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“El acto abominable de pasar por encima del otro”

—¿Vos para quién hiciste esa película?
Le preguntó un poco perplejo Alejandro Herrera al cineasta Víctor Gaviria cuando se estrenó La mujer del animal.

Margarita Gómez, la mujer que una tarde le dio la mano a Víctor y le dijo “mucho gusto, yo soy la mujer del Animal”, decidió no ver la película. Tampoco quiso entrevistas ni cámaras sobre ella.

Víctor acudió a algunas proyecciones y vio a algunas mujeres intentando entrar a la sala de cine, vacilando una y otra vez, hasta que tomaban la decisión de irse. Él se atreve a lanzar una hipótesis después de escuchar tantos comentarios: “Se trata de un maltrato tan continuado en una película que nunca endulza el maltrato (mostrar la violencia como es la violencia), ni redime, ni hay un héroe”.

Vi La mujer del animal en una sala casi vacía en Armenia, Quindío; mi amiga y yo usamos de paño de lágrimas al amigo sentado en la mitad. La escena de la violación de Amparo por parte del Animal nos dolió como si nuestro propio cuerpo fuera el implicado.

Amigos y colegas descargaron sobre Víctor un sinfín de críticas en los momentos en que les comentaba la idea de esa nueva película, comentarios como: “ese personaje no se merece una película, una mujer tan tonta, una mujer que no es capaz de escaparse, pasiva”; “hermano, es que ella lo quería, era eso”.

Entonces él, en su rol de director, se tuvo que preguntar ¿qué poesía puede haber en una película de estas tan brutal? En la historia de Margarita y las escenas que tomó de su vida para la película: una mujer en la soledad absoluta, encerrada en lo que ella llamó “una casa para perros”, que le escribe en un cuaderno a un dios sin oídos ni ojos para ver lo que le sucede; pero sobre todo una mujer que sobrevive, y por eso cuando asesinan al Animal la gente le grita: “¡Qué viva la mujer del animal!”.

La gran mayoría de mujeres del barrio donde vivía Margarita (Amparo en la película) habían sido escogidas por algún animal, todas ellas habían experimentado el sexo mediante la violación, sus hijos eran los hijos del animal. Por eso la escena en la que Amparo toma de los brazos a la bebé mientras recibe los puños y patadas del Animal es su despertar, con ese acto arrebató a esa bebé del desamor al que estaba condenada y a la repetición del ciclo de violencia y maltrato; le arrebata de las manos a los bandidos del combo una niña que iban a violar; se corta el cabello para que el Animal no la vuelva a arrastrar por el suelo, y solo la cara de espanto que pone este nos puede explicar la magnitud de la pérdida de poder que experimenta. Ella, Margarita, la mujer que no merecía ser narrada, hizo eso.

—Pero lo que más me duele a mí es que nadie me ayudó.
—¿Cómo así? Nosotros no nos dimos cuenta.

No se acordaban. Esa fue una conversación recurrente entre Margarita, sus vecinos y familiares. Y entonces la aceptación del destino dispuesto por Dios para las mujeres es la explicación del maltrato en un lugar donde el silencio y la falta de preguntas se volvieron aprobatorios de la violencia machista. Y llega eso que la periodista Leila Guerriero llamó “las preguntas del destino como fatalidad” que se han hecho las mujeres en contextos de este tipo, Amparo (Margarita) escribía en su cuaderno: “Dios mío, ¿qué estoy pagando?”.

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¿De qué trata realmente esta película?
Daniel Rivera Marín responde en su texto “La mujer del animal”: la brutalidad de la indiferencia, que trata del “cómo se ha hecho del abuso de la mujer un tema común y corriente, cómo de puertas para adentro se convirtió en normal el acto abominable de pasar por encima del otro”.

¿Cómo se volvió posible el acto abominable de pasar por encima del otro? Víctor dio en el clavo cuando hizo este análisis en el programa de entrevistas Proyectados: “Lo que hemos derivado como ciudadanos colombianos es en un ciudadano que siempre pasa agachado, pasivo, que permite hacer, que siempre está pensando en que debe estar cuidando su pequeña vida, su pequeña integridad; pero que nunca ese aspecto de preguntar, de reclamar, siendo un ciudadano, teniendo una palabra; la historia de violencia ha desaparecido ese rasgo nuestro”. Y remató: “El testigo también es víctima del animal”.

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En alguna oportunidad leí que la compasión es acompañar la pasión de la otra y el otro, ese es el gran aporte de esta película: una compasión que permite sentir la humillación como propia, un dolor bajito en la escena de la violación, una incomodidad al vernos en ese silencio cómplice que permite, alimenta y avala la existencia del Animal.

Víctor cuenta que en los ensayos, Natalia Polo, la actriz protagonista, lloraba mucho. Cuando él le preguntaba qué le pasaba, ella respondía: “Víctor, ¿usted no ve esta humillación?”. Por su parte, ella le contó a Daniel Rivera Marín: “Se llora en casi toda la película. Me tocaba parar, me daban tiempo para trabajar interiormente”. Cuando leí esas palabras pensé que eso sería necesario para el país: tomarse un tiempo para trabajar interiormente, y allí dentro cuestionarse, cuestionarse mucho. Luego, Daniel es quien siente la compasión: “Es difícil ver a Natalia después de tanta violencia sobre su cuerpo, tanta violencia actuada, tanta violencia tan real”.

Y la pregunta ya no es para quién es la película, sino para qué: para que el país silencioso, de subjetividades magulladas a punta de bala, puñal y miedo extremo, el que tuvo que tomar el camino de la indolencia para no morirse de sí mismo, experimente la pasión de una mujer violentada en un lugar olvidado de Medellín.

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Acerca del Autor

Katherin Julieth Monsalve