Estos tomatícos si me irán a pegar...

-Esos tomaticos si me irán a pegar…

Cuando salí del colegio teniendo dieciséis años, decidí que solo me alimentaría de lo que yo cultivara, había ahorrado para alquilar una finca y así poder convertirme en agricultora orgánica. Era mi sueño. Respirar la tierra y ver crecer sus frutos con la luz de la constancia. No quería usar ningún agroquímico. Pensaba en mi inocencia que la huerta crecería al instante y que mis manos inexpertas moldearían a la perfección las hileras de tierra naranja. No había calculado que se necesitaba al menos tres meses para cosechar cualquier tubérculo.

-Don Ovideo ya tengo las semillas y tengo puesto el overol…
-Mija, ¿y overol pa qué, usted con esas manitos sí es capaz de levantar un azadón? Si quiere yo le alisto la tierra y usted le tira las semillas.
-Pues no crea, soy pequeña pero con fuerza.
-Pues empiece primero desyerbando porque esa tierra nunca ha sido sembrada, debe arrancar todo el pasto cocuy, ese verraco no deja pelechar nada.

Pasaron siete días y ese tal cocuy sí que me costó arrancarlo, ni que decir de arar la tierra. Mis manos bailaban en las ampollas. El azadón y la pica son instrumentos pesados, mientras Don Ovídeo araba una hilera en una hora, yo me demoraba dos días. Al principio salía sin protección, luego de la tunda de sol, mosquitos y ampollas de varios días. Me diseñé una vestimenta bastante particular: overol, camisa larga, guantes de soldador y casco acompañado de unas gafas gigantes que usaba en el colegio durante el laboratorio de química; Don Ovídeo se burlaba de mí y me decía la pequeña Robot.

A pesar de todas las peripecias fui feliz aprendiendo y cultivando la tierra. Observar el riego natural por las ráfagas de lluvia, sentir el olor de la yerbabuena creciendo, envarar los tomates y habichuelas con palos improvisados que encontraba durante mis caminatas, y la emoción de arrancar las zanahorias tumbándome en el suelo por la fuerza que hacía. Sin embargo me entristecía por el poco valor que les daban a los campesinos. Durante mis jornadas charlaba con varios de ellos y me contaban sus pérdidas en los cultivos, el desplazamiento que habían sufrido por la violencia, lo poco que ganaban vendiendo sus productos o arando terrenos de otras personas. Viví por tres años en el campo y exploré diferentes cultivos. Tuve que volver a la ciudad, sustentarse de la tierra no es tarea fácil.

¿Y eso de la seguridad alimentaria será lo mismo que la soberanía alimentaria?
Por varios años se han cruzado en mis andanzas conceptos que en principio eran extraños para mí: la soberanía y la seguridad alimentaria. Tuve un gran maestro que me enseñó a cultivar los hongos orellana, un hongo comestible que se puede preparar de diversas maneras y es muy rico en proteína. El Mago Fernando, como yo lo llamaba, tenía un sueño: curar el hambre con los hongos en el municipio de La Estrella. De él escuché por primera vez las palabras soberanía y seguridad alimentaria, él decía que existía una gran diferencia entre ambos conceptos:

-Vea mija, entender la diferencia es muy sencillo, los gobiernos y grandes empresas siempre hablan de seguridad, solo les importa que haya alimentos disponibles y su rentabilidad, no importa si son saludables o cuál sea su origen. En cambio, la soberanía se trata de la autonomía de los pueblos a cultivar lo que quieran, ya sea agrícola o pecuario, además de la protección a los campesinos y sus tradiciones, y sobre todo que estos alimentos se cultiven libres de agroquímicos y se cuide el medio ambiente y su biodiversidad.

