Semanas de una pandemia

Por Arturo Buitrago

 

–Yo ya estoy acostumbrada a no salir. Toda la vida he vivido por acá y siempre he estado encerrada como dicen. Pero, ¡yo no lo estoy!, está es mi casa y aquí he vivido desde hace unos 40 de los 49 años de matrimonio que tuve. Hace un año y medio enviudé, y acá normalmente vivo sola, pero estos días está mi hija y la nietecita, a ella si le están haciendo daño estos días.

Yo lavo ropa, sábanas y colchas todos los días, hago la comidita, cuido mis maticas que tengo sembradas en tarros y todo lo que sirva como matera, las cebollas de rama, desyerbo. El matorral nunca para de crecer, todos los días hay mucho que hacer. Así le transcurre a uno la vida mientras le llega lo que a todos nos llega: la muerte, y eso que tiene uno seguro.

Doña Martha es mi vecina, tiene aproximadamente unos 70 años y su rostro arrugado marca los caminos del tiempo. Ella y yo vivimos en el corregimiento San Antonio de Prado de Medellín, en una dinámica social rural diferente y yo tampoco me siento encerrado, aunque en los medios la llamen cuarentena, aislamiento social, días inusuales, confinamiento, crisis del capitalismo, un secuestro estatal por el bien del común, bueno esto último no lo dicen esos medios, pero sí algunos analistas y columnistas de opinión.

Si se han presentado variaciones en la cotidianidad y eso me gusta. Ha pasado ya la primera semana. Una semana en la que intercambiamos ese ¿cómo vas?, ¿cómo estás?, ¿a qué se dedica? con aquellas amistades o familiares por diversos medios de comunicación. Una primera semana en que las personas empezamos a hablar más pasito, a hacer menos ruido, a regular el volumen de los equipos de sonido, a estar alejados del desconocido, como si estuviéramos asistiendo a un funeral.

En la segunda semana están variando un poco los cuestionamientos: ¿cómo voy hacer para pagar las deudas?, ¿me pagarán los que me deben?, ¿y ahora cómo hago para….? Pasamos a una semana de más incertidumbre, especialmente para aquellos que no tienen ni una cuenta bancaria, ni un ahorro debajo del colchón, a los que ya no les presta el “cuenta gota”, para aquellos que viven de la relación directa con el otro y que no la puede suplir con ninguna tecnología, ni con wifi. Casi el 90% de personas en Colombia necesita de esa relación directa, ya sea por una necesidad económica o de relacionamiento social.  

–Mijo, ayer subió una camioneta y tiraron cuatro canastas de codornices al monte, a ese yerbal, y están saliendo a buscar comida. Qué pesar, y tanta gente con necesidades, deberían haberlas regalado a los barrios más pobres donde la gente no tiene que comer. Mire, ayer cogí estás 6 y acá las tengo en esta jaulita, y están colocando huevitos, pero son muchas las que hay allá por la cidrera. Vamos y cogemos más.    

Con esa invitación nos fuimos y la camisa enroscada como una bolsa no me alcanzó para meterlas a todas. Tocó ir por una caja grande. Más de 30 animalitos y 15 huevos recogidos en el monte en una hora. Los dueños no tienen cómo comprarles comida, y esos huevos en estos momentos la gente no los compra. “Hay que hacer rendir la poca plata para las cosas necesarias”, me dice doña Martha. Al otro día de estar recogiéndolas con ella, subieron varias personas de los barrios y también personas de la vereda porque muchos están sin que comer.

–Ayer me hice un caldo de codorniz, me quedó rico, y voy a buscar más –me decía Juan, un vecino que está buscando todos los días estas codornices en el monte–. Las puse a pitar unos minutos y luego le eché cebolla de rama, sal y papas, y listo el almuerzo de hoy.

Además, han vuelto a aparecer por estos lares los vendedores de verduras y frutas en carros con megáfonos que anuncian la papa, la cebolla, la papaya, el mango, el plátano y otros productos del campo. Hay momentos en que creo que no está pasando nada en el planeta hasta que enciendo la radio y escucho sus noticias. 

La tercera semana, que aún no llega, creo que se van a agudizar las preocupaciones económicas propias del modelo mercantil en que vivimos. Y las preguntas serán: ¿qué vamos hacer?, ¿nos va tocar rebuscárnosla como sea?, ¿qué nos inventamos para no morirnos de hambre y de aburrimiento?

Las particularidades existen y muchos desde la primera semana se han preguntado por las incógnitas que llegaran con la tercera semana. Aquí es donde queda demostrado que ante el Estado todos somos diferentes y que cada persona tiene una forma particular de estar en la vida. Va a ser muy difícil para el Estado solucionar estas particularidades porque siempre nos han tratado como iguales ante la ley y no lo somos.

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Arturo Buitrago

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