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Bandera rojo invisible

Texto e ilustración: Valentina González

En el centro de Medellín ya nos habíamos resignado a vivir día tras día entre el aire más fétido del valle, pero hoy la alerta roja se alza por otras razones igual o más preocupantes. Nos vemos hoy en un confinamiento que está excavando cada día la raja insoldable que separa nuestra sociedad mediante el dinero y la posibilidad de sobrevivir entre la frágil economía.

La crisis no es algo nuevo, la presencia del covid-19 en la ciudad, y en el país en general, solo ha hecho evidente lo que se ha intentado ocultar durante años, porque esta distopía que hoy caminamos tiene raíces profundas en nuestro suelo. Pareciera que los Colombianos hemos cimentado nuestra identidad desde los causes del Hambre, la desigualdad, el miedo y el dolor, no por nada el rojo sigue presente  y creciente en nuestra bandera Nacional.

Hoy escucho desde mi ventana, mientras escribo desde la comodidad de mi clase media, como a pocas cuadras de distancia la gente golpea sus cacerolas y grita porque no hay esperanza. El olvido al que se han sometido los empobrecidos durante años, hace que la única presencia estatal ante la vulnerabilidad de esta cuarentena sea la vigilancia constante del ejército y la policía en las calles, el arrinconamiento e identificación de los transeúntes y los operativos de desalojo en los inquilinatos, ofreciendo casi ninguna solución efectiva para montones de personas que hoy están en riesgo de morir de Hambre.

Entre tanto, veo como el abogado con el que convivo recibe una orden de teletrabajo de su superior, uno de los empresarios más acaudalados de la ciudad. Le ordena suspender masivamente la mayor cantidad de contratos laborales posibles, utilizando todos los tropiezos y vacíos que la ley y los actuales decretos puedan tener. Este Patrón, como muchos otros, no ha logrado tomar suficientes respiros entre whisky y whisky, y se ha olvidado de la situación a la que está arrinconando a quienes han cedido, desde sus derechos mínimos laborales hasta su libre ejercicio de la democracia, con tal de continuar en sus puestos de trabajo.

Cuando voy  al mercado veo como cada vez más y más casas de este borde del centro se van tiñendo de camisas rojas, mientras que en las redes sociales nos invaden con retos creativos para abolir el tedio, o rutinas para mantenerte delgado y sonriente, otras maneras para que no sea tan difícil la autoexplotación desde casa –¿en serio me dicen que soy un héroe si me quedo en casa compartiendo memes, hipnotizado ante las pantallas brillantes todo el día?– Y es cierto, a otro montón de personas no les importan ni saben de esas banderas rojas, solo cuentan los días para volver a la normalidad.

Voy al jardín cuando gana la ansiedad, allí me siento a ver cómo pasa todo en el exterior. Pasa un niño venezolano recolectando comida por todas las casas, pasa una anciana vendiéndome dulces, pasan los carreteros con cada vez menos verduras, pasan los innombrables de la cuadra en sus negocios turbios de siempre, pasan los carros de jóvenes recogiendo ayudas para sus barrios periféricos. Y pienso: ¿es insuficiente esto que logro compartir?, porque la desigualdad es tan evidente y tan violenta, que ahora solo quisiera salir a las calles y romperlo todo, gritar en contra de quienes quieren aumentar sus cuentas bancarias a costillas de la vida de todos. Pero no puedo, ni podré en un buen tiempo.

Es extraño, y sobre todo escalofriante, ver como los libros de ciencia ficción que devoraba en mi adolescencia ahora son ciertos. Este lado de la historia la versión no estará acompañada de alta tecnología ni de viajes interplanetarios, solo nos tocará la avanzada totalitarista ya anunciada. Desde aquí puedo observar la ciudad con la enorme sensación de estar a punto de desbordarse, y con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.

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