Mi viejo amigo tenía mucha razón, de nada sirve tener supermercados llenos de alimentos empacados y rotulados si la gente igual se muere de hambre o de sobrepeso. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su último informe publicado en 2019 sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, 1 de cada 9 personas padece de hambre y, paradójicamente, 1 de cada 8 personas sufre de obesidad, lo que evidencia una profunda crisis en el sistema alimentario. Quien no se muere de hambre, se muere de obesidad, pues a pesar de tener “seguro” un plato de comida, no es un alimento sano, lo que aumenta el nivel de enfermedades como la obesidad y diabetes causadas por las bebidas azucaradas y los alimentos procesados.

Soberanía entonces es un concepto más profundo, es un vínculo que va más allá de tener la panza llena. A veces las personas no diferencian una vaina de una semilla, o desconocemos que la pitaya es una variedad diferente a la pitahaya, o que existen más de veinte variedades de frijol que podemos consumir. Soberanía alimentaria es conocer el alimento desde su origen, es un acercamiento entre la mano del campesino y sus saberes, es la preservación de las semillas nativas; este vínculo no podrá ser empacado, rotulado y vendido como un producto más en un supermercado.

¿Qué pasa con el campo en Colombia?
Estuve dos años como voluntaria en el proyecto de cultivo de orellana con mi amigo El Mago, aprendí que este hongo es un alimento muy saludable. El Mago había logrado contagiarme su sueño e inicié un viaje para enseñar a otras personas el cultivo y su preparación. Una de mis primeras “expediciones” realizada en el año 2007, fue al resguardo de la comunidad indígena Tule - Kuna, ubicada en Unguía, municipio del Chocó, departamento de paisajes exuberantes irónicamente colmados de violencia y desigualdad. Allí pude observar uno de los grandes conflictos del campo en Colombia: el desplazamiento y la ganadería extensiva. Esta comunidad presentaba un alto grado de mal nutrición por deficiencia de proteína, su dieta se basaba en carbohidratos provenientes de la papa y el ñame. Según los testimonios, la comunidad había perdido la pesca porque el río Arquía se había contaminado a causa de la ganadería practicada por terratenientes que habían llegado a invadir sus terrenos veinte años atrás. Realicé varias prácticas y experimentos de cultivo de este hongo, aprendí mucho de sus saberes y logré presentarles este alimento como una opción para integrar a su dieta. Sin embargo, un sin sabor y varios cuestionamientos me surgieron: ¿cómo es la alimentación de las diferentes comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes en el país? ¿por qué la ganadería no tiene un control? ¿en manos de quién reposa este negocio? ¿por qué no se protegen a estas comunidades, si a la larga ellos llevarán la comida a nuestra mesa?

El campo en Colombia ha sido olvidado. Históricamente se han presentado diversas problemáticas como el narcotráfico en el conflicto armado, el despojo de tierras por diferentes actores, la ganadería extensiva, la minería, la deforestación indiscriminada y monocultivos como el caucho, la palma africana, el arroz y el cacao. Las políticas públicas no garantizan la preservación del agro en nuestro país, según datos del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), y otras autoridades e instituciones oficiales, en Colombia actualmente se puede decir que de 40 millones de hectáreas que se tienen para el desarrollo agropecuario, apenas 7,6 millones están cultivadas. Más del 30% de los alimentos que consumimos son importados y la situación de inseguridad alimentaria y nutricional en el país alcanza una prevalencia del 42,7%, ni siquiera cubrimos las necesidades de nuestras comunidades, una ironía cuando poseemos todos los pisos térmicos y podríamos ser una de las principales despensas productoras del mundo, según la FAO.

Este escenario nos plantea la urgencia de que se cumpla la Reforma Rural Integral (RRI) contemplada en el punto uno de los acuerdos firmados entre el Gobierno y las FARC, ya que la mayoría de los proyectos productivos no han llegado a las comunidades. Con esta reforma se busca promover el desarrollo de las comunidades rurales, la distribución equitativa de la tierra y su devolución a las víctimas de desplazamiento y despojo. Esta reforma tejería una nueva colcha donde esa herida histórica con el campo Colombiano se zurza, reivindicando al campesino como sujeto de derecho.

