Estoy enfermo

Por Daniel Ortega

¿Será que el coronavirus se siente en la barriga? Porque si es así creo que tengo síntomas. Últimamente siento dolor de barriga y náuseas, las náuseas a veces me hacen querer llorar, otras veces me hacen decir cosas que la mayoría de veces no quiero decir, y en últimas, hasta hago cosas que en otro caso no haría. Supongo que el objetivo de las náuseas, entonces, es que alguna cosita se deje salir. Tengo dolor de barriga y náuseas, y yo sé que las náuseas a veces se sienten en la cabeza, pero, ¿en el pecho?, ¿cómo mierdas es que siento náuseas en el pecho? Yo creo que quien vomita esas cosas es mi corazón y la barriga me duele por envidiosa, porque las náuseas le pertenecen, ¿mi cuerpo se siente solo y empezó a generar conflictos y dramas por sí mismo? Que locura.

Cada que estoy enfermo pienso en cómo se sentía no estar enfermo y no logro recordarlo muy bien, me digo que la próxima vez que esté sano voy a intentar de alguna forma hacer más conciencia sobre ese estado ¿Por qué no puedo recordarlo, si estos días estoy recordando tanto? Tengo ganas de culpar al cuerpo, decirle: ¿usted no tiene capacidad de recordar e imitar pues?, déjeme sano, como estaba. Pero yo sé que el cuerpo sí recuerda, sí que recuerda; pero recuerda lo que quiere el malparido.

Thorwald Dethlefsen dice en su libro ‘La enfermedad como camino’, que enfermedad solo hay una: la condición del ser humano de estar enfermo, y que síntomas hay muchos. También dice que los síntomas manifiestan en el cuerpo una sensación de la mente o “el alma”, porque el cuerpo por sí mismo no hace nada; o sino, miren un cadáver: es el “alma” o la mente, o lo que esté ahí adentro, lo que genera situaciones que, si no son resueltas, se plasman en el cuerpo.

Yo digo que tengo varios asuntos por resolver, en primer lugar vivo algo así como una tusa. No algo así, ¡siento una tusa! Una tusa que se transmuta a su vez en varias otras tusas. Para mí una tusa es el proceso de sentir perder algo que uno no quiere perder, y me di cuenta que mantengo perdiendo cosas: las palabras, la voz, el empuje. Creo que uno pierde las cosas porque se van cayendo mientras se busca ese sitio para habitar en el que a veces uno no cabe, y tiene que dejar cosas para entrar porque afuera hace frío y viendo ahí una casita cálida para cubrirse, es muy duro no sacrificar o decidir dejar algo. En ese sentido comprendo al virus y su necesidad de habitar los cuerpos aunque los lastime. He sentido eso también.

Igual el virus no le mete amor a la cosa porque el virus en teoría no está vivo, no hace parte de ninguno de los tres dominios de la vida (arquea, bacteria y eucaria), donde están los reinos conocidos como animal, plantae y fungi; pero al ser acelular es dependiente, solo puede vivir de las células de otros, entrando a un mecanismo con vida para “alimentarse” (usar su maquinaria de traducción y transcripción para poder hacer más copias del virus). Eso no lo hace vivo pero sí tóxico. Aunque parezca claro, hay una discusión sobre si vive o no, porque mucha gente dice: marica, pero si un virus se mueve, se pasa de un lado para otro, y es un agente dinámico de la naturaleza que genera cambios, la transforma, ¡cómo no va a estar vivo!.

Me he dado cuenta hace tiempo que soy muy empeliculado, eso me hace vivir las tusas y las pandemias con un valor o desvalor agregado, según el caso. No sufro solo por lo que vivo o viví, sino también por todo lo que me imagino o me imaginé. Me ha costado entender que soy yo, y solo yo, responsable de las películas de mi cabeza, pero me ha costado aún más entender que esas películas son reales, que existen en la medida en la que me hacen sentir cosas, y al generarse a partir de mis ilusiones, de mis pasiones, ideas, experiencias, miedos, percepciones, todas cosas reales.

En estos días vi una charla sobre los simbolismos de la pandemia dada por Carolina Gaviria, de Naturaleza Profunda, y Mariana Matija, de Animal de Isla, un blog sobre sostenibilidad. Muchas de las reflexiones de este texto surgen a partir de esa charla que todavía está disponible (y lo estará indefinidamente) en @naturalezaprofunda, link en la biografía de Instagram. Con respecto a si el virus vive o no, Caro hablaba de las rocas, que no están vivas, pero están compuestas de los mismos átomos que están en este planeta hace rato, los mismos átomos de los que podría estar compuesto yo, o vos. Hacía referencia a una corriente o libro o algo, llamado/a Ecología Profunda, que nombra a las rocas como nuestra parte inmortal y a nosotros como las rocas que bailan, que chimba, ¿no?

Yo amo las rocas y a varias les he dado hogar en mi casa como representación de mis recuerdos y caminos pisados. No sé si amo a los virus y creo que sí me amo a mí también, pero lo que sí tenemos en común los tres es que somos bien aventureros. Ocupamos un espacio diferente pero común en el mundo y tenemos dos partes: una que se puede ver, tocar, sentir; y otra que es más simbólica, pero que no por ser simbólica es menos real, es más bien la realidad vista desde otro punto, otra dimensión de la realidad.

