Que nos lleve el diablo

Por: Jenny Correales

Colombia, Itagüí, Santa María tercer piso, X de abril de 2020

La vida hoy me sabe a mierda, como casi todos los días, pero elevada a la covid potencia. He sido una especie de Lobo Estepario. Ese fascinamiento de encerrarme en un fuerte cada tarde al terminar las tontas tareas a las que me orilla la sobrevivencia; parecer normal entre los normales. Ahora, con la imposición en los hombros no me apetece el aislamiento, nunca he sido buena cumpliendo normas, menos cuando estas se me antojan amañadas.

Debo confesar que mi naturaleza robusta pero lánguida –parecida a la de los estadounidenses: gordos pero desnutridos–, parece profesar pasos de dictadura, pero es sólo un débil mecanismo para encubrir una esencia melancólica, insegura y quebradiza. No puedo desdeñar de la apariencia fuerte, manipuladora y dominante, pues ha sido un arma suficiente para ahuyentar virosis más peligrosas que la actual.

Mientras escribo doy buena cuenta del pilsenon que he pedido para dominar la ira que me subyuga, –el premio gordo de la cuarentena se lo lleva el diablo. Valga decir que relato buenas migas con el bajísimo, pero hago cuentas como me gusta, en latín: “pecunian numerat”. Aunque no cuento dinero, sí sumo la vergüenza de los pecados capitales a los que hemos sido orillados por el aislamiento obligado.

Y digo vergüenza porque no supongo placer en una lujuria por descarte, o la gula de tragar sólo por si se acaba y luego no hay cómo, mientras otros se mueren de hambre, y la avaricia de los gobernantes acrecienta sus arcas gracias al miedo y el hambre del pueblo ignorante y miedoso. Me pregunto qué diría Hobbes: ¿Y la pereza? ¿Quién da más?

Nos hemos consumido bajo las sábanas saciados hasta los huesos, ya sea de hambre o jartera, pero saciados de tergiverso descanso, ya decía el sabio chino: ojo con lo que deseas. ¿Y la soberbia? Los semidioses del Olimpo nos han invadido. Había olvidado la envidia, esa vieja emoción humana que goza de ser buena o mala según se mire, quizás haya sido un acto fallido no remembrarla. De verdad me da escozor en el ánima no poder estar en una finca con piscina y plata en la cuenta, tomando vino y ejerciendo mi pasión de escritora a las anchas como algunos políticos de turno, con salarios pagos y pensando al nivel del confinamiento del pueblo.

Ni qué decir de la ira, con ella empecé. Esa emoción que en parte es resultado de observar cómo me configuro arte y parte de todos los anteriores pecados referenciados, y el otro medio que catapultó este escrito.

No se decepcionen si no he contado el paso a paso de mi día, hay más de interno que de externo. Quizás el universo interior les emocione más que los actos continuos efectuados al compás de un reloj que no discierne mucho sobre la humanidad de todos y que ha perdido su trono.

Que nos lleve el Diablo.

 

 

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