El patio de mi casa

Texto: Malú

Ilustración: Valentina González

En esta situación observo que "el patio de mi casa es particular, se llueve y se moja pero no es como los demás".

Vivo en medio de una pandemia llamada microtráfico. En donde el hambre no tiene cara. Cuerpos de hombres y mujeres expuestos al virus porque el estómago no da espera. Se mueven entre billetes que no son de ellos, pero necesitan camellar, ahora no hay trabajo.

Se escucha: ey, ¿un blond o un crespo? ¿A cómo el popper?  ¿Ha subido o vale lo mismo?

Para esto no hay regateo, los compradores saben muy bien que cuesta una papeleta de perico, o una de tusi, la llamada diadema, ese polvo rosado vendido por la reina del tusi que se hace en mi patio toda la noche y lo camufla en sus pechos. Es una mujer mayor que, para no ser agredida o disimular ante la policía, la acompaña su amante, un migrante mayor que la susodicha ve noche tras noche en el mismo desván.

Yo, desde mi casa, no puedo objetar, porque mi patio es una plaza de drogas. Los mandamás me callarían y sirvo más estando viva. Ellos no usan tapabocas o guantes, dicen que el virus es un invento, que están sanos, otros dicen que si se han librado de los tombos, Dios los librará de esto.

Es normal ver cómo vienen de todos los lados a comprar, como si fuese feria, entre risas musitan: “que falte todo menos la marihuana”.

Juana, una mujer en extrema delgadez, esconde los paquetes entre matorrales mientras llega la hora de la venta. Juana es prostituta, pero en esta situación no puede trabajar, sus clientes están encerrados, por eso buscó la manera de levantar para comprar una libra de arroz, cinco huevos, panela para hacerle cena a sus pequeños, compró además cuido para su gato. Sin importar lo expuesta que esté. No puede coronar hombres, pero posiblemente el virus se la corone a ella.

Marcos, un trabajador de construcción, se le veía pasar a consumir, incluso peleé con él porque el olor a maracachafa, como yo le digo al cannabis, lo evaporaba al lado de mí ventana. Objeté por esta acción, y yo terminé siendo el ogro del barrio.

Marcos esta vez no fue a fumar, ni a comprar, estaba de jibaro, me dolió ver a este tipo comercializar la droga, pero tenía que ajustar para el arriendo porque el cucho de la casa quería sacarlo a él y su familia. Acá no aplica el vivir honradamente mientras pasa la pandemia, eso es para otros sectores, si no paga, hay unos que hacen que pague con fierro en mano. A Marcos no le exigieron un currículum, experiencia, simplemente los lanzan como carne de cañón a movilizar lo que manda la parada en un sector que no cumple leyes.

A mi puerta se han acercado personas que, en su momento, tuvieron abastecimiento pero la situación del covid-19 cambió sus vidas. Señora, ¿tiene manera de ponerme en una lista para una ayuda?, con la cara baja por vergüenza a pedir. Por eso digo que el hambre no tiene cara, le respondo: señor, en cuanto pueda le comparto, porque eso no es cuestión de dar es de compartir.

Mi barrio es otro mundo, en donde cada quien piensa en sí mismo, lucha por sobrevivir a costa de una muerte fija, a los que se les llenan las arcas no les interesan sus trabajadores.

Un mundo tan distinto al de los que, desde el privilegio, están protegidos, ataviados de comida. Pensando en la comodidad de sus casas, en cómo no salir gordos de está cuarentena.

Muchos saldrán como vacas, otros ya no saldrán.

 

 

 

 

 

 

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