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Miedo en el búnker

Por Jhonathan Balvín R.

Estoy encerrado en este búnker. Ya estoy perdiendo la noción del tiempo. No recuerdo cuándo empezó la cuarenta, tampoco sé cuándo terminará. De no ser por el ejército de vendedores ambulantes que ofrecen sus productos, el día sería igual que la noche. Al principio buscaba información sobre el virus, pero perdí el interés. Un día decían que el virus se adhiere a la ropa, al otro día desmentían la información; después decían que sí podía adherirse a la ropa, luego desmentían de nuevo la información. Los juegos del exceso de información-desinformación empezaron a mortificarme, incluso dejé de imitar al personaje de La ventana indiscreta: cerraba las cortinas de mis ventanas para evitar que el virus ingresara por ahí. 

A veces escuchaba que la gente aplaudía a las ocho de la noche. De un momento a otro se interrumpieron los aplausos. Mis vecinos, imagino, también recibieron las imágenes en sus redes sociales donde informaban que el virus en España e Italia se había esparcido con ese tipo de prácticas ciudadanas. Después dijeron que esas prácticas no podían esparcir el virus. Después dijeron que existían posibilidades de que el virus se esparciera de esta manera. Y después, siempre hay un después, o por lo menos eso espero, mis vecinos dejaron de aplaudir y yo de leer noticias o revisar informaciones relacionadas con el virus. De hecho ni sé si ya se acabó la cuarentena, sólo sé que mis vecinos siguen sin madrugar para salir a trabajar.

Todos estamos esperando a que se acabe la cuarentena. Algún día se tendrá que acabar, pienso para distraerme del encierro en este búnker, pero me imagino el día que deba salir y me invade el miedo de que exista un rebrote del virus. La última vez que salí tuve que hacer una fila de una cuadra para ingresar al supermercado. Todos estábamos a la espera recibiendo sol en medio del apabullante silencio de la fila. Uno a uno pasaban vendedores ambulantes ofreciendo sus productos, uno a uno cantaban sus canciones los cantantes de música popular, uno a uno interrumpían el silencio ilusionados con recibir un par de monedas. 

Las personas detrás de mí seguían llegando, aumentaba la larga fila en espera de que ingresaran otras tres personas al supermercado. Un grupo de ancianos, reticentes al uso tapabocas, se quejaban del encargado de permitir el ingreso al supermercado por irrespetar sus canas, por condenarlos a realizar la fila; se lamentaban, también, de la imposibilidad de jugar un chico de billar o de sentarse a tomar tinto en la panadería. Por fin llegaba mi turno de ingresar al supermercado, de escaparme de la perorata del anciano de boina de cuadros grandes, quien seguía comunicando su viacrucis por la cancelación de la Semana Santa.

Uno a uno enjaboné, juagué, y sequé los productos que compré; invertí más tiempo en el proceso de desinfección de los alimentos, que en la compra de ellos. Esta nueva rutina la repetiré dentro de poco cuando me traigan los productos a domicilio. No quiero salir, tengo miedo a ser contagiado, tengo miedo, incluso, de acercarme a la puerta, no creo que mi sistema inmunológico resista el virus.

Ahora escuché que sonaba de nuevo el teléfono. Hace tres días que estoy acostado, sólo me levanto para orinar y comer. Sé que los alimentos que preparé están escaseando, que mañana debo cocinar, aunque no sé si llegue a mañana. A veces he pensado en dispararme, pero me da miedo dispararme en el lugar equivocado, desangrarme durante unos días hasta morir, o peor aún, durante unas horas antes de que alguien tumbe la puerta, me rescate y deba soportar el martirio de estar hospitalizado. 

No quiero regresar al hospital. Así que sigo encerrado en mi habitación escuchando el sonido del teléfono. Era una de las secretarias de la compañía que el gobierno autorizó para retomar las labores de producción: que me presente el lunes temprano a una charla sobre los nuevos protocolos de seguridad laboral, que evite usar los medios masivos de transporte.

Me anunció toda esa información pero no me preguntó si yo estoy interesado en retornar al mundo laboral, sin decirme cuántos días faltan para llegar al lunes, sin decirme siquiera si ya se acabó la cuarentena nacional. Por su sugerencia de acudir a la empresa en un medio de transporte alternativo, imagino que todavía no existe una cura. Sabía que algún día la cuarentena se acabaría, pero continúo con miedo de salir. 

El estómago me empieza a doler, tengo un leve dolor en el pecho, mi frecuencia cardíaca aumenta considerablemente, veo el incremento de sudoración en mis manos, no creo que sea un buen momento para abandonar este búnker, inventaré una excusa para no ir a trabajar, el dolor de estómago se hace cada vez más fuerte, no puedo aguantarme, debo ir al baño, no pueden obligarme a salir de mi casa, me siento mareado, todo está dando vueltas, no sé si alcance a llegar, todo empieza a desaparecer. 

 

 

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