Este pensamiento simbólico es cada vez más importante dentro de la ciencia para reconocer los elementos semióticos (símbolos, signos y significados) dentro de los sistemas, para encontrar relaciones entre las partes que los conforman (además de información externa que no se tendría en cuenta bajo un análisis únicamente positivista o únicamente desde la razón); y entender que, aunque cada parte por sí misma es importante, el todo es más grande que sus partes. Un ejemplo de esto es el pensamiento sistémico de la Biología.

Como esto es un diario, el diario de una pandemia, voy a seguir hablando de mi diario, pero también de la pandemia. Pandemia viene de pan (todo) y demia (pueblo), como de todo el mundo junto, en lo mismo. Pero yo siento que todos y todas estamos pasando algo bien distinto. A veces me gustaría hacer algo más que compartir en Instagram escenarios de vulnerabilidad, pero reconozco también que en este momento no es mi aporte humanitario, y dentro de mi plataforma cercana veo a mi familia, a mí mismo y a mi tusa. Tal vez todos tenemos nuestro “pan”, nuestro todo para camellarle.

Estos días he hecho ejercicio, comido mejor, aprendido a tocar el ukelele que tenía ahí hace como un año. En un principio todo esto motivado por el discurso de productividad que se había regado, pero luego motivado porque me di cuenta que no me conozco mucho, no sé cuál es mi comida favorita, ni qué partes de mi cuerpo se cansan con mayor facilidad. Ya lo estoy descubriendo. De verdad he estado preocupado por tanto, creyendo que veo el mundo y entiendo cosas, cuando tengo un sujeto aquí por resolver.

No está demás que ese alimentarme mejor esté acompañado de una reflexión sobre cómo la industria alimentaria tiene que ver con la crisis actual o la crisis planetaria. No está demás que la generalidad de cambiar o tener más tiempo para notar hábitos cotidianos nos haga ver también cómo esos hábitos tienen relación con otros asuntos y personas. (Porque si bien mi quehacer permanente o primario no es la ayuda humanitaria, querer salir de esta crisis siendo el más fit o el más productivo es mirarse el ombligo y ya).

Con respecto a mi familia, que también nombro en esa plataforma cercana, algo que también nombraban Caro y Mariana en la charla es que no hay que intentar sembrar en tierra que no se ha abonado. El sentido que deseo verle ahorita es algo muy básico: todos estamos en nuestro proceso y no es buen tiempo de intentar hacerlos veganos a todos y todas, pero sí seguir haciendo lo mío, ver si mis acciones van abonando esa tierrita y podemos ir aprendiendo juntos unos de otros.

Evidentemente este texto está escrito desde el privilegio y no creo que vivir mi situación de esta forma sea romantizar una crisis y si es así prefiero romantizarla que volverla una batalla. “Llega el invasor, el sistema inmunológico lo ataca, ¡vamos ganando la batalla contra el coronavirus!” En la prensa: “medidas en esta guerra contra el coronavirus”. Una guerra es bien diferente a un conflicto y ese discurso bélico es de rechazo a una situación que está sucediendo, que nos hace fijarnos en fechas de finalización que son cambiantes y que aparte suena más feo que este músico empírico tocando su ukelele.

Me parece una cosa mágica como los cayitos de las manos se ponen duros y cómo si practico todos los días puedo pasar más fácil los acordes que antes me parecían una cosa muy imposible. El cuerpo se adapta y yo espero que el corazón o la barriga o lo que sea, también. Todas estas situaciones nuevas me hacen sentir muy feliz dentro de una serie de situaciones muy tristes y angustiantes. Me hacen sentir también que el cuerpo es un teso, adaptable, y que la mente se moldea todos los días con el masaje de los pensamientos (mañana o en unos minutos no me van a gustar muchas partes de este texto, pero bueno, es un diario).

Ese último pensamiento de la fuerza del cuerpo y la mente también es una cosa muy loca de creer frente a una situación que nos ha demostrado tantas debilidades. Tengo un conflicto con el hecho de que existan reinfectados por el virus, lo que demuestra que por superar algo no te vuelves inmune y así pasa en la vida, uno igual tiene que seguir viviendo las cosas. Como cuando me toca irme parado en el bus y solo puedo pensar: “esta no es la última vez que me toca irme parado en el bus”, o con respecto a las tusas.

Pero no quiero tener una guerra con eso, ni tampoco romantizarlo, solo reconocer que puede haber paz porque no es una guerra sino uno o unos conflictos, y la paz no es ausencia de conflictos. Efectivamente creo que no tengo coronavirus porque puedo respirar bien y entender que para exhalar primero tengo que inhalar.

Creo que por eso decidí estos días dejar de hacer parte de varios procesos que venía apoyando y me gusta pensar que personas a mi alrededor decidieron hacer lo mismo por eso. Porque antes de exteriorizar asuntos primero hay que vivirlos y tenerlos bien claros con uno, conversárselos.

Reconocerse como un conjunto sistémico por sí mismo, y como una parte de otros varios conjuntos aún más grandes, es bien complicado, y en este punto, lo juro, solo puedo pensar en mi tusa. Creo que es porque finalmente siempre termino mirándome el ombligo, ¿habrá gente que no? Es que no me entran muchas ganas de entender al mundo con este dolor de barriga, pero yo creo que por lo menos a Daniel ya lo voy entendiendo.

Share this article

Acerca del Autor

Periferia

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.