Actuar en contra de la reintoxicación del mundo

Por  Blandine Juchs

Hemos llegado a percibir por primera vez en nuestras existencias lo que podría ser posible si la maquinaria infernal finalmente llegase a parar, in extremis. Ahora debemos actuar de forma concreta para que no vuelva a funcionar.

Claro está, no podremos devolver las especies desaparecidas, los millones de hectáreas de tierras devastadas, de bosques destruidos, los océanos de plástico y el calentamiento global. Pero de forma inédita en el capitaloceno, los gases a efecto de invernadero disminuyeron casi en todos lados. Franjas de mar y tierra empezaron lentamente a desintoxicarse, así como el aire de las ciudades sofocadas de contaminación. Los pájaros volvieron a cantar. Y para quienes se preocupan de las formas de vida que pueblan este planeta, la pandemia, a pesar de todos los dramas que conlleva, también podría representar una esperanza histórica. Paradójicamente hemos visto esbozarse el giro que la humanidad hubiera tenido que dar hace ya mucho tiempo: disminuir drásticamente la nocividad global de sus actividades. Ni siquiera los incendios de territorios inmensos, las sequías seguidas o las deflagraciones como la de Lubrizol[1] habían logrado imponernos este giro.

Sin embargo, este giro que tanto deseábamos no lo hemos podido experimentar en carne propia, pues estábamos encerradxs. Excepto algunos territorios rurales y espacios urbanos solidarios en los que ya existe otra relación de colectividad, la producción o el cuidado de lo vivo, el confinamiento ha sido para la mayoría de la población el inicio de la pesadilla. Un periodo en el que se fortalecen brutalmente las desigualdades sociales bajo presión policiaca. Y a pesar de lo abrumador de la situación, nuestrxs gobernantes siguen siendo muy resueltxs en darle de nuevo un impulso, tan pronto como sea posible, a todo lo que envenena este mundo y nuestras vidas –mientras nos mantienen aisladxs y controladxs en celdas digitales, desconectadxs de la esencia misma de la existencia.

 

Nada les hará cambiar de rumbo, si no les obligamos ahora

Durante los últimos dos meses, las declaraciones y tribunas se acumularon en nuestras pantallas con una velocidad inversamente proporcional a nuestra capacidad de proyectarnos en acciones concretas. Los análisis necesarios se hicieron sobre el vínculo entre esta epidemia y los flujos económicos globalizados y sus decenas de miles de aviones, la deforestación y la artificialización del medio ambiente natural que reduce los hábitats de los animales silvestres o la ganadería intensiva. Todo se ha dicho en cuanto a la dimensión de presagio de la pandemia, sobre la serie de confinamientos y desastres que se vienen si no le sacamos conclusiones. Más aún cuando el funcionamiento habitual de la economía y de las producciones sobre las cuales se funda nuestro modo de vida seguirá matando en las décadas venideras mucho más y de forma más continua que la covid-19. Pero para el Estado y los lobbies de la agroindustria, la aeronáutica, el sector químico o nuclear, las conclusiones y consecuencias fruto de la crisis sanitaria claramente son otras. Simplemente se aprovecharon para derribar una que otra ley de protección del medio ambiente y derramar pesticidas más cerca de las casas, para reactivar la construcción de aviones o la extracción minera en Guayana francesa... Ahora está comprobado que ninguna crisis, por más grave que llegue a ser, lxs hará desviarse del nihilismo absoluto de su obsesión económica. Hemos tenido dos largos meses para darnos cuenta de aquello. Nos toca ahora actuar y ponerle fin a esto.

El gobierno nos habla del mes de junio como un “nuevo paso” hacia el deconfinamiento que, para él, no es sino la reanudación de la economía y de la destrucción de todo lo que vive. El único “paso” sensato sería actuar para interrumpir los sectores de producción más contaminantes.

¿Cómo actuar?

El deconfinamiento en curso debe ser un impulso histórico para hacernos cargo de nuestros territorios, de lo que se construye y se produce sobre nuestro planeta. Debe permitir dibujar lo que es deseable para nuestras existencias y lo que realmente necesitamos. Es una cuestión de supervivencia, más que cualquier medida o nuevos tipos de confinamiento que nos harán aceptar en el futuro. Significa construir nuevas maneras de habitar el mundo, pero también aceptar la conflictividad directa con lo que nos envenena. Hay industrias que no pararon durante el confinamiento y hoy día tienen que detenerse. Existen otras que sí se interrumpieron y que no deben volver a funcionar. Esto no podrá lograrse sin establecer en el camino vínculos con lxs trabajadores que dependen económicamente de estas actividades. La urgencia social debe pensar con ellxs las posibles mutaciones de las actividades y la reapropiación necesaria de los lugares de trabajo. También contribuir a mantener una relación de fuerzas la cual permita garantizar los ingresos durante el periodo de transición y las necesidades fundamentales de las personas que se ven más precarizadas por la crisis. No llegaremos a impactar de inmediato a todas las producciones que deben ser detenidas. Pero hay que empezar, parar unas cuantas hoy para seguir mañana con otras.

En este sentido, llamamos a lxs habitantes de las ciudades y los campos a que determinen localmente los sectores que les parecen más tóxicos, por ejemplo la industria cementera, fábricas de agrotóxicos o de gases y granadas para la policía, la industria aeronáutica, unidades de cría intensiva de animales o instalaciones de nuevas antenas 5G, clusters de desarrollo y digitalización de nuestras existencias, y todo aquello que implique la destrucción de bosques, flora y fauna.

Invitamos a establecer estas cartografías locales de lo que no debe volver a funcionar, de lo que debe parar inmediatamente. Y hacemos un llamado a planear acciones, bloqueos, concentraciones, ocupaciones. Encontrar la forma de deshacerse de ciertas franjas del mundo mercantil, también es dotarse de formas de autonomía capaces de cubrir las necesidades fundamentales que la crisis sanitaria y social hunde en una situación de precariedad agravada.

Debemos encontrar las formas de movilización pertinentes en medio de la situación que vivimos. Estamos pasando por una época en la que cada una de estas formas puede tener un alcance mucho mayor. Se puede iniciar algo grande entre pocxs, pero también debemos encontrar los medios para ser muchxs. Recurriremos a la tenacidad de las zads[2], el ímpetu de los chalecos amarillos, la inclusividad y la creatividad de las huelgas y ocupaciones climáticas de una juventud que ya no aguanta más crecer en un mundo condenado. Actuaremos ocupando el espacio necesario entre cada persona y con tapabocas cuando sea necesario para protegernos mutuamente. Pero actuaremos.

 

[1]    Fábrica de químicos en el norte de Francia (Rouen) que se incendió en septiembre 2019, contaminando la región.

[2]    Zona a defender, lucha durante los años 2000 y 2010 que logró evitar la construcción de un aeropuerto, también inspiró otras luchas contra “grandes proyectos inútiles”, que retomaron la sigla Zad en varias partes de Francia.

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