que se soltara de la reja de entrada a la instalación petrolera. El hecho, a pesar de estar documentado en video, se encuentra en total impunidad.

La justicia, esa que no ha fallado en ninguno de los procesos en los cuales ostenta la calidad de víctima, la convocó a una diligencia judicial el día 13 de febrero del 2019 en el municipio de Aguachica, Cesar, por una denuncia interpuesta por el jefe de seguridad de la Planta de Ayacucho de Ecopetrol, quien la acusaba de calumniarlo en el marco de las denuncias que Dibeth había interpuesto por los hostigamientos que recibía cuando intentaba ingresar a la planta para acompañar los trabajadores afiliados a la USO. Dibeth llegó en horas de la mañana desde Bucaramanga, donde prestaba sus servicios a la estatal petrolera. Al medio día, luego de una larga espera en la Fiscalía, salió a buscar un lugar dónde sacar unas copias. De un momento a otro sintió cómo se le iba la vida. Horas después despertó secuestrada, amordazada… Soportó los golpes, los gritos, los abusos sexuales y logró huir mientras sangraba, con parte de su ropa hecha harapos. Dibeth sobrevivió al ataque letal perpetrado por tres hombres, dos de los cuales fueron asesinados tres días después en un polideportivo. La noticia fue reportada por la prensa local como un ajuste de cuentas.

Esta tenaz mujer lidió luego con las posteriores amenazas, los señalamientos de incredulidad frente a lo narrado, y la desintegración de su familia que la convirtió en un ente que deambulaba, opacando la mujer valiente que siempre conocimos. Las lágrimas de Dibeth salían con la facilidad del dolor lacerante que no da tregua en la vida, ese dolor que se escondía detrás de unos ojos temerosos cuando habla de su caso.

Para formar parte de la USO, asegura, debió comportarse como hombre. Optó por posturas machistas: hablar fuerte e imponerse para ganar el respeto de los hombres que la rodeaban. Creó fama de mujer incapaz de sentir dolor, pero ese dolor permanecía vivo en ella, la apagaba, y le pasaba cuenta de cobro con sus hijos, su pareja, pero sobre todo con ella misma que en silencio recuerda a diario la marca de un conflicto que le niega la condición de sindicalista y le recuerda que su cuerpo se convierte en un campo de batalla cuando la mujer reta al sistema patriarcal.

Dibeth un día decidió irse del país. Renunció a su esquema de seguridad. Perdió los subsidios que recibía de Ecopetrol. Dejó de asistir a las audiencias judiciales y a mirar de frente la impunidad y la desconfianza a la que fue sometida. Asumió la condición de refugio forzado como medida extrema de protección, pero su vida misma ganó porque volvió a hablar con fuerza, se le oye sonreír entre líneas, ya no teme, ya no llora, ahora está reencontrando la mujer que ama.

Yo aprendí la profundidad de la sororidad a su lado, viéndola ayudar a los demás, viendo el poder de su corazón a través de su sonrisa. Desde el sitio dónde se encuentre, un año después del secuestro, aún espera que se haga justicia.

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