Debilidad estratégica de los Estados Unidos: eficaz contraofensiva iraní

Tras el asesinato del general Qassem Soleimani el 3 de enero, Irán anunció que ese crimen no iba a quedar impune y respondería militarmente a los Estados Unidos en cualquier momento y en cualquier lugar. La prensa occidental, vocera incondicional de Estados Unidos y de sus crímenes, argumentó que esas eran fanfarronerías, que las amenazas no iban a pasar del papel. Pero en el mes de enero se presentaron dos hechos resonantes en lo que puede llamarse la contra-ofensiva de Irán, a los que ni los Estados Unidos ni sus voceros mediáticos le concedieron importancia, intentando ocultar su alcance y no mostrar un flanco de debilidad del imperialismo estadounidense.

El primer hecho fueron los ataques con misiles que se realizaron desde Irán a bases militares de los Estados Unidos ubicadas en Irak. El primero se presentó el 8 de enero contra las bases de Ain al-Asad, las que habían sido visitadas por Donald Trump en 2018 y donde se encontraban drones tipo Reaper, los mismos que fueron utilizados para asesinar a Soleimani. Poco después se presentó otro ataque iraní en la región del Kurdistán iraquí. Aunque en su momento se informó de las respuestas militares, se les desestimó como algo anecdótico, y se aseguró, incluso por parte del propio Donald Trump, que ningún estadounidense había sido rasguñado.

Con los días se empezó a establecer la magnitud del ataque. Irán sostuvo que habían muerto unos 80 soldados de los Estados Unidos, que otros 200 habían resultado heridos, y que la base había sido reducida a cenizas. Estados Unidos ha negado que tuviera alguna perdida humana, pero le ha tocado admitir posteriormente, y a cuenta gotas, que 16 de sus soldados resultaron “con gravísimas heridas por quemaduras y metralla”.

Al margen de las cifras, quedan claras algunas cosas: los ataques fueron más contundentes de lo que se reconoce y los misiles de Irán alcanzaron sus objetivos sin que fueran derribados por las defensas anti-aéreas de los Estados Unidos. Esta es una muy mala noticia para el imperio, porque claramente quedó en evidencia su vulnerabilidad defensiva ante un ataque con los misiles que posee Irán, muchos de los cuales han sido hechos por Rusia. Aunque Estados Unidos estaba advertido del ataque, no pudo hacer nada para impedirlo y no logró derribar los misiles, con lo que queda un pésimo precedente que, de seguro, sus adversarios han tomado nota de primera mano.

Existe un segundo hecho que en la prensa occidental ha pasado de agache y sobre el que se hacen pocas menciones. Aconteció el 27 de enero en Afganistán, cuando cayó, así se dijo en un primer momento, un avión de los Estados Unidos en la remota provincia de Ghazni, a 150 kilómetros al sur de Kabul, capital de ese país. En un principio se dijo que era un avión comercial que se había estrellado. Rápidamente se desmintió que fuera un avión de pasajeros y se precisó, por fuentes externas a los Estados Unidos, que era un avión militar de espionaje.

Se trataba de uno de los cuatro Bombardier BD-700, comprados a Canadá y equipados con una sofisticada tecnología y transferencia de señales conocida como el Nodo de Comunicaciones Aerotransportadas del Campo de Batalla (BACN). Según el analista argentino Guadi Calvo, la aeronave “traduce y retransmite comunicaciones en tiempo real en el campo de batalla entre las tropas de tierra y las aeronaves en Afganistán. [Es] capaz de transmitir comunicaciones de voz, vídeo, fotografía, utilizando diferentes tipos de redes de comunicación. El avión derribado vuela por encima de los 12.000 metros, con autonomía de más de doce horas de vuelo”. No se trata un avión del montón, es un artefacto especialmente adaptado para facilitar la carnicería de los Estados Unidos. Lo significativo es que dicho avión vuela a una altura en la cual no pueden llegar los misiles que tienen los talibanes, quienes luego de su caída se proclamaron como los autores de tal hazaña.

Pero hay más: luego de su derribamiento, las tropas especializadas de los Estados Unidos no pudieron llegar al sitio para recuperar los restos, temerosos de que rusos o iraníes llegaran antes y se apoderaran de los secretos del BACN. Sin embargo, hay un dato más rinbombante, una noticia a la que no se le ha dado la importancia que tiene: en el avión derribado viajaba el jefe de la CIA en la sección de Irán, el mismo que había participado en la organización del asesinato de Soleimani, tres semanas atrás.

Michael D'Andrea, un “asesino profesional” al servicio de los Estados Unidos, con un impresionante prontuario: ingreso a la CIA en 1979, participó activamente en el programa de torturas que Estados Unidos desplegó después del 11 de septiembre de 2001, día en que fueron derribadas las Torres Gemelas. Lo conocían con varios alias: el 'Ayatolá Mike', el 'Principe Oscuro' y 'El Enterrador'. Estaba al frente del programa de asesinatos con drones en Yemen y Pakistán que concretaron la muerte de cientos de personas inocentes. Eran tan criminal, que su nombre fue revelado en el 2015 por el New York Times, pues en las operaciones que lideraba fueron asesinados con un dron dos cautivos occidentales de Al Qaeda, el estadounidense Warren Weinstein y el italiano Giovanni Lo Porto.

El 28 de enero murió un “halcón de la CIA” que había participado en el asesinato del general Soleimani. ¿Puede eso considerarse como una coincidencia? Difícilmente, porque un avión como en el que viajaba D'Andrea, no se cae todos los días, ni de repente, y tampoco puede ser derribado por cualquier grupo armado. Para hacerlo se necesita inteligencia y cierta tecnología, que en este caso puede presumirse, con bastante seguridad, que las dos cosas procedieron de Irán de forma indirecta o directa. Otro pésimo antecedente para los Estados Unidos que demuestra su vulnerabilidad, pese a que la propaganda mediática todos los días diga lo contrario. Lo único bueno de la noticia es que tenemos un asesino menos de la CIA haciéndole mal al mundo. ¡Siempre es que Ala es grande!

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