¿Cómo la agroindustria afecta al ambiente y qué podemos hacer desde nuestro hogar?
Otra de mis inquietudes han sido las repercusiones ambientales por la producción de alimentos. Sabemos que el planeta se está calentando por el exceso de emisiones de gases de efecto invernadero, el sistema agroindustrial produce el 57% de estas emisiones. Son seis los principales impactos de la cadena agroindustrial:

Deforestación: la agricultura industrial ocupa terrenos fértiles para sus monocultivos acaparando millones de hectáreas, en este proceso se queman bosques y humedales dañando la materia orgánica que los sostiene, esto libera dióxido de carbono a la atmosfera. El 18% de las emisiones en el mundo se da durante estos procesos de quema.
Producción agroindustrial: durante la producción, una gran cantidad de combustible es usado en tractores, maquinarias agrícolas y en la fabricación de los agroquímicos como fertilizantes y plaguicidas. El uso de estos agroquímicos produce óxido nitroso, otro potente gas de efecto invernadero. Por otro lado tenemos la liberación de gas metano debido a la acumulación de estiércol en la ganadería. Estas tres actividades generan un 15% de las emisiones del planeta.
Transporte: las materias primas y los alimentos recorren grandes distancias para su distribución. La soya, por ejemplo, viaja desde Argentina para alimentar gallinas en China, y luego estos huevos son exportados a otros lugares. El transporte es responsable del 5% de las emisiones del mundo.
Transformación: en el procesamiento de las materias primas y su posterior empacado en los productos llamativos que nos surten en los supermercados, se gastan grandes cantidades de energía generando un 8% de las emisiones globales.
Refrigeración: luego de que los alimentos estén empacados se hace indispensable su refrigeración en los grandes supermercados, lo que produce el 4% de las emisiones globales.


Desecho de alimentos: irónicamente se desecha casi el 40% de los alimentos producidos, ya que no cumplen con las medidas y características estándares que las grandes empresas alimenticias y el marketing alimentario exigen. La descomposición de estos alimentos aporta un 4% de las emisiones globales.

Ahora bien, sabemos que el sistema alimentario actual tiene profundas fallas desde cualquier punto que queramos abarcarlo: social, ambiental o político. ¿Qué podemos hacer para luchar por una soberanía alimentaria y apoderarnos de nuestras tradiciones? Como diría mi querido Mago: “Mija, cómprele las arepitas a doña Consuelo y arranque con baldes y en su balcón pone un pequeño huerto y se hace su compostera”.

Tal vez todos no podamos realizar un huerto en casa, pero lo que sí podemos hacer es conocer las acciones que realizan las organizaciones sociales y campesinas de nuestra localidad en torno a la soberanía, al cuidado del medio ambiente, el territorio, y sumarnos a ellas. Comprar nuestros víveres en mercados y plazas campesinas. Dejar de consumir en los grandes supermercados, preguntarnos por el origen de los alimentos que preparamos a diario.

Existen diferentes organizaciones en nuestras localidades, mencionaré algunas para que las conozcan, muchas de ellas tienen portales web o presencia en redes sociales: Red de Guardadores de Semillas de la Corporación RECAR (Resguardo Indígena Zenú de San Andrés de Sotavento); Red Semillas Libres de Antioquia; Red de Custodios de Semillas de Cañamomo y San Lorenzo, Caldas; Red de Guardianes de Semillas del Cauca; Red de Guardianes de Semillas de Vida, Nariño; la Asociación Campesina de Antioquia (ACA); el Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio (Movete); y la Corporación Grupo Semillas.

 

“Las semillas nativas y criollas son propiedad de los pueblos, deben estar en manos de los agricultores, sembradas y propagadas en los territorios, disfrutadas en las mesas y conservadas como patrimonio de la humanidad”.

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Liezel López

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